viernes, 5 de diciembre de 2008

La boca del lobo


Siguiendo con el repaso al blog, esperaba encontrar buenos artículos para reproducir aquí, pero en todo 2007 lo que vale la pena era muy momentáneo y lo que no ya se ha publicado en otros blogs... vamos, que 2007 podemos darlo por finiquitado y el que quiera saber más allí restan los huesos gramaticales del casi finado espacio.
A comienzos del presente año, y a raíz de diferentes artículos de los mal llamados economistas de corte liberal, realicé el siguiente artículo que, hoy día y en base a la evolución de la crisis, se muestra más actual que nunca.




¿Por qué no sirven las medidas neoliberales para achicar una crisis?


Hasta hace treinta años parecían la fórmula más eficaz y rápida de enfrentarse a una crisis estatal y, a ese nivel, puede que aún lo sea. Los denominados “paquetes de medidas” se centraban en una bajada del precio del dinero, una devaluación de la moneda para facilitar la exportación, reducción de impuestos, reducción del gasto público, subvenciones, flexibilidad laboral y congelación de salarios. La devaluación monetaria implicaba una subida de precios de los productos de importación a la que, por simpatía, seguían los productos nacionales, pero facilitaba la venta al exterior de estos. Estas medidas incidían favorablemente en las empresas, pero a costa de los trabajadores que perdían muchos empleos y veían mermados sus niveles adquisitivos, en algunos casos, hasta un nivel de endeudamiento irreversible.

Los paquetes de medidas debían encontrar un rápido cambio en la tendencia económica de lo contrario consumía totalmente los llamados recursos pasivos de ese Estado. Un periodo muy largo de aplicación de esos “paquetes de medidas” generaban un empobrecimiento de la población que podían llegar a la ruptura social, por eso se debían rectificar lo antes posible, sin embargo, estas rectificaciones, por parte de gobiernos de esa tendencia, no siempre eran completas. Así, aunque el país no quedara en la pobreza, implicaba la imposibilidad de volver a aplicar esos paquetes de medidas porque ya se había consumido, totalmente, el recurso social.

Ya hemos dicho que las medidas funcionan provisionalmente para salvar una crisis estatal, pero que sucede si la crisis es mundial, como lo fue la crisis del petróleo de los años 70. El primer país que aplique esas medidas tendrá una ventaja temporal, pero los siguientes perderán esa posibilidad porque el recurso exterior desaparecerá y, sin embargo, las contraindicaciones del paquete causarán el mismo daño. Ya en aquella época se vio que los estados y empresas que no se comportaron al modo que se consideraba entonces como razonable, son las que mejor paradas salieron. Estados Unidos, a pesar de ser la madre del neoliberalismo, salió fortalecida de la subida del petróleo por dos factores, el hecho de que la mayoría de empresas petrolíferas eran norteamericanas y su poderoso estado se cuidó de mantenerles una situación ventajosa en el planeta; de otro lado fue la dolarización del mercado petrolífero y de las economías de los estados del sur en América que generó una ventaja económica para EE.UU. impresionante. Si el dólar subía o si bajaba siempre implicaba unos ingresos adicionales para el gigante americano frente al creciente empobrecimiento de los estados dolarizados. EE.UU. solventó la crisis con su nuevo colonialismo económico. Por su parte Japón, que se vio muy afectado por la crisis, tuvo un valiente ejemplo de resistencia en Toyota. Mientras sus rivales despedían a empleados de años y años (algo difícilmente asimilable por una cultura japonesa que tiene en la empresa su centro filosófico, neurálgico e incluso familiar), Toyota mantuvo los empleos y siguió su trabajo aunque el producto no se vendiera. Toyota se endeudó hasta casi la quiebra, llenó centenares de almacenes con sus vehículos sin vender, pero cuando el vendaval pasó, las ventas se dispararon, vació los almacenes dando respuesta a la creciente demanda, sólo esta empresa contaba con los productos y los empleados especializados para las nuevas demandas, finalmente sus empleados, los únicos cualificados que quedaban en el sector, terminaron por ser los que rescataron a otras empresas como Honda. Su paciencia, durante casi cuatro años, le supuso más de una década de dominio en el mercado automovilístico japonés y un lugar excepcional en el mercado mundial. Ha llovido mucho desde entonces, pero aún hoy tener un Toyota es tener algo más que un coche normal.

