domingo, 24 de marzo de 2013

El camino del BIEN (INTRODUCCIÓN)

Imagen tomada de http://laiguanailustrada.blogspot.com.es/2010/04/graphics-puerto-hurraco-rip.html

El ser humano, hace miles de años que decidió vivir en comunidades cooperativas. Es posible que esa opción ni siquiera surgiera siendo Homo Sapiens, sino miles de años antes formando parte de especies antecesoras. Aunque también entra dentro de lo posible que algunos, o incluso muchos, de los individuos, optaran por una vida en solitario, al final se perdieran en la noche de los tiempos por no lograr que sus descendencias sobrevivieran a la individualidad. Esto último pudo ocurrir como consecuencia, tanto de la selección natural, como porque ellos o sus herederos acabaran formando parte de un colectivo. De todas formas, la forma en que cada una de estas posibilidades sucediera es algo que tiene poca importancia para la cuestión que nos atañe, y es el hecho de que el ser humano sea un ser gregario lo que realmente nos importa. Los individuos al margen de la sociedad solo nos interesan en el presente y solo cuando pueden ser fuente de conflicto.
En todo colectivo o sociedad las relaciones entre los individuos son esenciales para el funcionamiento del todo. El colectivo puede funcionar como una máquina bien afinada o ser un caos que al final va a llevar a ese colectivo al desastre. Así pues, para la supervivencia de los grupos humanos, hace falta una organización, pero el establecimiento de esas organizaciones es a su vez una de las fuentes de conflicto más importantes que existen. El ser humano siempre siente la necesidad de ocupar uno de los puestos importantes dentro de su organización. Esto obliga a establecer reglas que garanticen la máxima eficacia del grupo en la elección de los individuos que ocuparán cada puesto especializado y así garantizar la máxima eficiencia y la supervivencia del grupo.
Otro de los grandes problemas humanos, desde sus orígenes, es la relación entre diferentes grupos que, además, pueden haber creado sus estructuras internas en base a unas reglas diferentes. La colaboración y el comercio entre grupos puede beneficiar a todos, pero a menudo las relaciones contienen reivindicaciones sobre un entorno o relaciones entre individuos que atentan contra las reglas establecidas en uno o varios grupos. La resolución de estos conflictos no es trivial y puede llevar a que incluso se resuelvan por la fuerza.
El uso de la fuerza, la violencia o las posiciones de poder, pueden generar un sentimiento de injusticia, de enfado o incluso de odio en uno o varios individuos. Es por esto que la resolución de los conflictos y el desarrollo individual y grupal de estos sentimientos, pueden ser la base de un problema mayor y que se perpetúe en el tiempo. Las sociedades humanas nunca han sido perfectas en sus relaciones, pero lo peor del caso es que tampoco han aprendido a drenar adecuadamente esos sentimientos de sus individuos. De este modo vemos en nuestra historia como muchos conflictos ancestrales han llegado a nuestros días sin que tengamos muy claras las razones de esos conflictos. En muchas ocasiones parece que esos conflictos quedan razonados en toda una base documental, pero realmente aceptar eso en las series de masacres entre hutus y tutsis que desembocaron en la matanza de cerca de un millón de personas en 1994 (me niego a aclarar de que etnia), solo se entiende (imposible justificar) en base a esas cadenas de odio ancestrales que deshumanizan a la víctima a ojos del agresor igual que al agresor a ojos del Mundo. Sin duda todos los genocidios parten de esa misma premisa: “odio deshumanizador cuyo origen se confunde”.
Pero no todos los conflictos ancestrales son entre colectivos, de hecho algunos de los más arraigados pueden estar definidos en grupos pequeños como poblaciones algo aisladas. En nuestro país fuimos convulsionados en 1990 por la Masacre de Puerto Hurraco, que no vamos a pormenorizar, pero que definiremos como la errónea resolución de conflictos dentro de la comunidad y que terminan resolviéndose en una orgía de odio e ira.
Hay que advertir que no todos los actos de violencia que suceden hoy son fruto de estos esquemas, sino de otros sentimientos y necesidades humanas. Sin embargo, la falta de resolución de las cadenas de odio generadas a partir de esos actos, al final puede desembocar en uno de esos conflictos cuyo origen se confunde y termina por producir más violencia.
