lunes, 20 de abril de 2009

Neoliberalismo y crisis.


Imagen tomada de www.segundoasegundo.com.

Las leyes básicas de la economía indican que los precios y la demanda de un producto tienden a equilibrarse. Sin embrago, dado que el equilibrio no se produce inmediatamente, el tiempo de reacción de los mercados también tiene sus consecuencias. Por otro lado, en mercados muy grandes y con mucha inercia o en otros más pequeños, donde los precios fluctúan muy rápidamente, puede llegar a parecer que los mercados no se estabilizan en sus valores óptimos jamás y se convierten en cotos privados de la especulación.
Ahora imaginemos un enorme mercado, un mercado que además crece exponencialmente y donde se producen brutales subidas de precios debido a factores externos... No hace falta imaginar tanto. Ese es el mercado inmobiliario español a finales de los noventa. Ese mercado estará forzado a no alcanzar jamás su equilibrio y, por tanto, se convierte (o en este caso se convirtió) en un mercado absolutamente especulativo.
Durante muchos años los elevados intereses hipotecarios que imponían los bancos, habían impedido que un gran número de ciudadanos adquiriese su vivienda. Por otro lado, el desencajado mercado de alquiler hacía que esta opción fuera muy poco atractiva. Pero las crisis de los noventa, entre otras medidas, aplicaron una bajada a las hipotecas que se hizo muy importante a lo largo del tiempo. Se pasó de un 12% de interés anual a finales del 1993 hasta un 2.5% en 2004. Si combinamos eso a toda una serie de planes de ayuda a la adquisición de vivienda que llevaban produciéndose desde la década de los ochenta, vemos el incentivo para que tanto el mercado suba los precios. Y con la subida aparece una miríada de intermediarios que aún hacen escasear más este bien y suben más los precios. El mercado es grande, pero no tarda en reaccionar y empieza a edificarse en solares que antes no eran rentables económicamente, también se ponen en marcha nuevas tejerías, para la fabricación de ladrillos, donde los costes de fabricación son muy elevados. Los precios suben, pero los constructores deben seguir subiendo aún más los precios si quieren seguir obteniendo beneficios.
A finales de los noventa, para agravar más esta crisis que sólo afecta negativamente a los consumidores, aparece un nuevo competidor en escena: el inversor extranjero. Son de muchos tipos, pero el más conocido es el jubilado británico que, aprovechando las ayudas financieras de su propio país, adquiere casas de “alto standing” en nuevas urbanizaciones que son, por aquel entonces, más baratas que en su país.
La llegada del PP al poder coincide con un nuevo estilo de ver las cosas. La solución que estos nuevos gobernantes imponen es la de liberar más suelo para la construcción. Eso abarata el suelo momentáneamente, pero dispara una fiebre inmobiliaria. Las fiebres y las epidemias son malas y esta es peor porque se contrata a empleados sin los debidos conocimientos y que trabajan a destajo y con poca seguridad, aumentando la siniestralidad, no se vigila el suelo liberado y se producen niveles de corrupción insostenibles en las pequeñas administraciones y seguramente también en las grandes, pero es más difícil de demostrar. Por si estas lacras no fuesen suficientes, lejos de bajar el precio de la vivienda, aún se encarece más. Llega un momento en que los especuladores se atreven a enseñar su cara y en las grandes ciudades llegan a verse varias oficinas inmobiliarias en una sola manzana. En el punto culminante de la crisis, algunos bancos llegan a financiar por encima de las posibilidades de sus clientes, sin embargo, a pesar de todo, parece que los niveles de morosidad no son importantes porque circula un río subterráneo de dinero que algunos piensan que no va a acabarse nunca y sólo aspiran a arrancar su tajada.
En un momento determinado gotean algunos escándalos financieros que parecen no tener nada que ver con todo esto: Gescartera, Forum Filatélico...
Pero fuera de nuestras fronteras empieza a prepararse una crisis mundial que ira destapando las debilidades financieras de todos los países del mundo. Bajo la excusa de la guerra de Irak, los países productores de petróleo y los especuladores del crudo, logran elevar el precio del barril a niveles nunca vistos. De entrada parece que no hay consecuencias, pero pronto empieza a subir el precio de los transportes y, tras ellos, el de todos los productos. Los bancos nacionales, en lugar de atender al origen de la escala inflacionaria, intentan solucionarla con la tradicional medida liberal de elevar el precio del dinero. Rápidamente los préstamos hipotecarios siguen el camino de la subida y, aunque tampoco se nota inmediatamente, aparece la morosidad. Con la subida de la cesta de la compra y de las hipotecas, los salarios se quedan cortos y empiezan las apreturas económicas en las familias, la morosidad es sólo cosa de tiempo porque las subidas salariales, aunque teóricamente se acostumbran a igualar al IPC, quedan por debajo de los incrementos en el gasto. Con todo, esas subidas, obligan a una considerable limitación del beneficio empresarial. Pero el resultado para las familias es peor ya que el mantenimiento de esta situación termina por llevarlas a la banca rota, pero, ente tanto, han paralizado su gasto y el dinero ya no circula.
