lunes, 19 de noviembre de 2007

La ecología y la moda.



¿Será la ecología una moda?


Hoy nos hablan de reciclaje, de la concienciación ecológica, de la sostenibilidad, del cambio climático… pero, ¿están los gobiernos y las empresas poniendo los medios necesarios? Y, lo que es más controvertido, ¿ponen los medios adecuados para que los ciudadanos lleven a término una vida acorde con esos ideales ecológicos?


Recuerdo que en mi niñez, allá por los años setenta del pasado siglo, todo era mucho más aprovechado. Si bien era una necesidad, existían toda una serie de hábitos que permitían ese aprovechamiento. Cuando mirabas dentro del cubo de la basura, no había casi nada de plástico, en ocasiones ni el propio cubo cuyas paredes y fondo, estaban cubiertas por hojas de papel de periódico y el contenido era, mayoritariamente, residuos orgánicos. En aquellos tiempos bajabas el cubo al portal media hora antes de las diez de la noche y el basurero lo vaciaba en su camión y lo volvía a dejar, vacío, donde lo encontró. Posiblemente fuera lento, pero no menos higiénico que hoy y, seguramente, mucho más “sostenible”. En aquellos tiempos sólo había dos tipos de envases: los de vidrio, que el tendero te abonaba al devolverlos, y las latas de metal, que siempre podían ser separadas del resto de la basura con un electroimán.


Los tiempos empezaron a cambiar un día que, en la escalera, apareció una nota de los basureros pidiendo que se dejaran los cubos sin tapa, con lo que aquello representaba con la existencia de animales callejeros (perros, gatos, ratas…). Una semana después, todos aquellos cubos donde se había olvidado la citada tapa, aparecían sin ella. Aproximadamente un año después, otra nota prohibía bajar los cubos y exigía el uso de bolsas de plástico. De nuevo se dieron una semana de plazo antes de tomar represalias. Esta vez sí devolvían los cubos, pero después de haberlos pasado por debajo de las ruedas del camión.


Por aquellos tiempos, los empleados de servicio municipales, pasaban, pocos días antes de Navidad, pidiendo el aguinaldo y entregándote, por él, una particular tarjeta de felicitación. Aquel año fue hermoso ver como se resolvían las discrepancias. Cuando los representantes del gremio de basureros vinieron en pos de su óbolo tradicional, se les recordaron los desperfectos causados y la onerosidad de sus actos indiscriminados, con la mala suerte que, aquellos empleados municipales, aún pretendieron justificar sus actos en una mala actuación de sus interlocutores. Recuerdo la cacofonía de todas las vecinas de la escalera gritando a un tiempo a aquellos poco previsores individuos, que tuvieron que marchar a toda prisa para no volver, nunca más, a repartir sus felicitaciones navideñas.


La llegada de la bolsa de basura y la veloz y poco delicada actuación de los profesionales de la basura, planteó graves problemas higiénicos. Ya, nunca más, estuvo limpio el rincón de la basura durante las noches. Residuos de bolsas rotas por cogerlas mal o por la acción de animales callejeros, convirtieron aquellos lugares en un lugar de suciedad que, por mucho que se limpiara, siempre desprendía malos olores y quedaban sospechosas manchas.


Pero, como además las bolsas de basura costaban dinero y no era algo que sobrara en los hogares de aquella época, hubo otra consecuencia. Supongo que más de algún cerebro pensante creyó hacer su agosto con las bolsas de basura, pero las amas de casa empezaron a ir a los supermercados, que les daban bolsas para llevar la compra y estas eran luego usadas para tirar la basura. La necesidad de esas bolsas modificó los hábitos de compra. También, por aquellas fechas hubo la primera gran subida inmobiliaria, cambiando a su vez las estructuras familiares, forzando a muchas mujeres a incorporarse de nuevo al mundo laboral. Producto de todas estas circunstancias, tomo fuerza la compra de fin de semana en los primeros hipermercados que hacían de esa compra algo rápido y mucho más lúdico pues intervenía toda la familia. Así, las bolsas de plástico adquirieron mayor protagonismo pues ya se obtenían muchas más de las necesarias y, sin darnos cuenta, se almacenaban en gran cantidad, para, de tanto en tanto, tener que tirarlas.


