viernes, 10 de abril de 2009

Javier Martínez






NOTA DEL AUTOR y avisos para barcos pesqueros y otros elementos de la flota de cabotaje. Agítese antes de usar que se asola en el cerebro.


El siguiente relato está tan plagado de palabras inventadas que aquellas cuyo significado resulte totalmente obvio no estarán entre comillas ni puestas en cursiva. En caso contrario tendríamos más comillas que texto o tantas cursivas que acabaríamos con las cervicales torcidas después de su lectura.


Disculpen las molestias y sigan atentos a sus pantallas.


¡Gracias!


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En mi juventud tenía un amigo y vecino muy inteligente. Se llamaba Javier, Javier Martínez. Pero tanto él como su familia padecían de “bastorrosis”. Aquella era una extraña afección que les obligaba a hablar en voz demasiado alta y con tono socarrón. Su lenguaje era, a menudo, deliberadamente soez, pero omitiendo las palabras más terribles por metáforas, comparaciones, símiles… que, una vez asimilados en tú cerebro, aún resultaban más brutales. Pero lo peor era cuando las personas, a las que dedicaban su pequeña opereta, no acababan de entender sus floridas expresiones, porque entonces no dudaban en explicarlo entre brutales carcajadas.


Un ejemplo. Cuando Javier se dirigía a hacer aguas mayores (cosa fácilmente identificable porque, dado su elevado nivel cultural, siempre portaba un libro con el grosor de la guía telefónica de Nueva York) lo advertía diciendo que se iba al Alcampo. Si al salir se le interpelaba por la significación de su anterior expresión decía:


--¿Tú a que vas al campo?


Un cerebro poco habituado a la fraseología de su familia contestaría con un interrogante en forma de pregunta oral o meramente de estupefacta expresión facial. Y Javier no dudaría en aclarar definitivamente:


--¡A cagar! ¡Al campo se va a cagar!


No crean que la bastorrosis era una afección exclusiva de mi amigo. Yo, que visitaba con cierta frecuencia su casa, sé que su madre, por aquel entonces, era capaz de bajarse las bragas “a peos”. Tal y como ella afirmaba sin rubor. Hoy eso sería del todo imposible debido a su avanzada edad y a su colon irritable. De hacerlo ahora, las bragas caerían a la primera con un fuerte chapoteo al impactar estas con el suelo.


Pero no vayan a pensarse, por lo dicho, que su madre era una güarra. Doña Leticia era de las personas más limpias que he conocido. Todo el día andaba con el trapo y el mocho en ristre. La casa de los Martínez brillaba como los chorros del oro y todo estaba siempre en perfecto orden. Si la señora Leticia hubiese sido una auténtica güarra jamás hubiese podido bajarse las bragas… Un caso aparte era Nemesio (obviemos lo de señor de la casa, o por lo menos lo de señor), él sí que era un cerdo. Dicen que fue el médico de Nemesio el que inventó el velcro después de ver el espectáculo, que le ofreció un día, para bajarse los calzoncillos. Al parecer se los cambiaba el día que estrenaba unos nuevos y no parecía ocurrir con demasiada frecuencia. Según los científicos, los pelos del culo se adherían a la película depositada sobre la prenda de forma similar a ese invento cuya patente era ahora propiedad de la NASA. Nemesio era la única persona capaz de llevar unos calzoncillos sin goma en la cintura y sin correr el riesgo de que se le fueran bajando. Posiblemente su médico hubiera podido hacerse millonario con los inventos que este hombre le sugería de no haber muerto prematuramente producto de una septicemia inversa. Según el patólogo, sufrió un inesperado aumento de su actividad inmunológica que acabó con todas las bacterias, después de eso ninguno de sus órganos internos fue capaz de realizar su actividad normal y murió. Y Javier quedó huérfano de padre, pero recupero el olfato, cosa que le es muy útil hoy ya que trabaja como perfumista.


Curiosamente hacía años que no sabía nada de Javier, pero hace un par de días me lo encontré en el Liceo. Quiero decir a la salida de este caduco mausoleo de la lírica, la música y la “patarrática”. Ambos fuimos expulsados a un tiempo, por la puerta trasera, porque alguien no soportaba nuestras críticas en voz alta a las supuestas bailarinas de ballet. No entiendo como el resto del público (cerca de diez personas) soportaban las ventosidades de aquella coreografía donde una morsa de cien kilos en canal eclipsaba a una anoréxica en pos de un extraño tipejo con rellenos en los calzoncillos y que se movía espasmódicamente, como si le hubieran metido una guindilla por el culo.


Yo había gritado que me devolvieran el dinero y mi amigo pidió que saliera el director… y su puta madre. A los que sacaron fue a nosotros dos y no nos devolvieron ni un euro. Pero como no hay mal que por bien no venga, nos fuimos a tomar unas birras a la Plaza Real y disfrutamos viendo como les birlaban las carteras y los móviles a una docena de guiris. No era muy edificante, pero como espectáculo era muy superior en calidad a la patarrática hortera que allí, en el Sacro Templo del smoking sin humo, les había dado por llamar ballet moderno. Si hubiese sido “La muerte del cisne” este se habría suicidado tras una galopante depresión.


En los entreactos de jarra a jarra, Javier me contó lo bien que le marchaba ahora su vida, pero ante todo eructamos mucho. En ese arte Javier sigue siendo el rey. Justo cuando nos echaron del último bar para cerrar, mi amigo logró un supereructo de ocho coma nueve en la escala Richter. Aún recuerdo como retumbó por toda la plaza y aledaños, enmudeciendo a los muchos locales y foráneos que aún conversaban por el lugar. El eco hizo parecer por un momento que una manada de alces se preparaban para aparearse en aquel lugar. Después se hizo el silencio. Fue aquel un momento mágico que se rompió por culpa de una petarda asomada a un balcón diciendo no sé qué de dormir.


Mi memoria me lleva directamente a dos horas después, sólo en el wáter de casa y echando la pota.


Que grandes amigos éramos Javier y yo.

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