domingo, 26 de junio de 2011

Nueva ley electoral



Después de analizar los resultados de todas las elecciones generales de nuestra corta democracia, he llegado a la conclusión de que sí existe una fórmula sencilla de hacer más democrático nuestro sistema electoral.
Los puntos básicos que generan desafección son el hecho de que unos votos tengan más valor que otros, que los votos en blanco y nulos no tengan ningún sentido, y que los votos que no generan representación terminen sirviendo para aumentar la representación de otros partidos que pueden estar en las antípodas ideológicas de los votados. Es cierto que también muchas personas demandan listas abiertas, pero lograr eso objetivo penalizaría la mayor democratización de los restantes.
El parlamente tiene 350 escaños y hoy se rellenan con un sistema proporcional por provincias basado en la ley del belga d’Hond. Este es un sistema creado a finales del siglo XIX y que beneficia a las listas más votadas para favorecer las mayorías absolutas. Es un sistema adecuado para países políticamente muy homogéneos ya que también favorece el bipartidismo. Desgraciadamente nuestro país es ideológicamente muy heterogéneo, así, de media, hay una desviación del 45% entre los votos y la representación. Con el agravante de la aparición de la figura del voto útil que lleva a muchos electores a elegir determinadas papeletas que de otro modo no lo harían.
Nuestro sistema debería contar el número de votos totales a nivel nacional y dividirlo entre 350. Si, por ejemplo, van a votar 22.053.611 electores, la división nos daría: 63.010,32. Así 63.010 serán los votos necesarios para obtener un escaño. Los remanentes provinciales se unirán a nivel nacional y los escaños que salgan se irán anotando a las listas de las provincias con los remanentes más grandes. Con los remanentes que queden ya analizaremos más adelante qué hacer.
Este sistema hará que los escaños de una provincia dependan de su número de votantes respecto a los de las demás provincias. Dado el gran estímulo regionalista de nuestro país eso también estimulará el voto. Para refrenar este ímpetu se podría ligar el salario de los diputados a la abstención. Mayor desafección implicaría menor salario (la formula de esa relación aún tendría que pensarse), lo que también serviría de estímulo para que los políticos procuren pensar más en sus votantes en todo momento.
Otra cosa importante es dar sentido a los votos en blanco y a los votos nulos. Ambos estarían representados en la cámara por escaños vacíos, con la diferencia que mientras los escaños procedentes de votos nulos reducirían el aforo de la cámara, los votos en blanco participarían en todas las votaciones de la misma como votos en blanco para todas ellas.
En las papeletas de voto, además de los candidatos, debería figurar una ruta ideológica de los votos remanentes. Estos votos remanentes son los que no alcanzan un número suficiente para alcanzar representación. En la papeleta pondría algo así:
1º Partido A
2º Partido B
3º Partido C
4º Voto en blanco
Aunque un partido también podría no pasar sus votos remanentes a ningún partido ni contar tampoco como voto en blanco:
1º Voto nulo
Esto, en el primer caso, quiere decir que a la hora de pasar sus votos remanentes, estos pasarían al partido A si el remanente de este es mayor al suyo, si no es así pasarían al partido B, luego al C y si ninguno de ellos tuviese un remanente mayor los votos pasarían a ser votos en blanco. En el segundo caso el remanente pasaría, directamente, a considerarse como votos nulos.
Como es lógico, para que esto sea viable, los remanentes deben analizarse desde el menor hacia el mayor. También deberán llevarse a cabo a nivel nacional.
Finalmente, después de realizadas todas estas distribuciones, por culpa de los decimales no quedarían de 1 a cinco escaños sin decidir y que, para evitar suspicacias, se reducirían del aforo, es decir, se les trataría como provenientes de votos nulos.
Dada la idiosincrasia del electorado español esta sería la fórmula más adecuada y que evitaría algunas de las absurdas promociones del odio interregional que hoy aprovechan algunos (muchos… demasiados) políticos sin escrúpulos. Mucha de la crispación que nos ha llegado a saturar en los últimos 15 años se hubiese podido evitar con este sistema.
Al margen de la ley electoral también hay otros aspectos relacionados que enervan al electorado, como es el hecho de que se admita la presentación de candidatos implicados en procesos penales y de corrupción. También resulta bastante sangrante la diferencia existente en la publicidad de unos partidos respecto a otros, no parece que eso sea demasiado democrático, máxime cuando muchos de los votos pasados que le conceden ese tiempo ni siquiera eran de su propiedad.
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