domingo, 5 de junio de 2011

De dónde viene y a dónde va la crisis.



A finales de los 90, el flamante gobierno del PP se planteo su segundo gran reto: acabar con el problema de la vivienda. El primero era acabar con la crisis, pero ese ya estaba superado diez meses antes de ganar las elecciones, así que se limitaron a apuntarse el tanto pero sin aflojarnos el cinturón al que el gobierno anterior había tenido a bien hacerle un par de agujeros. Así pues, la vivienda era el verdadero gran reto, así que las cabezas pensantes del partido se pusieron a trabajar. A sus apoyos parlamentarios (CiU y PNV) también les dejaron pensar, pero en voz baja. Con tanto talento quemando neuronas la solución estaba asegurada.
Todo parecía indicar que  lograrían volver a poner en el mercado el gran número de viviendas vacías que ya entonces existía, pero no. La idea de aquellas mentes preclaras era superior en ingenio. Así nació una nueva ley del suelo que permitía liberar grandes cantidades de terreno para edificar a tutiplén, sobre todo en las proximidades de la playa. Con esto “se pretendía” aumentar la oferta de vivienda que, por ese efecto neoliberal que se basa en la perfección de los mercados, bajaría de precio.
Sin duda aquella fue la primera gran cagada de los “Aznar Boys”, pero el ególatra expresidente  seguramente no tendrá esa imagen de su nefasto mandato. Después de todo les generó enormes beneficios a sus amigos los constructores y no menos a los poderosos banqueros. Sea como fuere llegamos a 2004 con una clase media totalmente empobrecida, pero viviendo en el sueño de un endeudamiento imposible por cortesía de los depredadores bancarios. Por si aquello no fuese suficiente, el país estaba lleno de brechas financieras producto del servilismo con el gran jefe norteamericano de la guerra.
La llegada del socialismo fue una esperanza nacida entre el humo y que, con el tiempo, también se desvaneció. Si bien supieron sacarnos inmediatamente del sangriento Irak, les faltaron los redaños suficientes para acometer el estallido de la burbuja inmobiliaria. Entre 2004 y 2006 hubiese sido un buen momento, pero era tan atractivo ver que, por obra y gracia de la estadística (ciencia que demuestra que si yo me he comido seis pollos y tú te ha muerto de hambre, ambos nos hemos comido una media de tres pollos) éramos uno de los países económicamente más poderosos del mundo. Así que, sin querer despertar, los socialistas se dedicaron a intentar vaciar poco a poco la inmensa burbuja, pero sin permitir que estallara, aún sabiendo que, si aparecía una de esas pequeñas crisis mundiales, la burbuja multiplicaría muchas veces el grado de nuestra desgracia. Y la crisis apareció, solo que no fue pequeña, aunque, al principio, se mostró tímida y lejana. Fue cuando Zapatero quiso negar la evidencia, luego ya fue demasiado tarde y, aunque al principio quiso mostrar algo de valor, lo hizo separando de sí a los únicos que hubiesen podido mitigar sus efectos de antemano. Finalmente, a mediados de 2010, el gobierno socialista dio un bandazo a su nave y se sumo a los aciagos vientos neoliberales que, a estas alturas empujan con fuerza la nave de nuestra sociedad hacia las agudas aristas de los acantilados de una quiebra peor que la económica: la quiebra social.
Para encarar la crisis frente a las olas generadas por las grandes corporaciones y la City, el gobierno le ha robado a los trabajadores sus últimas protecciones y derechos. Resulta que todos ellos siempre airean en la prensa lo caro que es el despido en nuestro país, pero ni una palabra de las protecciones que poseen los trabajadores de todos los países que nos enumeran. Tampoco hablan, y es lo más sospechoso, de lo caro que es el empleo. Claro que ellos no desean contratar a nadie, solo despedir. La cuestión es que nos han robado el empleo y la jubilación y ahora esperan un par de vueltas de tuerca más para que el ciudadano español se convierta en un esclavo sin derechos de las multinacionales.
Desarboladas y al pairo las naves sindicales se enfrentaban a las fortalecidas naves de la patronal bajo el mando del almirante Joan Rossell. Ahora se juega el valor de los Convenios Colectivos, la última barrera antes de la esclavitud total. En último término, con los desprestigiados sindicatos perdían su Numancia particular, el gobierno para la batalla y se guarda su decisión, que sea, cual sea, no contentará a nadie. Pero esta vez la cosa es peor, porque parecen ignorar que se enfrentan a la quiebra social. Ya tienen a los pacíficos tomando las plazas, ahora es posible que los beligerantes se hagan con las calles.
Si esta vez el gobierno no hace un guiño a los más desvalidos de la sociedad hay riesgo, incluso, de una guerra civil. Puede que la subida electoral de la ultraderecha haga pensar , a quien no tiene ojos, justo lo contrario, pero los Intereconomías, Federicos Jiménez, El Mundo, ABC y otros, poseen el poder de los medios, pero la indignación verdadera va en otro sentido y está llegando a sus límites de indignación.
El movimiento 15M ha sido una advertencia a la que los poderosos deberían escuchar, tal vez sea su última oportunidad.

Imagen tomada de www.nuevastecnologias.com
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