domingo, 8 de febrero de 2009

Tres tipos con clase (V)


Imagen extraída de www.erain.es.

Capítulo 5.

“No quitábamos ojo al cielo, especialmente de noche, pero fue de día cuando se marcaron los designios de los nuevos tiempos. Unos extraños vientos del Este sacudieron aquella costa mediterránea. Unos vientos que, superando las cadenas montañosas, lanzaban sobre Tiro y otras ciudades de la zona, unas enormes nubes de arena que impedían distinguir nada en el cielo.”

“El cometa surgido de Cetus se aportó su desgracia. Durante unas revueltas, en la cercana ciudad de Sidón, murió Cornelius Cillus, desconocido en su Roma natal, pero uno de los sabios de Alejandría más venerados. Artabán, aprovechando, según nos dijo, nuestra ceguera momentánea de los designios divinos, marchó a Sidón para mostrar sus respetos a los familiares de Cillus.”

“Apenas dos días después de que Artabán se marchara, los cielos se despejaron y el cometa de Cetus había desaparecido y el de Acuario ya tenía cola. Era el momento de prepararse para el viaje”.

--¿Qué había pasado con el cometa desaparecido? –Cortó interesado Santa Claus--.

--Seguramente se precipitó en el Sol. Es algo que ha sucedido muchas veces a lo largo de la historia. La capacidad de atracción de una estrella es enorme, sin embargo, planetas como la Tierra también han sido capaces de atraer a más de uno. Hace sesenta y cinco millones de años uno de esos cometas cambió la vida de este planeta y, mucho antes, ya había sucedido en otras ocasiones.

“Era el momento de partir, pero Artabán, el que más sabía sobre todo lo que tenía que suceder, no estaba allí. Esperamos dos días más, pero como no se presentó tuvimos que iniciar el viaje. Dejamos una carta para Artabán, pero, sinceramente, no creíamos que fuera capaz de darnos alcance.”

“Las primeras etapas del viaje fueron erráticas. Se llevaron a cabo por un territorio abrupto, pero no excesivamente elevado. No era un camino propio para los camellos. El agua no era un problema, pero encontrar comida ya no era tan fácil. Los habitantes, en su mayoría pastores, no eran demasiado hospitalarios. De hecho, sus casas, a veces meras barracas, se encontraban bastante ocultas de los caminos. Se escondían de los posibles cobradores de impuestos, ya fueran asirios, judíos o romanos. En aquel lugar todos eran pobres y todas las administraciones pretendían tenerlos bajo su mandato, pero sin ofrecerles nada a cambio. Los desconocidos eran, por tanto, una amenaza que podía permitir localizarles”.

“A pesar de su animosidad, pronto descubrimos que no ponían reparos a que ordeñáramos alguna cabra de tanto en tanto, o tomáramos algunos frutos de los árboles del camino. De todos modo, Melchor dejaba unas pocas monedas sobre una piedra, cada vez que hacíamos algo de aquello.”

“En pocos días nos presentamos en el lago Tiberiades. A sus orillas disfrutamos una de las mejores comidas de nuestro viaje. Por aquel entonces, el lago, brindaba una pesca estupenda, pero en las orillas, además, los cultivos eran realmente variados y abundantes.”

“Las orillas del lago eran ricas y estaban muy habitadas. Por lo general, según nos dijeron, no había mucho comercio con otras ciudades, pero entre los alrededores y las montañas que habíamos dejado atrás si era abundante. Sin embargo, los últimos meses estaban siendo especiales porque los romanos habían ordenado un censo general y la gente volvía a sus poblaciones de origen antes de que los funcionarios imperiales les consideraran foranae.”

“Tuvimos varios días para conocer a aquellas gentes porque fueron cuatro los días en que las nubes nos escondieron a nuestro cometa guía. Aquello sería una equivocación, pero entonces no lo podíamos saber. Por otra parte, teníamos que prestar atención y relacionarnos para conocer la llegada de nuevas personas y de hecho escuchamos muchas cosas de muchas personas, pero ninguna era Artabán. ¿Habría vuelto a Tiro? ¿Se habría puesto en camino? Estaba claro que las nubes eran igual obstáculo para él.”

“Nuestro viaje prosiguió siguiendo el curso del Jordán, pero apenas dos jornadas después nos interceptó una patrulla de la guardia de Herodes que nos obligaron a seguirles hasta el palacio de Herodes. De cualquier forma no supuso un gran retraso porque se hallaba Jordán abajo, cerca de Jerusalén, pero en la otra orilla del río. Vimos la gran ciudad de cerca. Era un lugar importante para nosotros, pero no nos permitieron acceder y seguimos unas dos horas río abajo hasta llegar a la morada del “rey” de los judíos.”

“Conforme nos acercábamos a la puerta de la fortaleza, vimos como una fila de jinetes armados, sin ningún uniforme, salieron a galope por el camino del sur.”

--El señor Baltasar se ha despertado y quiere hablar con usted.

Uno de los médicos que atendían al rey negro se había acercado hasta el bar y era el que le estaba informando. Gaspar volvió repentinamente a la realidad del momento y que casi había logrado olvidar narrando su historia.

--Santa, no te muevas de aquí. Aprovecharé para hacer entrar en razón a Baltasar y vendré contigo. Come algo mientras tanto. Presumo que no vendré demasiado pronto. No puedo permitir que todo sea peor de lo que ya es.

--Ve tranquilo, Gaspar. Tengo un año entero para esperar.
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