domingo, 21 de octubre de 2007

Memoria histórica









El 6 de agosto de 1945 a las 8:15 hora japonesa murió Shinishi Tetsutani. Le faltaba muy poco para cumplir los cuatro años. Se había levantado muy temprano para salir al jardín y jugar con el nuevo triciclo que le había comprado su padre. Su madre le llamaba para desayunar cuando todo cambió. Un silencio enorme y abrasador se comió a Shinishi y su triciclo, al jardín, a la casa, a su madre… a Hisoshima. 6000 metros más arriba se alejaba un B-29 de nombre Enola Gay. El ruido de sus motores contrastaba con el silencio que se vivía en su interior. La enormidad de la explosión les había pillado a todos por sorpresa. Desde el principio habían sido conscientes de que llevaban una poderosa arma, pero nunca imaginaron que bajo sus pies desaparecería una ciudad con todos sus habitantes. Sin embargo, aún no eran plenamente conscientes de la enormidad de la desgracia que habían producido, tal vez, de haberlo sido, Luís Walter Álvarez, el observador científico del proyecto Manhatan que volaba en el B-29, hubiera seguido un camino similar al de Little Boy (la bomba). Hubiera sido una pena, pues hubiesen desaparecido muchos experimentos de física nuclear para la paz que nos han ayudado a comprender mejor la materia, pero, sobre todo, hoy desconoceríamos lo que pasó con los dinosaurios, ya que él y su hijo descubrieron la banda de iridio en los sustratos geológicos de hace 65 millones de años y su hijo detectó el origen en el Yucatán.


Pero dejemos que el Enola Gay se aleje sobre el océano y volvamos a las ruinas de la ciudad donde empezaba posarse de nuevo el hirviente vapor. El padre de Shinishi había regresado a casa lo antes que pudo y encontró a su hijo carbonizado sobre el triciclo. A pesar de las enseñanzas shinto, el ánimo le falló y fue incapaz de llevar los restos de su hijo hasta el cementerio… lo enterró en el mismo jardín y a su lado también enterró el triciclo. Quería que la felicidad de la infancia en aquel jardín y con aquel juguete, nunca desaparecieran a pesar de la calcinación que lo cubría todo. Años más tarde, con el valor que otorga el tiempo, pero no el olvido, el padre llevó a su hijo hasta el panteón familiar, pero el triciclo fue donado al Hisoshima Peace Memorial Museum donde hoy puede ser admirado cuando no está de gira, como en abril de 2006 cuando fue expuesto en el museo del juguete de Figueres.


Una explosión nuclear condena al olvido a muchas vidas, pero el valor de los hombres está en recordar para que nunca más se vuelva a repetir un suceso semejante. Esconder los muertos en la orilla de una carretera y poner sobre ellos la tierra del olvido no es de cobardes, es de insensatos. En nuestro país tenemos el Valle de Los Caídos que nos recuerda los muertos de una sola ideología, el Vaticano va a beatificar a las víctimas del mismo bando y, sin embargo, otro bando siguió muriendo durante cuarenta años y algunos quieren que sólo el polvo del camino sea su recuerdo, tienen miedo de que los esqueletos salidos del armario vueles a sus camas para enturbiar sus onerosas noches. Tienen miedo a la verdad a pesar de que saben que sólo la verdad les hará libres ¿Quién teme a la verdad?


Harry S. Truman murió en 1972 sin arrepentirse de dar la orden de lanzar a Little Boy y otra bomba más una semana después sobre Nagashaky, pero la tripulación al completo del Enola Gay, incluido Luís Walter Álvarez, quedaron marcados de por vida por aquella acción y necesitaron de tratamiento psiquiátrico. Hoy, Robert Lewis, copiloto de la misión, muestra en New York, con orgullo, la maqueta del avión, atrás quedaron años de arrepentimiento, aceptó la necesidad de sus actos, pero olvidar es algo que ni quiere ni puede… a no ser que una enfermedad, como el Alzheimer se coma su memoria.


Tal vez sea eso, enfermedad, lo que embota la memoria de nuestro país. Un Alzheimer que nos mata desde dentro. Una enfermedad para la cual no existe cura… o tal vez sí, pero algunos se han empeñado en negarnos la única medicina posible. De qué sirve que de pequeños nos enseñen que está bien y que está mal, que nos enseñen a rectificar los errores porque ello es de sabios… de qué sirve si no podemos rectificar los errores de España.







Todo es importante, pero poco lo es más que el respeto a las demás personas.
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