miércoles, 28 de enero de 2009

La vela



Sí, es vulgar. Pero la vela se apaga. Le queda cera para rato y, aún así, la llama pierde fuerza. No sé si es problema de calidad o de oxígeno, pero su luz agoniza en tamaño y en fuerza. Su color blanco y de matices azules que describía su mejor salud, es ahora de un amarillo más fuerte, más relleno de malos sentimientos, como si hubiera olvidado la decencia de arder bien.


La capilla es húmeda, pero siempre fue así. Lo único que ha cambiado en todo este tiempo son los feligreses que aposentan sus culos en las bancadas y, claro está, el párroco.


El padre Juan había hecho muchas cosas por el pueblo. Fue un duro golpe que, a sus cincuenta y tantos, abandonara la parroquia para casarse con su amante de siempre. Eso era lo más difícil de comprender porque el obispado hacía la vista gorda y el pueblo, ante el valor de la persona, tampoco ponía importantes objeciones a aquella situación. Entonces era más incomprensible que, después de toda una vida de presunto pecado, eligiera aquel momento para abandonar su magisterio.


La vela tiene, tal vez, la última palabra. La encendió doña Elisenda, la mujer del alcalde, y parece que tiene su mismo mal hediondo.


¿Las veis a las tres marías? Ahora son las dueñas de la iglesia y el nuevo párroco, que también se llama Juan, pero al que todos llaman Juanico, no hace nada por evitarlo. También tiene lo que se merece, para él las tres brujas, porque ya no llena la iglesia ni los días señalados. Y si vuelve a venir, de casa en casa, preguntando, se le dice que nos hemos hecho todos mormones… aunque ya nos gustaría.


Sí, no hay duda. La vela se está apagando. La mata el oro de la señora alcaldesa y sus dos hermanas de salmos. Son las más ricas del pueblo y no se cortan ni un pelo. Como dice mi sobrina María, se les conoce la edad al peso. Si los arboles cada año ganan un anillo en su tronco, estas brujas ganan unos veinte gramos de oro cada año. Por eso se sabe que la edad de doña Elisenda supera los sesenta ya que porta más de kilo y medio de oro a cuestas entre anillos, pendientes, collares, pulseras y esas horribles fundas de dientes más apropiadas para una película de terror que para sonreír en la iglesia. Porque eso si lo tiene la doña, sonríe con los piños al aire continuamente. Seguramente pide un molde a su esteticista para que le sujete los carrillos cada vez que se aplica el bótox. Sus dos compinches deben ser algo más jóvenes, pues aún no se les arquea la espalda por el peso del vil metal.


Sí, sí… la vela se está apagando y no sé porque he venido a misa de tres. Antes era la misa de doce, pero como normalmente sólo asisten tres personas le llamamos en el pueblo la “misa de tres”. Pero como el marido de doña Elisenda, el alcalde, que sólo Dios sabe porque no acompaña a la bruja de su mujer, me ha pedido que arregle algunas cosillas en la parte de atrás del altar, he decidido venir a la misa y aprovechar para mirármelo.


Otras son las obras que necesita esta iglesia… y este pueblo. La iglesia huele a vacío y a podrido y el pueblo… a viejos. A los jóvenes sólo los vemos los fines de semana, si hay suerte, en navidad y alguna semana en vacaciones. Así que el ayuntamiento pagará mis chapucillas. Yo no me quejo que, al menos, rascaré cien eurazos, pero el obispado ya no suelta la tela y lo que el ayuntamiento paga, al final, lo pagamos todos. Si no fuera por mis chanchulletes ya se podía caer la iglesia encima de su parentela y creo que el alcalde estaría de acuerdo, pero don Damián, por mucho que vocifere y parezca mandar en el ayuntamiento, es un calzonazos en su casa. Sólo hay que ver los correajes de oro de la señora y el esquifido Tissot de hace cuarenta años que lleva por reloj el marido. Dice que es un recuerdo de familia, que se lo regaló su santa madre, pero a mí me da que el alcalde come en un plato en el suelo junto al perro, su verdadero mejor amigo.


Está muy mal todo el fondo de la iglesia. Casi amenaza ruina. Con cuatro o cinco horas, como tenía pensado, no tendré bastante. Además tendré que levantar una envestida y pedir al Gabriel que me haga de “manobra” para preparar y subirme los materiales. Esto ya no lo puede pagar el ayuntamiento.


¡Cielos!... ¿Qué hace el imbécil del Juanico? Pero si ha dejado el altar para traerme la hostia bendecida hasta mi asiento.


--Hijo, si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma.


--¿Qué se ha vuelto moro de un susto?


--No hombre que sólo es un dicho.


--Bueno, un poco gordo sí que está usted, padre, pero de eso a pasar como una montaña. Además, dicho o no dicho parece que el moro soy yo y no me apetece tragarme la hostia rancia, que la última ya me tuvo una semana de cagalera.


--Vienes poco y encima descreído.


--No le parece que “descree” mucho todo este pueblo. No sé si temen más que se les caiga la casa de Dios encima o a que Dios les vea con tan insanas compañías.


El padre se ha dado la vuelta creo que porque le señalaba las brujas mientras se lo decía, pero le veo alejarse hacia el altar, cabizbajo y haciendo que no. Antes de que alcance su mundo pastoral yo ya he llegado al umbral y salgo al aire puro de la sierra. Por mí ya se puede apagar la vela y caer la iglesia que, por mucho que me lo pida el Damían, va a volver su… señora esposa.


Ahora creo que ya sé porque se marchó el padre Juan y la gente joven y, si yo tuviera veinte años, también pondría tierra por medio, pero mis muertos están enterrados en esta tierra y ya hace tiempo que me esperan.


Claro que se apaga la vela… porque en este pueblo ya no se hace más cera.


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