En EE.UU. parece que no es muy diferente a pesar del estado de depreciación en que vive el dólar (por lo menos respecto al euro). Pero en realidad sí existen algunas pequeñas diferencias nada insustanciales y que, a la postre, resultarán esenciales para que la crisis se desplace más allá de sus fronteras. El primero está en la formula de las hipotecas americanas. Mientras en Europa el cliente responde por el dinero prestado, en el americano es el producto adquirido por ese préstamo el que responde. Eso quiere decir que en España, si no pagas tu hipoteca, el banco te embarga y vende tus propiedades, e incluso tu nómina, hasta que se cubre la deuda (realmente es la justicia la que hace eso, pero el banco es el beneficiario de esa acción legal), pero en el caso norteamericano, si el cliente no puede pagar, el banco se queda con la propiedad adquirida y punto. La diferencia de estas dos alternativas, cuando la propiedad es más valiosa que la deuda, es casi nula. De hecho el banco americano ganaría más, porque en España, una vez subastada la propiedad, el excedente económico es entregado al moroso y en EE.UU no y eso que el banco puede vender si acudir a subasta (cosa que aún reporta más dinero). Pero qué ocurre cuando el número de embargos sube y se acaba el mercado para poder vender o subastar a buen precio. En España, el embargado, después de perder su vivienda aún sigue debiendo dinero (salvo que se haya pactado otra cosa, que también es posible), pero al otro lado del mar, los bancos se quedan con un montón de propiedades devaluadas, sin posibles compradores y sin dinero para seguir estableciendo nuevas operaciones. Por su parte los bancos, ahora convertidos en propietarios no pueden permitirse el mantenimiento físico de todas esas propiedades que, en breve, empiezan a deteriorarse.
En este ámbito de cosas se descubren en los bancos gran cantidad de préstamos que, con la euforia financiera de los meses anteriores, se han otorgado sin las adecuadas garantías. Por otro lado, muchos de eso prestamos se han resguardado con un seguro que también, ahora afecta a las entidades aseguradoras que aumentan sus primas. Subida de préstamos, encarecimiento de los seguros a los mismos y los bancos siendo más rigurosos para otorgar sus préstamos... ¿Quién va a comprar ahora las viviendas que los propios bancos acumulan? Esto lleva a un abrir un enorme agujero en las entidades financieras norteamericanas que al haber vendido la mayor parte de sus actuaciones a fondos de inversión, generalmente de fuera de su país, transfieren la parte de sus crisis a los inversores foraneos. La quiebra de las entidades financieras o sus simples dificultades, saltan así a una Europa ya tocada por la situación global.
El fenómeno americano fue el primero en aparecer porque el ciudadano con problemas económicos podía entregar las llaves de su casa al banco y quedaba exonerado de su condena financiera. Así que los morosos americanos aceptaron antes y con más facilidad su imposibilidad para pagar. La evidencia hizo que la reserva federal norteamericana bajara el precio del dinero (subido para combatir la inflación) con suficiente rapidez para intentar equilibrar los mercados. Pero en Europa, donde los ciudadanos intentaban infructuosamente remontar sus finanzas particulares sin trasladar el problema inmediatamente a los factores macroeconómicos, el Banco Europeo no supo ver a tiempo esa situación y demoró la baja de intereses demasiado tiempo, agravándose así los efectos sobre las pequeñas economías que, en último término, son las que sostienen a todo el sistema económico de cada país. Se cometieron, pues, desde el Banco Europeo, dos errores de bulto: subir los intereses para compensar una inflación exógena y bajarlos demasiado tarde para salvar a las pequeñas economías. El tradicionalismo neoliberal de Trichet le jugó una mala pasada a él y, de paso, nos hizo un poco más pobres a todos.
En todo este tiempo sólo un mercado se ha autorregulado y ha sido, precisamente el que desencadenó todo los procesos de la crisis, el del petróleo, que ahora, cuando nadie se atreve a acumularlo y ya piensa en el uso de otras fuentes energéticas, ha bajado a valores casi normales.
Entre tanto, en España, el mercado inmobiliario sigue sin alcanzar su punto de equilibrio. La mayoría de viviendas no encuentran comprador, las que lo hacen es declarando valores bajísimos y con acuerdos de dinero negro bajo manta. Han cerrado la mayoría de oficinas inmobiliarias y una enorme cantidad de empleados de la construcción engrosan las filas del paro. Pero los pisos no bajan o no bajan lo suficiente para reactivar ese mercado moribundo, porque los propios constructores gastaron más para edificarlos que el que debería ser su valor real. Y dicen los expertos, que si no bajan los precios, como mínimo, un 30% más, no habrá forma de reactivar el sector.
La economía liberal se basa en la tendencia de los mercados hacia el equilibrio financiero, pero la innegable realidad es que el desequilibrio de los mercados es su forma natural y de no ser así no existirían posibilidades de enriquecimiento. Ahora lo que hay que evaluar es en qué momento ese enriquecimiento está moralmente limpio y cuando lo hace a costa de los esfuerzos y las vidas de terceros. También es obvio que se han de poner límites a las acciones sobre esos desequilibrios o, de lo contrario, se producen crisis como la actual. En cualquier caso, esta crisis, que nuevamente no pagarán los que la causaron, ha demostrado, una vez más, la insostenibilidad del capitalismo de corte neoliberal.

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