Desde este punto de vista ya podemos entender que las sociedades modernas tienen que ser capaces de identificar esos sentimientos de odio y drenarlos de forma no traumática para evitar que resurjan más adelante transformados en una violencia más o menos irracional. Desgraciadamente somos más dados a permitir el enquistamiento de estos conflictos que a su resolución. Es posible que para las sociedades que contienen latentes estos problemas sea difícil identificarlos, pero si estudian atentamente su pasado hay una cosa que los delata: la violencia. Todos aquellos colectivos internos que fueron añadidos al colectivo mayor mediante la violencia contienen la semilla del problema. Solo hace falta regar esa semilla con algo de odio o injusticia para que el problema germine. Es curioso, no obstante, ver que la planta que nazca de esa semilla, según haya transcurrido más o menos tiempo desde el problema inicial, puede parecerse más o menos a la planta original.
No hace falta ser muy avispado para advertir que en España hay muchas de esas semillas que por culpa de la falta de aptitudes de nuestros gobernantes están empezando a asomar sus primeros brotes del suelo. La habilidad que hace falta para resolver los conflictos que se plantean no parece que se encuentre, no obstante, en las cabezas de ninguno de sus líderes. Esto nos permite afirmar que el proyecto de España como colectivo puede estar fracasando.
Pero una vez más vamos a rectificar nuestro camino, porque no es el conflicto lo que nos interesa sino su resolución. Y para resolver los problemas nada mejor que drenar el odio mucho antes de que pueda alimentar esas semillas de discordia que difícilmente se pueden eliminar de la sociedad. Solo a fuerza de que el tiempo transcurra sin alimentar esa semilla puede desecarla y hacer que desaparezca. Desgraciadamente el ser humano es lo bastante imbécil como para manifestar su poder cuando lo obtiene, olvidando las riadas de malestar que eso genera en toda sociedad y cada vez que una de esas riadas alcanza una de esas semillas… Así pues es esencial que el buen gobernante intente ser ecuánime, justo, tolerante, respetuoso y procure tratar a todos sus gobernados al mismo nivel, pero ante todo tiene que ser muy comprensivo con los diferentes colectivos que constituyen su comunidad y ser capaz de compensar todas las diferencias que se generen. Gobernar no es fácil, y sin embargo son muchos los que persiguen esa posición aun siendo conscientes de no estar preparados para ello. Así que el primer conflicto que debemos resolver es el de evitar que ejerzan el poder individuos que lo entiendan como un valor personal en lugar de un servicio al colectivo social. Desgraciadamente las fuentes de poder alternativas, colectivos poderosos o lobbies como las instituciones religiosas, asociaciones patronales, banqueros, grupos de millonarios, militares… pueden manipular la elección de los gobernantes usando la financiación, los medios de comunicación, la amenaza, la manipulación de los mecanismos de elección o incluso la fuerza. En cualquier caso, cualquiera que haya podido manipular esa elección, lo ha hecho con la obtención de un cierto beneficio al que no va a renunciar y al que “su gobierno” deberá responder.
Creo que hasta aquí ya hemos llegado a un cierto conocimiento de lo que son los grandes problemas colectivos, sin embargo estos problemas pudieron haberse llegado a solucionar, en un principio, si las relaciones individuo a individuo no hubiesen ocultado ningún tipo de problema. Pero lo cierto es que esto aún parece menos factible porque individuo a individuo aún guardamos más diferencias que entre grupos sociales. Quién no ha viajado en un transporte público y ha escuchado una airada conversación donde uno de los individuos se quejaba de las acciones de un tercero no presente y que a nosotros, en la distancia, más allá de los colores emocionales con que lo pinta el interlocutor, nos parecen diferencias ridículas.
Otra vez las emociones y las diferentes maneras de entender el mundo son la barrera que nos separan a un individuo de otro. Es ahí donde tenemos que intervenir: en las emociones y en las diferentes formas de entender el mundo. Para las diferentes formas de entender el mundo hemos inventado una serie de protocolos o reglas de conducta que tienden a suavizar esas diferencias, pero que por desgracia esos protocolos no se mantienen igual para todos. Aunque, si a pesar de las posibles diferencias entre los protocolos, lográsemos que las emociones no chocaran, también evitaríamos el conflicto. Pero esto último es realmente complejo, porque si bien tenemos un cierto control sobre nuestras emociones, o al menos sobre las reacciones que estas nos producen, ya es más complicado controlar las emociones de las personas que nos rodean. Así desde los comienzos de las sociedades, se ha hecho arte y ciencia sobre el control de esas emociones mediante religión, mentalismo o psicología. En la actualidad casi todos hemos oído hablar de términos como la Inteligencia Emocional, la PNL (programación neurolingüística) o el Coaching que no son más que fórmulas para intentar controlar nuestras emociones e intentar interpretar y controlar las de los demás. Todo esto está muy bien y tiene muchas posibilidades, pero a pesar de las afirmaciones de aquellos que se ganan la vida con ello, no son fáciles de usar, así que tenemos que buscar un mejor camino o uno que sea capaz de facilitar la obra de estas técnicas.
