viernes, 9 de noviembre de 2007

Una historia de la calle



El otro día se me acercó una joven con un pañuelo a la cabeza, aunque no era musulmana, ofreciéndome “La Farola”. Me pareció muy extraño porque hace varios años que creía esta publicación desaparecida. Como uno es muy curioso decidí dar un vistazo a aquellos ejemplares. Rápidamente me percaté de que todas las portadas eran diferentes y fechadas, en todos los casos, antes del 2001. Intenté hablarle sobre ese punto a la mujer, pero entonces me percaté de que no sabía hablar ni castellano, ni catalán, ni francés, ni inglés… ¿Por qué no me había dado cuenta hasta entonces?


Quiso hacer me creer que había entendió que le quería comprar todos los ejemplares y me pedía, nada menos, que 60€. Y lo peor es que se había enrocado en ese punto y no podía dejar la conversación pues ella me perseguía levantando la voz cada vez más. Sintiendo una cierta culpabilidad y vergüenza por mi curiosidad, accedía comprarle un ejemplar al precio de 1€ tal y como ponía en la portada, pero ella, erre que erre, insistía e insistía en pedirme los 60€, así que opté por retomar mi camino con cierta celeridad, huyendo de allí. En estas la mujer pasó de las voces a los gritos al tiempo que aparecían dos paisanos suyos, con muy malas pintas y un enorme tamaño. Qué suerte la mía que uno de ellos hablara, mal que bien, el castellano. “Hablando se entiende la gente”, por eso, entre el dialogo y las amenazas nada veladas, llegamos al acuerdo de quedarme con los quince ejemplares al módico precio de 10€.


Marché de allí con aquellos periodicuchos ocupando mis dos manos. Al llegar a una plazoleta me senté en un banco y dejé mi adquisición a mi lado, tomando aire hasta que las piernas dejaron de temblarme. Fue entonces cuando, por el rabillo del ojo, vislumbré a la mujer que parecía andar siguiéndome. Cuando giré la cabeza aún pude verla escondiéndose en un callejón. En ese instante se hizo la luz en mi cabeza sobre toda la trama de aquella estafa. Estaba claro que 10€ no significaban nada para tres personas, por eso la mujer esperaba que yo me deshiciera de aquella “basura” para recuperarla y endosársela a otro despistado en las mismas condiciones que a mí. ¿Cuántos tontos picaríamos cada día?


Como parecían no contar con más ejemplares, decidí complicarles su plan. Me acerqué a un buzón de correos y, una a una, las fui doblando e introduciendo por su boca. Algunas personas me miraron con desaprobación, pero nadie me dijo nada. Así que me marché a buscar el pan para cenar.


Sólo tardé diez minutos en volver a pasar por delante del buzón y vi como la policía se llevaba detenida a la dama y a uno de sus dos “maromos”. Calle abajo se oían gritos, mirar vi como otro guardia perseguía al andoba que faltaba. Por lo que pude ver y oír, los tres habían sido pillados “in fraganti” forzando el buzón de correos y rebuscando en su interior con muy poco respeto por la correspondencia allí almacenada y que, en parte, estaba aún escampada por el suelo.


Por esta vez el truco les había fallado. Por lo visto hay quien no sabe cambiar de hábitos y, cuando algo les funciona, desconocen el momento en que lo han de dejar. ¿Volverán a las andadas cuando salgan a la calle? Estoy convencido de que sí.

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