martes, 20 de enero de 2009

Las sirenas de mis sueños


Siempre tuve pasión por las historias de sirenas, pero nunca he logrado recordar ninguna. Ni tan siquiera aquel pasaje de la “Odisea” donde Ulises se hace atar al mástil de su barco para poder escuchar sus seductores cantos. Ni de esa historia puedo realmente acordarme. Las sirenas son como aquel sueño que te tiene impactado hasta cinco minutos después de despertarte y después, aunque logras capturar la sensación producida, no consigues volverlo aflorar a tu memoria en la vida.

Yo sé que un día soñé con mi muerte, con el futuro de la especie humana, con la realidad sobre la existencia de Dios y sobre el verdadero sentido de la vida. Todo lo soñé y sé que estaba en lo cierto, pero de nada logro acordarme. Como esos sueños perdidos son mis sirenas.

Cojo papel y lápiz y las olas del mar me pasan por encima con un ruido amortiguado. El lápiz se sumerge hasta donde los colores se mueren en un tono verde que son blanco, gris y negro al borde del abismo sin luz. El papel empieza a vislumbrar un túmulo aprendiz de arrecife coralino y detrás, entre la quietud rítmica del fondo marino, se adivina una figura sonriente.

¡La he visto!

¡Me ha visto!

Con una explosión de burbujas emergentes, salta una figura, vestida de cola larga, hacia aquellas alturas donde nos dejamos olvidados los rojos, los amarillos… los azules. Y con dos golpes de cola se pierde en la distancia, pero ya es tarde para ella: se ha quedado grabada en la hoja traicionada por el lápiz del que nunca sospechó que tuviera la más curiosa de las miradas.

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