domingo, 23 de mayo de 2010

No.


¡No!

Un monosílabo y al tiempo una frase.

No.

Una palabra de muchos olvidada.

No.

Todo lo dice y no dice nada.´

Tanto que nos cuesta aceptar las críticas y las opiniones que no queremos oír y, sin embargo, olvidamos esta simple palabra en el día a día que nos mete los dedos en los ojos hasta los mismos codos.

Somos ciegos sociales que caminan entre intereses bancarios. Ciudadanos y votantes que nada tienen que ganar. Obreros donde nada se construye. Vendedores de ilusiones caducadas y..

No… no somos nadie.

Frases pedantes y promesas que nacieron rotas son nuestro único alimento. Y, aún así, mordemos con bocas de perro al que se revuelve descontento. No sabemos decir no, no queremos decir no y no dejamos que nadie nombre esa palabra.

No.

Cuando el político se viste de Armani. Cuando acusa al ciudadano con su sucio dedo haciendo de este su esclavo. Cuando la administración ya no está al servicio del pueblo. La palabra se olvida en el trastero.

No.

Cuando las editoriales reflejan el circo mediático para imbéciles. Cuando la historia se reconstruye a la imagen del dinero. Cuando los sabios se hacen tontos para chupar de la teta que tiene más leche. Nuestros sueños y nuestra cultura quedan huérfanos y se pierden las palabras. Sobre todo una palabra.

No.

No. No somos nadie y nunca lo seremos si olvidamos nuestros sueños. No somos nadie tampoco cuando nuestros razonamientos no importan y dejamos que nos impongan los sueños de unos pocos.

No.

Tal vez, nunca ensuciaré de tinta las páginas de un libro al que pueda llamar mío, pero restaré orgulloso, con los pies clavados en la tierra y una palabra en los labios: ¡NO!

Cuando Raimon cantó su llanto miles de voces corearon su estribillo, pero perdieron la palabra tras un sueño corrompido.

No.

Digamos no ahora que aún estamos a tiempo.

No dejemos que se inventen nuestro futuro.

No dejemos que se inventen nuestro pasado.

Pero, sobre todo, no dejemos que se inventen nuestros sueños.

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