lunes, 19 de mayo de 2008

¿Por qué nos ofendemos? (PQ9).


NOTA INICIAL: Este texto pretende ser un estudio, algo "light", sobre una de las leyes básicas de la ofensa escrita. No pretende ser un análisis profesional sobre el tema, simplemente las conclusiones extraídas empíricamente por el autor... "osease yo".


Dicen que "ofende más el que puede que el que quiere", también dicen que "el que la sigue la consigue", incluso he oído aquello de que "si quieres puedes". Respecto a los dos últimos, el relativo a ofender supone una contradicción, pero si relativizamos las cuestiones, no lo son tanto.
¿Por qué alguien se ofende cuando recibe una crítica dañina? Ojo, que por dañina no me estoy refiriendo a insultante, pero sí a insolente y poco respetuosa.
Para que alguien se ofenda tiene que ver, en la supuesta ofensa, un intento de destruir algo en lo que ha puesto un cierto grado de ilusión. En nuestro caso particular, la mayoría de los que escribimos y publicamos aquí, no confiamos demasiado en nuestra calidad, sino iríamos de editor en editor buscando una oportunidad que no dudaríamos en aprovechar, pero sí que ponemos ilusión, por no decir esperanza, en los textos que exponemos. Nuestro deseo es agradar, sin embargo, somos conscientes (espero) de que eso no siempre puede ser así. Por otra parte, la mayoría también esperamos un poco de ayuda de quien nos lee, deseamos orientación respecto a cómo agradarles y también a cómo cometer menos errores. Lo último que deseamos es que alguien se comporte como el "famosillo" Risto, con críticas demoledoras y destructivas que, aunque tuvieran razón, no son más que un alarde vanidoso de un mal crítico que se cree en posesión de la verdad suprema. Vamos, que ataca a las ilusiones de un autor, más por celos, que por verdadera sabiduría porque su único conocimiento es el de los puntos débiles sobre dónde puede hace daño.
Bueno, creo que se me ha ido la pinza, como se dice vulgarmente, desquitándome, porque lo único que pretendo con esto es ejemplificar, en lo más cercano que tenemos, el significado de hacer daño y el método para lograrlo.
Todo esto no es posible cuando, la persona a la que se pretende ofender, posee un grado de seguridad superior o no pone ninguna ilusión o vagas esperanzas en la cuestión tratada. De este modo, un ofensor ocasional se quedaría sin lograr su propósito.
Por ejemplo, recuerdo que hace un par de años me encontré con una ex-compañera del instituto y estuvimos hablando. Me comentó que una amiga suya había estado coladita por mí y a mí me sorprendió mucho aquella afirmación. La recordaba siempre metiéndose conmigo por casi todo. Al principio me molestaba mucho, pero con el tiempo pasaba de ella absolutamente. Era una chica bastate guapa y, quizá por ello, no le devolvía los ataques. Esta ex-compañera me recordó un episodio que había olvidado. Al parecer, uno de aquellos lejanos días en que pretendía imponer sus criterios en nuestro grupo de trabajo, yo no transigí con sus ideas y ella se salió del tiesto. Ambos nos enfadamos, sin embargo, ella lo pasó muy mal y se lo lloró a su amiga, esta con la que me encontré.
--¡Es horroroso! --le explicó-- No puedo estar de acuerdo nunca con él y le ataco, se que soy más brillante que él, más inteligente, pero le provoco y sólo logro enfadarme yo y él termina por imponer sus criterios, pero eso no es lo que me molesta... lo que me molesta es lo que pensará de mí.
Lo que ella no se había parado a pensar es que yo había tomado sus ideas y las había transformado, adaptado a lo que necesitamos, pero era tal su afán de dominarlo todo hasta el último detalle que sólo se había enfurecido. Pero esa no era la cuestión. La cuestión era, siempre según la amiga que me lo contaba, que en un momento dado pretendió hacerme daño de verdad con sus palabras y me dijo que era horroroso... sí, como suena. Me dijo que me creía muy guapo, pero que realmente era feísimo, claro que, al contrario de lo que ella esperaba, ni me inmuté, incluso le dije "ya lo sé, ¿y qué?". La razón, que ella no podía entender, es que yo nunca me había planteado que pudiera ser guapo y el hecho de que ella me dijera que era feo me traía totalmente al pairo. Su drama era que, para otras personas que no eran yo, había quedado evidente que estaba coladita por mí que me creía justamente lo contrario y ese era precisamente su drama. De este ejemplo pretendo concluir que nadie puede ofenderse por algo que ya tiene asumido o que realmente no le importa. Claro que también pudiera ser que no se ofendiera porque la opinión de la persona que la practicaba, no fuera considerada competente o válida. Este no era el caso, porque al manifestar esa opinión en público si afectaría la posibilidad de que otros se solidarizaran con esa opinión.

El otro caso es más difícil de mostrar por medio de un ejemplo, cuando uno tiene plena seguridad en su valor, podría ser el equivalente a que la opinión de nadie fuera válida para sustituir la propia. Seguro que hemos conocido muchas personas de esas que denominamos "muy pagadas de sí mismas", es decir que se creen lo más de lo más y nada les puede hacer cambiar de opinión. Pero en este caso, los errores de perspectiva pueden ser trágicos, nadie tiene capacidad para advertirles de un gran batacazo que, tarde o temprano, se tienen que llevar: el desengaño.



Conclusión final: La ofensa afecta, únicamente al susceptible de ofenderse y para ello debe incidir sobre una debilidad básica que es la falta de confianza sobre algo o alguien en que se han sustentado unas ilusiones o unas esperanzas. Fuera de ese ámbito la ofensa pierde su eficacia.

Imagen extraída de www.blogalaxia.com/busca/inside/7.

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