sábado, 22 de noviembre de 2008

Divagando en una sola lengua



Imagen tomada de http://neuscopio.nireblog.com

Junio se inició con un artículo demasiado personal para tomarlo en cuenta, pero el día 26, fruto de la inspiración de la lectura de varios artículos de prensa, di a luz un enrevesado artículo de opinión que, aunque no está exento de algunas erratas ante las que don Lázaro Carreter no dudaría sentirse ultrajado, me gustaría volver a introducir.

Divagando en una sola lengua.

Decía don Fernando Lázaro Carreter, en uno de sus dardos en la palabra, que la corrección lingüística importa aún a pesar de que podamos entendernos. Seguía, entre otros puntos, afirmando que si bien la libertad enriquece las lenguas, esta (por la libertad) “…no debe abrirse a la pacotilla y a la baratija con que se presentan nuevos colonos de fuera y de dentro, juntos muchas veces, a señorear: que dominen nuestra palabra, y ya estará dominado nuestro seso; que nos la cambien, y estarán cambiándonos.”

No es cuestión de hablar sobre lo escrito por el eminente lingüista ya desaparecido, sacándolo de su contexto. No es sobre él ni sus palabras sobre las que quiero hablar, pero me parecen oportunas algunas de sus frases a modo de cita para comprender un modo de pensar tan extendido como erróneo.

Interpreto, de las palabras del maestro y, repito, esto es sólo una interpretación mía, una seria advertencia sobre los usos erróneos del lenguaje y la modificación psicológica respecto a… “estarán cambiándonos”… ¿Cómo personas? ¿Cómo algún tipo de colectivo?

Con mi tradicional mente calenturienta voy a dar una vuelta más de tuerca. Si la lengua sobre la que habla don Fernando es el castellano a la que él mismo, en más de una ocasión, denomina español, no querrá decir, en último término, que los malos usos del idioma terminan para modificar nuestra condición de “españoles”.

Dudo que el señor Lázaro Carreter quisiera decir esto, cultura y saber le sobraban como para no caer en esas tonterías, pero la gran masa, el populacho, por desgracia carece de esos atributos. Así vemos como se liga la condición de español a la joven lengua de Castilla y minusvalorando a vascos, gallegos, catalanes y asturleoneses, cuyas lenguas más ancianas no poseen el mismo reconocimiento para esa turba. De este modo se linchan a las llamadas nacionalidades históricas, sus culturas, sus filosofías… sus lenguas.

En tiempos de Felipe V, los decretos de Nueva Planta auspiciados por el Conde Duque de Olivares, acabaron con la igualdad de las Españas y el “tanto monta, monta tanto” de los Reyes Católicos, que la tradición castellana limita a los monarcas cuando, realmente, fue la nobleza castellana la que impidió ejercer el gobierno de Castilla a Fernando el Católico a la muerte de su esposa Isabel. Aquellos decretos atacaron las lenguas, leyes, culturas y filosofías de las Españas singulares frente a las impartidas desde la nueva capital ubicada en Madrid. De ahí la fijación de los barceloneses con los madrileños. Los primeros, hasta aquel momento, habían ostentado la capitalidad y control de sus vidas en un gobierno casi democrático y regido, sólo en la distancia, por los monarcas de un país que ya empezaba a denominarse España en singular y adquirir los hábitos centralistas de las nuevas monarquías europeas.

Con los Borbones, sobre todo tras una serie de guerras en que Catalunya se había puesto del bando de los Augsburgo, la monarquía absolutista entró como un vendaval. Pero el pueblo, mucho más lejos de sus gobernantes que nunca, mantuvo su personalidad lejos de los documentos oficiales.

En el siglo XIX apareció la primera idea de globalización de la mano de un ser que ni la historia se pone de acuerdo a la hora de juzgarlo: Napoleón Bonaparte. Como oposición a aquella primera idea globalizadora, de forma similar a como sucede hoy, aparecieron una miríada de nacionalidades y nacionalismos, grandes y pequeños, por toda Europa, hoy se habla de ellos como un punto más del romanticismo, sin embargo, su extensión en el tiempo ligeramente excéntrica a ese movimiento debería dar a entender que era algo diferente y que tendría que tratarse de forma independiente. Así, la anexión francesa de Catalunya, despertó en aquellas tierras un feroz nacionalismo “español” (en catalán, según la tradición popular, pero español) con héroes populares como “El Timbaler del Bruc”, los ciudadanos resistentes del sitio de Girona, el general Álvarez de Castro o la mismísima Agustina de Aragón.

