jueves, 25 de abril de 2013

Derecho a la vida



Derecho a la vida


Cuando estudié las religiones, en los remotos tiempos de la escuela, me contaron que el hinduismo basaba sus creencias en la reencarnación. Según me explicaron, los hindúes pensaban que a este mundo se viene a sufrir, pero mediante las reencarnaciones cada uno tenía la posibilidad de perfeccionarse hasta un objetivo máximo que llevaba al nirvana.
Si uno no es hindú o conoce muy bien esa filosofía, esta forma de pensar se hace muy extraña. Supongo que eso pasa con todo y el abstruso tema del “derecho a la vida” no es diferente.
Sí, porque uno pensaría que eso del derecho a la vida sería una idea del humanismo de izquierdas, pero resulta que eso que tiene ese nombre tan bonito, no es más que una de esas trampas lingüísticas a las que nos tiene acostumbrados el conservadurismo más recalcitrante.
Resulta que el derecho a la vida está defendido por aquellos que hacen creíble esa afirmación tan hindú de que a la vida se viene a sufrir. Al menos para los que no son millonarios, porque según las creencias de los pro-vida (así se hacen llamar sus partidarios) la vida es un valor por sí mismo, pero su protección es meramente biológica.
Llaman derecho a la vida a permitir vidas de sufrimiento extremo y a invalidar el derecho a decidir de la madre, aun cuando el ser que ha de nacer ni siquiera esté formado.
Lo más curioso de todo esto es que los mismos que amparan la prohibición del aborto (que es en lo que al final se resume sórdidamente el derecho a la vida), acostumbran a ser partidarios de la pena de muerte, la abolición de los derechos sociales, la entrega de poder político a las estructuras religiosas, la abolición de derechos laborales (tendencia a la esclavitud), la aprobación del tradicionalismo que incluye las fiestas violentas y los toros, la aprobación del militarismo y el patrioterismo… En pocas palabras, el derecho a la vida implica realmente la obligación a tener una vida de sufrimiento extremo para todos aquellos que no son de su casta.
Porque, señores, los antiabortistas no son realmente los que están contra el aborto, sino los que imponen la imposibilidad de tomar esa decisión a los demás. Y ya hemos visto demasiadas veces como la antiabortista de turno ha viajado con su hija adolescente, en un supuesto viaje de compras a Londres, para que esta no tenga que sufrir los valores que mamá defiende dentro de las fronteras patrias.
Por supuesto que, el hecho de que la interrupción del embarazo se lleve a cabo en una clínica privada allende de nuestras fronteras, implica un importante desembolso económico que está fuera del alcance de aquellos que tampoco tienen acceso a medidas y educación sexual adecuada. Porque esa es otra, los pro-vida tampoco aprueban la educación sexual y la gran mayoría de los aspectos de la planificación familiar. Por lo menos fuera de su familia.
En pocas palabras, la pantomima del derecho a la vida es realmente, no un derecho, sino una obligación y no precisamente a la vida, sino a la “malamuerte”. Y es que el derecho a la vida, entre otras cosas, también implica negar el derecho a una muerte digna.
Así, señores, no se engañen por la belleza de las palabras. Cuando alguien le hable del derecho a la vida, recuerden que no les habla en realidad de un derecho para nadie, sino de una de esas maldiciones a las que nos condena la derechona a aquellos que no tenemos suficiente atractivo en una cuenta en Suiza.

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