Pero el cambio sólo había acabado de empezar. Los hipermercados y grandes centros comerciales se fueron comiendo a los mercados tradicionales y los embalajes sobredimensionados al papel encerado.


Pero las administraciones no podían tolerar el uso de bolsas que no fueran de pago para la basura así que primero obligaron a hacerles unos agujeritos en el fondo a todas las bolsas del super para, según ellos, que ningún niño se asfixiase… ¿Es qué no se podían ahogar con una bolsa de basura? Finalmente prohibieron directamente el uso de esas bolsas. Por fortuna alguien diseñó, por aquel entonces, los contenedores de basura y demostró que era mucho más rápida su recogida. Allí murió la última guerra de la basura y, años más tarde, empezaron a aparecer los contenedores de reciclaje…


La nueva “era de la concienciación” pasa por el reciclaje, es decir, ubicar un recipiente para la basura general o sucia, otro papel, otro para vidrio, otro para plásticos y metales, otro para aceites usados… Todo esto en un pisito de treinta metros cuadrados a pagar en cincuenta años y sin que nadie te abone un duro por el esfuerzo. Eso sí, ahora en el super te cobrarán cinco céntimos por cada bolsa agujereada que te den para llevar a casa la compra.


No parece que en todo este proceso las administraciones y las empresas hayan realizado ningún esfuerzo, más bien parece que es el sufrido ciudadano el que, una vez y otra vez, ha llevado todo el peso y trabajo sucio de la evolución social y la revolución ecológica. Un largo proceso en el que, muchos ciudadanos anónimos, han ido dejando trozos de sus capitales y de sus vidas para el beneficio de unos pocos capaces de hacer negocio a lo largo de todas estas modas “ecológico-capitalistas”.


En el pasado, las tiendas te devolvían el importe de los envases de vidrio que se pagaban por separado de su contenido y los que no funcionaban así, como las botellas de cava, siempre era posible venderlos en el trapero, como hacíamos con nuestros residuos de papel, cartón, metal… y así recuperábamos una cierta cantidad de dinero. Hoy es amoral no tirar todo eso en sus respectivos contenedores, bajo unas normas susceptibles de endurecerse a la más mínima y sin ningún tipo de compensación por las molestias. En estas vemos como países como EE.UU. paga hasta 25 centavos por cada lata de refresco que se lleva a reciclar. Nosotros somos más modernos, es el ciudadano de a pie el que cede un espacio de su vivienda para separar los residuos y lo lleva los puntos asignados por nada. El reciclaje nos cuesta tiempo, dinero y, lo que es más necesario hoy día, espacio, pero son las empresas dedicadas al reciclaje y que ya obtienen un cierto beneficio por comercializar el producto que extrae de esas materias primas que todos colaboramos a aportarles gratuitamente, las que obtienen el reconocimiento y subvenciones de todas las administraciones. Si todo fuera bien esto no sería tan grave, pero cuando una de estas, o de otras, empresas decide compartir sus toxinas, ya sea de forma accidental o intencionada, no sólo nos toca sufrir el agravio sin compensación alguna, sino que nos tocará pagar la rehabilitación ecológica del suceso con nuestro dinero.


Hoy voces ecológicas, cual espadas democlianas per se, nos amenazan con sus dedos índices, nos alertan de graves peligros causados por nuestra desidia de hormigas y la voz es premiada por los mismos que obran nuestra tragedia. Entre tanto, los economistas liberales, verdaderos responsables del negro futuro de nuestros hijos, se ríen en nuestras caras y se aprovechan de nuestros esfuerzos escupiéndonos sus maléficos residuos.


Y aquí, sufrientes pecadores, les otorgan “Nóbeles” y “Principes de Asturias” a mogollón, a los unos y a los otros, mientras nosotros nos comemos las ganas de tener voz.


¿Para cuándo un premio a la ciudadanía?


¡Qué tonterías digo! ¿Y quién lo pagaría?

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