A lo largo de la historia también han existido una serie de corrientes sociales destinadas, más que a resolver el conflicto, a evitarlo mediante el uso del BIEN. Desgraciadamente todas esas corrientes o han desaparecido o, lo que es peor, han sido tergiversadas e introducidas dentro de una estructura de poder. Por desgracia para esas teorías filosóficas no podían obtener la necesaria extensión entre la población sin ser rellenadas con un contenido religioso que permitiera llegar a las personas pudieran tener un grado de comprensión suficiente, al tiempo que estimulaba con la suficiente fuerza para arraigar. Así vimos nacer la religión del dios Atón en el antiguo Egipto, el Mazdeismo en Persia o el cristianismo original.
Las religiones del BIEN, originalmente,  hacían que sus súbditos no plantearan enfrentamientos con las otras comunidades ni el poder más allá de transmitir sus ideales de un individuo a otro. Sobre los primeros cristianos siempre nos quedará la imagen de grupos de ellos rezando pacíficamente en el centro de un circo romano mientras se soltaban fiaras hambrientas para que los devoraran. Sin embargo, lo verdaderamente importante de aquella comunidad original era el de la renuncia a los derechos propios a fin de evitar el conflicto. Pero hay que recordar todo esto va contra los instintos humanos de supervivencia y este cristianismo, como cualquier otra corriente similar, no era sostenible en el tiempo. Sobre todo si aplicamos las leyes evolutivas y vemos que aquellos que fueran capaces de traicionar una parte de esas renuncias tendrían más posibilidades de sobrevivir. De este modo, poco más de 100 años después de su nacimiento el cristianismo era la religión mayoritaria en el área mediterránea, pero sus valores también habían mutado hasta el punto de existir grupos capaces de imponer “la palabra de Dios” por la fuerza, algo totalmente impensable para un cristiano primigenio. Con la pérdida de la calidad de mansos los nuevos cristianos también habían perdido su capacidad para evitar los conflictos y se convirtieron en fuente de los mismos. Por otra parte, mientras la filosofía cristiana perdía sus valores para salvar a la humanidad, ganaba otros para dominarla e incluso gobernarla. Fruto de ese proceso de captación del poder por parte del cristianismo surge la Edad Media; denominada así porque en un principio se supuso que no había ocurrido gran cosa y era solo un intermedio entre el Imperio Romano y el Renacimiento, pero que en realidad todo era producto del control que la Iglesia Católica hizo de la documentación de aquella época. En la Edad Media los libros, documentos y las escuelas que permitías su copia o creación, estuvieron totalmente bajo el control del poder eclesiástico, pero con la aparición de la imprenta y las escisiones protestantes, el poder documental se escapa al control de la Roma católica y esa es la base de una nueva época llamada Renacimiento y que, curiosamente, tendrá su máxima expresión artística en la Italia católica.
La Edad Media también fue una época donde la iglesia católica procuró integrar en su seno todas las ramificaciones cristianas, pero al final los coptos y los ortodoxos lograron su independencia, sin embargo corrientes como el arrianismo y los cátaros, sucumbieron. Precisamente fueron los cátaros uno de esos grupos que intentaron conservar parte del espíritu del cristianismo original y que por ello tienen para nuestros ojos un atractivo especial. Sin embargo, el papado vio en los cátaros a un feroz enemigo y por eso los demonizó y ordenó su exterminio. Dudo que los cátaros alimentaran de odio ninguna semilla romana, más bien en este proceso una cuestión de poder.
Pero no nos salgamos del tema y para terminar esta introducción, seamos conscientes de que una cultura de tolerancia, control de instintos y capacidad para ser capaces de ceder algo en nuestros derechos (tampoco hace falta dejarse morir como aquellos valientes primeros cristianos) puede evitar infinidad de conflictos. Pero solo puede lograrse con una buena educación libre de dogmas, especialmente religiosos. Si después somos capaces de usar convenientemente aquellas técnicas como la Inteligencia Emocional, sin fines egoístas, podremos crear una sociedad base que, bien dirigida, sea capaz de drenar todo su odio y evitar la mayoría de conflictos y ser capaz de solucionar los restantes con mayor facilidad.
El poder del BIEN es muy grande, aunque para ello hace falta evitar que todas las fuentes de poder estén dominadas por seres inútiles, egoístas y carentes de empatía. Y también tenemos que ser capaces de educar a todos los individuos en una filosofía del bien, pero libre de dogmas.
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