domingo, 4 de marzo de 2012

Espíritus de cambio.



Ayer se me revolvieron las tripas una vez más en esta profunda crisis de la razón. Una madre no tan joven como alguno pensaría, rebuscando de container de basara en container de basura, algo con que alimentarse y alimentar a su niño de cinco años que le acompañaba. Mi dolor no era en sí el de aquel drama sino recordar que pocas horas antes un político había manifestado su derecho a cobrar el salario que percibía acudiendo a la imagen de su propia familia como excusa. Lo cierto es que no me imagino a ese señor trajeado, ni a su señora, seguramente enchufada en cualquier empresa pública, removiendo con un palo entre las bolsas del vecindario para sacar el centro de un cogollo de entre las hojas podridas de lechuga.
Tampoco me imagino a esa insigne masa de encorbatados sobreviviendo con 400 euros al mes, abrazando a su familia para no perder el calor bajo un puente, bajando la mirada frente al banco de alimentos, agradeciendo las limosnas de una entidad religiosa mientras los onerosos cardenales se vanaglorian de esa ayuda como los inhumanos pedorros que son.
A menudo se me remueven las tripas, cada vez más, pero es de mala leche.
Como la entidad metropolitana puede imponernos otra subida draconiana de precios (para no perder la costumbre) excusándose en la situación mientras los firmantes se endiñan 800.000 euros en dietas por ello ¿Pero es que hay miembros que no son de la provincia de Barcelona para cobrar kilometraje? ¿Es que el día no tiene bastante horas laborables como para no cobrar horas extra? ¿Es que su salario no es lo bastante grande como para no pagar alimentación?… ¿Es que no estamos en crisis? ¿Y es esa la excusa para subir los precios…? ¿Cómo unos empleados públicos pueden tomar la decisión de hincar el diente de forma tan abusiva sobre el dinero público? Puede que ellos puedan hacer que eso sea legal, pero está clara su inmoralidad. Con tan poca vergüenza, quién no desearía verlo escarbar en la basura en lugar de aquella pobre madre.
Quién habla de los empleados y representantes públicos también lo hace de los privados. No es decente que una empresa que se acoge a las “ventajas” de la reforma laboral, pague ningún tipo de dieta a sus cargos y no controle sus salarios y pagos en especias. Igualmente  cómo es posible que no se inspeccione fiscalmente a esos cargos para verificar que no tienen ni un céntimo en paraísos fiscales.
No hablemos de IRPF, de IVA, de SICAV’s, de ley Beckam, de la irresponsabilidad bancaria, de coches oficiales, de enchufismo, corrupción, proselitismo… solo de cómo es posible que esos señores que nos hablan de sacrificio en cada telediario se estén pegando la vida padre a nuestra costa. Miedo me da tanto el escucharlos como el oír el sueño unánime de que de ellos vengan a salvarnos los jacobinos. Mientras los poderosos no prediquen con el ejemplo alimentaran otra sinrazón compensativa que nada me anima, pero que para muchos, demasiados, con el agua al cuello se convierte en la única salida.
Con lo fácil que sería que, por ley, ellos se apretaran el cinturón y dieran ejemplo. Con lo fácil que sería no oír que la venta de productos de lujo ha aumentado sin imponérseles un impuesto especial. Con lo fácil que sería cargar al oro, la plata, el platino, el rodio, el paladio, los diamantes, las piedras preciosas, los coches de más 60.000 euros, las viviendas de más de 180 m2, los yates con más de una habitación, los amarres grandes de los puertos para transportes no colectivos, los aviones privados, los hoteles, los clubs de golf, los club’s selectos, los colegios de élite, las universidades privadas, las transacciones de y hacia países con fiscalidades menores, los casinos… con un IVA, u otros impuestos, superiores al 60%.
Las crisis llegan porque el dinero deja de fluir. En el 29 el dinero desapareció y muchos ricos se hicieron pobres de la noche a la mañana, pero en la crisis actual los ricos son más ricos y los pobres más pobres. No hemos visto a millonarios saltando desde un rascacielos, sin embargo se ha disparado el número de trabajadores que saltan a las vías de los trenes. Está claro entonces que el problema no está en los trabajadores (aquellos a los que un día les hicieron creer que eran la clase media), el problema son los mismos que ponen las reglas para solucionar… su problema.
Ahora entiendo porqué tienen miedo de que la ciudadanía tome las plazas. Su verdadero temor es el de ver crecer en ellas las viejas guillotinas que ya cambiaron una vez la historia de un pueblo apretado por similares injusticias.

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