En los últimos treinta años se han alternado crisis mundiales y momentos de desarrollo y, poco a poco, se ha ido demostrando que los métodos tradicionales o neoliberales, funcionan cada vez peor y los innovadores y los keynesianos han demostrado su mayor efectividad (aunque más lentos por lo general). El ejemplo más importante es, sin duda, el tristemente famoso “hundimiento de los tigres asiáticos”. El FMI y el Banco Mundial, anticiparon el problema cuando apenas despuntaba, pero se equivocaron en las medidas a tomar. Forzaron a los países afectados a utilizar los “paquetes de medidas” donde, en último término, era la inversión extranjera lo que suponía la tabla de salvación de esas economías (inversiones cobardes que rehuían el riesgo al menor atisbo de recesión, dejando las finanzas nacionales sin nada a lo que agarrarse). Sólo China se negó a aceptar esas medidas y, por tanto, la ayuda del BM. Por su parte, Indonesia, rectificó cuando el peligro real empezaba a verse, ambos evitaron lo peor, mientras el primero superó la crisis poniéndose en cabeza de la economía mundial, el segundo evitó la peor parte de aquel gran desastre que tuvieron que sufrir otros estados.

La gran base de esa tragedia estaba en el hecho de que entre las inversiones extrajeras hay dos tipos (como el colesterol). Las inversiones estructurales que fomentan empresas y se quedan en el país para ver como florecen y crean beneficios (a largo plazo). Inversiones valerosas, arriesgadas y que no necesariamente obtienen un gran beneficio… quién va a ser tan tonto de invertir así. Existe otra forma de inversión, la del dinero cobarde, en la forma de préstamos a corto plazo y altos intereses que cuando las cosas no pintan bien dejan de ofrecerse y dejan un enorme vacío en el país en que se ofrecen. Normalmente los estados con economías sólidas cierran la puerta a estos préstamos que terminan por descapitalizar al país, pero son el tipo de recurso que aconsejan las teóricos antiproteccionistas y neoliberales. Así lo hicieron, por mediación del FMI, en Asía, Rusia, Argentina y los resultados, por diferentes razones, ya los conocen.

Hoy nos encontramos enfrentados a otra crisis mundial donde el petróleo y la subida de los precios de las materias primas y cereales, han sido la base (por el enorme aumento de las compras del gigante chino) y el fallo de las hipotecas estadounidense, el desencadenante. En el fondo del tarro guardamos las guerras de Irak, la mala actitud económica de Bush, los esfuerzos de los especuladores en España para que la burbuja inmobiliaria no explote y el agotamiento de muchos pozos petrolíferos. Nuestro país, en los últimos años, ha desarrollado su economía, contra pronóstico, gracias a la afluencia de una enorme inmigración que, por desgracia, ha estado trabajando, a menudo, de forma ilegal. Los empresarios de los sectores de la construcción e inmobiliario han sido los grandes beneficiados, pero ahora que les toca arrimar el hombro se retiran. Primero intentaron invertir en el sector energético, pero la crisis del petróleo les obliga a extender sus tentáculos más allá. Su lógica solución seria las inversiones en el sector tecnológico, pero son empresarios acostumbrados al dinero fácil y este sector implica mucha inversión en investigaciones que no siempre se recuperan, además, prefieren una mayoría de empleados no cualificados donde es más fácil hacer trampa y no descartan llevar sus factorías a países del tercer mundo. Entre tanto, la crisis de la construcción (antes dejar de construir que vender a precios justos), puede dejar una enorme cantidad de emigrantes sin empleo ni modo de subsistencia y para los que el regreso a su país no es una opción. Así, hoy, el castillo de naipes se sostiene sobre un hilo, se ha de ser imaginativo… pero si aplicamos un paquete de medidas el hilo se romperá.

Mi propuesta para enfrentar la crisis inminente (en algunos países ya ha dado comienzo – ahora también le vemos los dientes al lobo en nuestro país). Es romper ese hilo, pero habiendo empezado a construir un edificio bien fundamentado a su lado. Si se revienta sin compasión la burbuja inmobiliaria también se atrapará el capital de los especuladores que han estado jugando con algo que es un derecho constitucional y que, por tanto, no ha producido ningún beneficio al país. Sin embargo, si dejamos que la burbuja se mantenga hinchada y sólo soltando gas de tanto en tanto para compensar las fluctuaciones, pero permitiendo que los especuladores rescaten poco a poco su dinero, nos quedaremos sin nada. El desplome de los precios de los pisos romperá con muchas constructoras e inmobiliarias, pero dado que el precio será bajo, volverá de nuevo a crecer poco a poco, aunque sin llegar a los índices actuales, generando oportunidades de negocio más saneadas que las actuales. Por su parte, el control actual, por parte de los especuladores, facilita que las constructoras pequeñas, verdadera base del negocio, agonicen para un mejor control del negocio de las grandes, que pueden invertir cuando y donde les viene en gana. Así mismo, la actual estructura del negocio facilita las corruptelas a todos los niveles, lo que genera un mayor gravamen para el ciudadano de a pie.

Hoy por hoy, la economía española está centrada en el ladrillo que ha superado al estable sector del turismo, ya va siendo hora de que las tendencias inversoras empiecen a ser un poco más originales… igual que nuestras fuentes energéticas.
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