domingo, 23 de agosto de 2009

QUE SE MUERAN LOS FEOS

Fue una buena idea bajar a la cala en plena luna llena y nadar de noche sólo por verla a ella. Perlas de luna bailaban en su espalda y mi boca sellada era incapaz de decirle cuánto me gustaba. Enrollaba sensualmente su pelo para escurrir el agua y no hubiese dudado en beberme cada gota para tener algo de ella.

“Ve y díselo”, me gritaba algo dentro de mí. Sin embargo me quedaba nadando en el agua con los demás. Si hubiese salido no me hubiera quedado más remedio que enfrentarme a la victoria o al fracaso y ya nunca más hubiese podido disfrutar de esa morbosa incertidumbre.

Entonces la música que sonaba en mi cabeza, como banda sonora, se apagó de golpe. Ricardo, el feo y chistoso del grupo, había salido del agua para compartir un pitillo con ella y los dos se marchaban a un rincón recogido entre las rocas.

Así fue como comprendí que las cosas no se pueden dejar para mañana y cuan peligrosos son los feos.

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