miércoles, 8 de enero de 2014

DISCURSO (5 de 7)


Estamos en crisis, o por lo menos eso es lo que nos cuentan cada día los noticiarios. Lo cierto es que gran parte de los ciudadanos están en paro, y a los que no les han bajado el sueldo y han perdido gran parte de su nivel adquisitivo. Los precios no han bajado. Los impuestos no paran de subir. Y los transportes y la energía... bueno, a esos seguramente nadie les debe haber contado eso de la crisis que a nosotros nos dicen en cada telediario.
Hay crisis. Una crisis de la que oímos hablar, por primera vez en 2007. Aunque algunos economistas listillos (como el tal Santiago Niño), no se sabe si para ponerse medallas, dicen que es de 2008. Lo cierto es que esta pudo intuirse como lo demuestra el libro de 2001, de Susan George “El Informe Lugano”. Y no es el único ejemplo. De hecho, algunos economistas hablaban, tras la caída del muro de Berlín, hace ya 25 años, que los procesos iniciados entonces, acabarían en una crisis financiera de grandes dimensiones y que arrastraría a la sociedad hacia una Gran Depresión. Por supuesto, estos avezados catastrofistas no daban una fecha, siquiera aproximada, para ese desastre que hoy podemos asociar con nuestra actual situación.
También hubo voces que hablaron de la crisis cuando los atentados de la Torres Gemelas en 2001, durante la posterior invasión de Afganistán y, sobre todo, cuando empezó a alargarse la guerra de Irak. Nada de eso y todo a un tiempo, tuvo que ver. Porque el gran problema estaba oculto en el concepto de sociedad que había llevado a todas esas crisis políticas. Un nocivo concepto de sociedad que descubriríamos con la quiebra de Lehtman Brothers en 2007 y el escándalo de las hipotecas subprime.
En nuestro país los agoreros lo tenían más fácil, porque las bases de nuestra peculiar crisis las sentó José María Aznar y una ley del suelo que disparó la corrupción por todo el país, infló una burbuja inmobiliaria, animó a los bancos a prestar un dinero que no tenían, sabiéndose amparados por una injusta ley hipotecaria que podían manipular a su antojo, y a obtener más dinero con fórmulas tan poco éticas como la que nos ha llevado al escándalo de las Preferentes. Cualquiera con un poco de vista, ya en 2002, podía percibir que aquello no podía acabar bien. Especialmente cuando ya nadie podía adquirir una vivienda sin hipotecarse para el resto de su vida.
Ese desastre no se lo podemos perdonar jamás a Aznar, pero a los gobiernos que le siguieron no podremos perdonarles que ayudaran, con nuestro dinero, a unos bancos que se aprovecharon más que nadie y que trajeron tanta desgracia a nuestro país.
Unos bancos que, a pesar de las brutales inyecciones de dinero líquido que ha recibido, siguen sin generar los préstamos a la industria y al consumo, que deben sacarnos de la crisis.
El ejemplo de nuestro país, más que ningún otro, demuestra que la idea del capitalismo financiero está agotada y que el concepto de los bancos debe cambiar si no queremos que esta crisis se eternice.
No puedo explicar en pocas palabras cómo debe ser la economía del mañana, pero sí puedo adelantar que, si queremos evitar otras situaciones como la actual, la banca debe introducir grandes modificaciones que le impidan entrar en la economía de especulación. Hay que dar prioridad a una idea de banca como servicio público y acabar con las teorías de los bancos financieros de los últimos tiempos. O eso, o dar por acabada la historia del capitalismo. Y os puedo asegurar que esa decisión también se puede tomar en las urnas por mucho que los medios de comunicación tradicionales digan lo contrario.
Con la crisis ha sido mucho más fácil meternos toda clase de miedos en el cuerpo, pero tenemos que quitarnos esos miedos y saber que si nos han metido todo ese miedo es porque saben que aún podemos hacer algo para cambiar lo que está mal, pero que a ellos les va tan bien.
La crisis empezó en 2007, pero no fue reconocida como tal hasta 2009. Han pasado 7 años y la cosa no parece mejorar con las medidas que están tomando. Sin duda podemos concluir que se han equivocado ¿No es hora de rectificar y tomar las medidas que la lógica nos aconseja?
¿De verdad es usted de los que cree que medidas que abaratan el despido producen empleo? Pues perdone que le diga que ya ha tenido suficiente tiempo para caerse del burro y reconocer que no es así, porque facilitar el despido, en el mejor de los casos, solo sirve para bajar los sueldos y, en estos momentos, ya son demasiados los trabajadores que no pueden cubrir sus gastos más elementales.
Esta es la crisis y así se la hemos contado. Sobre lo que toca hacer ahora es usted el que debe decidir. Y por decidir me refiero a que ya no puede esconderse más. Ya basta de minorías silenciosas a las que, los cuatro desgraciados que nos mantienen con el pie en la cabeza, usan como excusa.


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