viernes, 9 de diciembre de 2011

El cuarto Rey Mago


Figuras
Javi estaba molesto con su padre porque no le había dejado poner el musgo en el belén como otros años. De hecho había muy poco. El corcho, la harina y el serrín, dominaban sobre el verde este año. Desde que se habían puesto normativas restrictivas para la recolección del musgo en el monte su precio subía un año tras otro. En las tiendas, además, el musgo era de peor calidad, también eso se hacía más patente de año en año.
Como había poco, el musgo enseguida estuvo puesto. Los detalles del río eran algo más rápidos pues este era el mismo cada año. La diferencia era que antes las riberas eran verdes y ahora este color escaseaba. Puestos el puente y las piedras, el padre le dijo a Javi que podía empezar a poner las figuritas. Como siempre, la atenta mirada del abuelo, murmurando historias sobre cada personaje que el nieto colocaba, aquí y allí, le daba más vida a aquel escenario de la que tendría en todas las navidades. Con algunos personajes, como el pastor que llevaba un parche en un ojo, el chaval se entretenía lo suficiente como para que el viejo hilvanara un cuento completo. Pero tampoco está vez permitiría que su abuelo narrara el final. A Javi le gustaban los relatos más obscuros y su abuelo se empeñaba en buscarles un buen final, así que cuando los acontecimientos de la historia giraban hacia el bondadoso final que aquel escenario exigía, Javi colocaba la figura en el lugar que ya tenía pensado desde el principio y tomaba una nueva entre sus dedos.
Después de dos horas colocando el casi centenar de personajes y animales, ya solo quedaban los Reyes Magos.
-¿Sabías que los Reyes Magos eran en realidad cuatro? –Dijo el abuelo para sorprender a Javi-.
Por un momento el nieto, con el camello de Melchor en las manos, tuvo un asomo de duda. Javi ya tenía once años. Su abuelo le había contado muchas veces la historia de los Reyes Magos, pero esto era nuevo.
-¿Cuatro? –Preguntó intentando dominar su sorpresa-.
-Sí.
Sonrió mirando a su nieto directamente a los ojos en una pausa que al pequeño le pareció eterna. Una pausa que le sirvió para evaluar si Javi ya era lo suficientemente grande para escuchar la historia que le quería contar. Entre sus pensamientos estaba la conciencia de que el año próximo, con doce años, tal vez ya no prestara atención a las historias del belén. Quizá, incluso, prefiriese ir a dar una vuelta con los amigos el día que tocara de nuevo esta tradición familiar. Sí, estaba seguro. Era el momento. Ahora o nunca.

