jueves, 4 de octubre de 2007

La carta de los millones



Esta carta la que encontré en una bolsa, junto a una importante cantidad de dinero, suficiente como para no preocuparme en toda mi vida por ese tipo de cuestiones… y creo que ni en la de mis hijos, ni en la de los hijos de mis hijos. Sin embargo, cuando terminé de leerla, decidí que sólo podía hacer una cosa… entregar la bolsa a la policía. Sé que si el dinero es legal en dos años me será devuelto y tendré tiempo para pensar que hacer, pero me llevo este papel que ahora podréis leer, no fuera que ello autorizara a cualquier policía para quedárselo.




Estimado/a amigo que has encontrado esta bolsa:

El dinero no da la felicidad ni tampoco la compra hecha. Por lo menos, si es lo segundo, yo no supe encontrar la tienda, quizá tú tengas más suerte.
Cuando gané a la lotería aquellos noventa millones de euros, pude descubrir, en mis propias carnes que, por mucho dinero que ganes, sólo puedes arreglar tu propia vida, siempre que seas discreto. Sólo si eres capaz de pasar de los demás sin intentar solucionarles la vida tiene futuro tu felicidad. En el momento que haces participes de tu dinero a tus seres queridos, te haces partícipe de sus desgracias, de sus miserias, pero has de saber que en el momento que les haces participe de tu fortuna ya sólo tienes dos caminos sin solución, meterte en sus vidas con el dinero o mantenerte al margen, en ambos casos el destino es el mismo.
Tu historia, seguramente, no será muy diferente de la mía. No te extrañe, entonces, que cuando les ofrezcas dinero a tus seres queridos lo rechacen. Respira hondo y vive el que será el último instante de imposible cordura que vivirás a su lado. “No lo necesito” acostumbran a contestar invariablemente. Pero si eres verdaderamente persuasivo, y tanto yo como el dinero lo fuimos, terminaran por aceptar. Bien pronto se darán cuenta de que no lo querían, se sentirán mal y, en lugar de agradecimiento, un monstruo les recorrerá el cuerpo por dentro haciéndoles creer que se han aprovechado de ti. Si eres lo bastante intuitivo para darte cuenta, les intentarás explicar que el dinero lo ganaste por azar, un azar que ha sido el de todos, porque si no, cómo podría ser una verdadera suerte para ti, que les quieres, que lo tuyo es suyo… pero al final te faltan las palabras y, es posible que si no eres lo bastante elocuente, también sea el último momento de cariño que viváis juntos. A pesar de todo existirá, o creerás que existe, un convencimiento que va a ser momentáneo y lo cierto es que les has desgraciado la vida, todo y que sabes que, de no haberles dado ese dinero, también hubieran sido unos desgraciados porque hubieran recelado de ti el resto de sus días y pensarán continuamente como hubiera sido su vida con aquel dinero.
De esta forma, el azar ha malogrado tu relación con todos aquellos que de verdad te importan y te les importas a ellos.
Qué decir de los amigos de siempre. Aquellos con los que compartías magníficas veladas. Al principio era genial que tú pagaras siempre y que las fiestas fueran mejores… bueno, más caras, pero luego llegó el tedio. En poco más de un año se extendió una barrera extraña entre ellos y yo. Primero las conversaciones con ellos perdieron fuerza, se trivializaron y, al final casi ni hablábamos. Poco a poco aparecieron las excusas de unos y otros para esquivar las reuniones hasta que llego el día en que me encontré solo, bebiendo “Dom Perignon” en la terraza de un restaurante mientras veía a varios de ellos salir de una sala de teatro.
Hoy ha aparecido todo un ejército de nuevos amigos aduladores a los que yo no he invitado. A algunos de ellos ni siquiera les conozco, pero parece como si estuvieran sobrevolando mis despojos para llevarse un pedazo de mí colgando de su pico. También ellos se han edificado como una terrible barrera entre el mundo y mis ojos, ya no puedo ver lo que ellos no quieren.
Finalmente hoy no tengo deudas… ni familia, ni amigos. Ahora es todo una cadencia de sueños vacuos que se cumplen, uno tras otro. Sueños que ni recuerdo haber tenido.
Por todo ello, para quien encuentre esta bolsa con mis últimos millones, también van en ella mis últimos deseos: ¡QUE SEA USTED MUY FELIZ!

Firmado: Por fin NADIE.
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