En aquella época, “la Pepa” terminó por convertirse en el símbolo de un nuevo y fresco nacionalismo español que quedó truncado por los “affaires” (y que don Fernando Lázaro Carreter, que en paz descanse, me perdone) de Fernando VII y los cien mil hijos… de San Luís. A partir de ahí, cada uno intentó mantener el tipo como pudo. Mientras en Europa se formaban las naciones italiana, alemana y tomaban forma muchos nacionalismos que hoy ya no se cuestionan como naciones conformadas, España perdía su mejor oportunidad y, estirando un poco más el absolutismo borbónico, empezaba a manifestar sus diferencias, norte-sur, este-oeste, centro-periferia. No ayudarían las guerras carlistas, la de Filipinas, la de Cuba y finalmente la de Marruecos que convirtieron al liberalismo de Isabel II en un coto privado y a Amadeo I y la Primera República en esperanzas de unos pocos. La mucha buena voluntad de unos pocos era insuficiente frente a la confusión general. Fruto de la confusión surgió la incomprensión y, puestos a buscar, cada uno intentó entender aquello que le quedaba más próximo. Pronto los nacionalismos se hicieron más pequeños, buscando un entorno en el que no cupieran los errores ni las ambigüedades, donde la niebla de los intoxicadores políticos no pudiera perturbar lo que realmente era uno. Catalunya descubrió su ser romántico en un entorno simbólico donde un poema, la “Oda a la Patria” de Bonaventura Aribau, en 1933, publicada pocos meses antes de la muerte de Fernando VII. El nacionalismo vasco tomó conciencia de su ser algo más tarde, cuando las nieblas amarillas de la intolerancia ya rebosaban su perfidia. No es de extrañar que algunas de las palabras de Sabino Arana, en las dos últimas décadas del siglo XIX, parezcan, a la luz del siglo XXI, muy extrañas y se le tachen de racistas, xenófobas y otras barbaridades que la España castellanizante ya hacía tiempo que había superado. No pretendo justificar ese modelo de ideales porque estoy convencido que si los ideales de Arana se hubieran aglutinado veinte años antes, también hubiesen tenido un carácter más suave. Pero su enemigo era la España liberal así que tomó como modelo muchos de los principios del carlismo que se oponía al gobierno central.

Otro nacionalismo, más oculto y no por ello menos terrible, fue el de figuras liberales como Ortega y Gasset, uno de los máximos responsables del liberalismo y al tiempo del castellanismo de España. El filósofo madrileño fue un ejemplo de moderación y gracias a su posición predominante fue capaz de modificar los conceptos mismos de la lengua y la filosofía del momento, aquello de lo que, al principio del texto, nos prevenía don Fernando Lázaro Carreter como fuente del cambio en nuestra esencia. No fue hasta 1929, con la publicación de “La Rebelión de las masas”, en que el brillante filósofo se sacó la careta. Dos años más tarde, la realidad de la decepción general y la aparición de una rebelión, muy diferente a la por él concebida, que llevó a la Segunda República.

Una España muy compleja es la que amaneció al siglo XX. Complejidad que, lejos de limpiarse con la República, siguió ampliándose con la aparición del fascismo. En la guerra civil lucharon muchas fuerzas, incluso dentro de los mismos bandos que participaban. Algunos dicen que perdió la república, otros que venció la Falage, la iglesia, los carlistas… pero sólo ganó Franco que supo rozar con la miel los labios de sus servidores, pero que, a pesar de su euforia triunfadora, fueron traicionados por el general cada vez que él lo consideraba necesario para mantener su poder. Desde ese punto de vista, la guerra acabó el 20 de Noviembre de 1975. Pero mientras ese concepto de guerra perduró, el nacionalismo castellanista, pasó a ser, por esos cambios del idioma, el nacionalismo español. Entre tanto, vascos, catalanes y, en menor medida, los gallegos, fueron tratados como españoles de segunda y vapuleadas sus culturas… secesionistas.

Con toda esta carga llegamos a la democracia y, después de más de treinta años, aún no hemos sabido reencauzar esas circunstancias. Los nacionalismos emergen, pero ahora, ante la imposibilidad de ocupar el lugar que se merecen dentro de España, buscan la única salida posible: la independencia.

No sé si hay vuelta a atrás, pero de haberla seguro que no es la mano dura porque si quinientos años de violenta historia no han logrado un presente diferente, parece lógico pensar que esa no es la solución. Tampoco voy a insistir en permitir el derecho de autodeterminación, que personalmente creo que es la mejor vía. Pero está claro que toda formula que no implique el respeto para todos los pueblos, sólo nos aportará sufrimiento. Las imposiciones de Madrid sobre las llamadas autonomías históricas son vistas con tremendismo desde estas últimas. La imagen es la de un marido celoso y maltratador que no deja salir a su esposa de casa. A algunos no nos cabe duda de donde está el origen de la violencia de género, cuando el padre Estado nos ofrece tan triste ejemplo.

Tal vez, todo esto no sea más que un juego de palabras y el mal uso de estas pueden cambiar, como bien dijo don Fernando, nuestro seso… pueden cambiarnos a nosotros, pero no sería más inteligente pensar donde empiezan nuestras libertades y donde acaban las de los otros y dejar que todos los seres puedan ver el sol y puedan respirar aire libre.

Pensar es gratis, levantar la mano tiene un precio que pagarán nuestros hijos.

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