Once upon a time
Cuando celebramos la vida, pasión y muerte de Jesús, creemos estar siguiendo las llamadas sagradas escrituras, pero en realidad los cuentos populares que engalanan nuestras fiestas, mayoritariamente, no están reflejados en ellas. Porque las sagradas escrituras no son más que unos textos seleccionados de entre muchos, que sí cuentan esas historias, por los príncipes de la iglesia en los albores de la Edad Media y en lo que se llamó el Concilio de Nicea. Los textos seleccionados fueron incluidos en el Nuevo Testamento y los descartados fueron proscritos. Incluso algunos de esos otros textos, conocidos hoy como evangelios apócrifos, fueron destruidos y ya nada sabemos de ellos salvo por la tradición popular o por algún descubrimiento arqueológico como los manuscritos del Mar Muerto.
Hablan algunos de esos textos de los Reyes Magos, pero cuentan historias que, en ocasiones, se contradicen unas con otras. En una de ellas explica que los Magos eran eruditos salidos de la biblioteca de Alejandría y que, cuatro de ellos, por su sangre principesca, fueron conocidos como los Reyes Magos. Baltasar era un príncipe Abisinio cuya familia vivía en la corte de los faraones desde que estos conquistaran sus territorios  y que bajo el yugo romano solo les quedaba la salida del estudio para conservar su estatus. El asirio Gaspar, perteneciente a una dinastía expulsada del poder  en tiempos de Alejandro y que se dedicó a la conquista del conocimiento. El macedonio Melchor, el más joven de todos, enviado por su familia lejos de los abusos que la corrupta Pax Romana cometía en su país. Pero existía también un príncipe parto que aún esperaba recuperar el poder en sus tierras donde feroces arqueros a caballo esperaban el momento de sublevarse contra Roma, y él, Artabán, sería su rey.
Por aquellas fechas la palabra de Zarathustra aún tenía un fuerte eco en todo lo que había sido el imperio persa y Artabán conocía bien la nueva versión del mazdeísmo que chocaba frontalmente con el afán bélico de su Partia natal. Si el mazdeísmo le imponía dudas, sus estudios en Alejandría no supusieron un desahogo para los mismos, por eso cuando conoció la profecía una llama se encendió en su interior, aunque sabía que ya nunca sería el liberador de su país, por lo que renunció a sus derechos al trono.
Cuenta Henry van Dyke, que él fue el primero en descubrir el cometa y que mandó llamar a los otros cuatro Reyes Magos al zigurat de Borsippa para, desde allí, iniciar juntos el camino para seguir la nueva estrella. Oro, incienso y mirra, llevaban los tres reyes, y el cuarto otros tres regalos más dignos de su realeza: un diamante, un rubí y un jaspe. Pero en el viaje toparon con una caravana atacada por bandidos. Allí, en el desierto, enterraron a los muertos mientras los supervivientes se fueron con Melchor, Gaspar y Baltasar. En cambio, como había un viejo agonizante, que había sido el comerciante jefe de la caravana y  que no hubiese soportado el viaje, Artabán se quedó con él. Las grandes dotes médicas del Mago hicieron el milagro de la sanación, pero no conforme con su buena obra, dio al viejo el diamante para que recobrara su caravana. Pero para entonces Artabán ya llevaba tanto retraso que nunca alcanzó a sus compañeros. Cuando llegó a Judea, en lugar de las alabanzas por el nuevo Mesías, se encontró a soldados de Herodes marchando de casa en casa y acabando con las vidas de todos los niños. Usando el rubí intentó sobornar a los soldados para salvar algunas vidas, pero acabó siendo detenido por ello.
Tras treinta años en los calabozos de Judea, salió como un viejo y terminó vagando por las calles de Jerusalén como un mendigo. En esas, mientras reclamaba unas monedas o un mendrugo de pan, entre los puestos del mercado (no quería deshacerse del último regalo para su Rey), escuchó, por primera vez, hablar de los prodigios de un hombre que se hacía llamar el hijo de Dios. Durante semanas y meses oyó hablar del Mesías haciendo milagros a un lado y otro del país, dirigiendo sus palabras de paz y amor a un pueblo marcado por el odio y la conquista. Artabán quería verlo, quería oírlo y quería darle el último regalo que aún guardaba par él: el trozo de jaspe. Cuando supo de la llegada del Mesías a Jerusalén, ya era tarde. Jesús se encontraba preso e iba a ser condenado a la crucifixión. Así encaminó sus pasos hacia el Gólgota, pero tuvo que atravesar el mercado y allí se topó con el drama de un padre que subastaba a su hija para pagar las deudas. Lo peor de la ciudad babeaba de lujuria mientras hacían miserables ofertas que aumentaban el dramatismo de la escena. Otra vez Artabán se alejaría de su objetivo anteponiendo sus principios. Así compró, con el trozo de jaspe a la joven muchacha y, aunque la devolvió a su familia, junto al resto del valor del  jaspe, le recordó al padre que desde ese momento era solo suya y que respondía ante él de lo que a ella le ocurriera. Cuando quiso retomar su camino el cielo se oscureció y el suelo tiembló. El Mesías había muerto sin que Artabán alcanzara a verlo. Los temblores arrancaron piedras de las casas y una alcanzó al Mago que cayó semiinconsciente. En ese estado se le apareció Jesús diciendole: Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste, me hicieron prisionero y me liberaste”. Alucinado y confuso preguntó que cuándo hizo él eso. Y Jesús le contestó: Lo que hiciste por tus hermanos, lo hiciste por mí”. Por eso Arcabán acompañó a Jesús en aquel ascenso a los cielos, y al llegar dijo: “Padre, he aquí un amigo”.

El niño grande
Javi no había cortado a su abuelo ni una sola vez durante toda la historia, pero ahora le miraba de reojo.
-¿Te lo has inventado?
-No, solo lo he pintado de colores.
-¿Y qué colores tenía, abuelo? –Javi intentaba no reírse, sabía que su abuelo nunca le mentiría, pero tampoco le dejaría las cosas suficientemente claras-.
El abuelo también rió y hubo una guerra de cosquillas. Posiblemente la última de la infancia de Javi. Después, durante la cena, su abuelo le habló de Henry van Dyke, que creó la historia de Artabán, de los evangelios apócrifos, de la tradición… El padre, la madre, la abuela y hasta su hermana mayor contaron cosas que sabían de todo ello. Tal vez por eso Javi guardó para siempre aquella historia en su memoria.
Pasaron aquellas navidades y pasó un año entero. El domingo después de Santa Lucía volvieron a montar el belén, pero esta vez solo el padre y el abuelo. Javi se había ido a jugar a futbol con sus amigos. Cuando el abuelo cogió entre sus manos el camello de Melchor se acordó de Javi y la guerra de cosquillas del año anterior y murmuró:
-Hay que ver cómo crecen.
-¿Los Reyes Magos, papá?
Ambos sonrieron y el viejo acarició el mentón de su hijo.
A la mañana siguiente, cuando Javi ya se había marchado al colegio, el abuelo fue a darle un vistazo al belén y, de paso, adelantar un poco la posición de los tres reyes camino del portal. Fue entonces cuando se percató, en uno de los arenales de serrín de un grupo de figuras nuevas. Eran un nuevo Rey Mago junto a un viejo echado en una manta. Esas figuras no eran estándar. Entonces recordó que su nieto se había inscrito el verano anterior en un taller de cerámica. Al parecer llevaba mucho tiempo planeándolo, por eso no pudo evitar que una lágrima amenazara con desbordarse por su cara. Recuperó la compostura y se marchó al centro comercial para comprar aquellas botas de fútbol tan chillonas que Javi le enseñó el fin de semana anterior. Después de todo, de Reyes Magos no solo había tres.

Imagen de Henry van Dyke tomada de la wikipedia. El creó la historia original de Arkabán, aunque en los evangelios apócrifos y otros textos menores de la antigüedad aparecen más historias de Reyes Magos, y en alguna se dice, incluso,  que fueron 100.

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