domingo, 8 de mayo de 2011

¿Quién sirve a quién entre el pueblo y los políticos?

Han pasado los meses y algunos se han olvidado de lo sucedido, otros se han limitado a guardar su absurdo rencor en el buzón de las ventas por correo. Pero de cualquier modo alguien ha impuesto su aventajada visión de un suceso cuyo significado trasciende todos los planos de la estructura social.
Hasta hace unos años (cada vez más) las huelgas eran un arma eficaz para reivindicar los derechos de los trabajadores. Sin embargo, ya en aquel pasado, que hoy se nos antoja tan lejano, había enormes diferencias entre los colectivos que ejercían ese derecho. Los había que por su número se convertían en un ejército a la hora de tomar las calles. También se encontraban los que, por estratégicos, podían hacer sucumbir la estructura económica del país o simplemente dar muchos dolores de cabeza a la ciudadanía. Por último estaban aquellos que podíamos denominar  “talleres Paco” que, como mucho, podían causar algún problema económico al empresario de turno o la pérdida de clientes. En esos últimos casos el trabajo de los huelguistas, tanto como su salario, era lo que más peligro corría ante tal evento. Digamos que Talleres Paco, para lograr un cambio en sus condiciones laborales dependía totalmente de los resultados obtenidos por las grandes empresas y por las estratégicas, para lograr alguna mejora, ya fuera por competencia o por correcciones a un posible convenio de sector.
Pero todo eso cambio a finales de los 80 y comienzos de los 90 y el cambio, en nuestro país, fue definitivo cuando la UGT hincó su rodilla en tierra tras el fiasco de la PSV. Podemos decir que en aquellos momentos el sindicato socialista tiro por la borda 100 años de lucha obrera y vendió, definitivamente, su alma al diablo de la política que le rescató económicamente a costa del erario público (es decir, del dinero de todos los trabajadores). Eso, y una nueva ley de huelga que imponía los servicios mínimos de una forma que, en realidad amputaba el derecho de huelga, acababan de dar la vuelta a la evolución histórica (y necesaria) de los derechos de los trabajadores. Desde aquel instante sólo unos pocos privilegiados (cada vez menos) pudieron seguir poniendo en jaque a financieros y políticos, cuando ejercían sus derechos reivindicativos.
Pero también eso ha ido cambiando con el tiempo porque si en un principio veíamos en las huelgas de esos colectivos gloriosos una oportunidad para apoyarnos los demás sectores, con el tiempo empezamos a criticarlos… ¿Y cómo sucedió ese cambio?
Aquí es donde entran los medios de comunicación. No sé si alguien recordará el primer proyecto de ley para regularizar los grupos de emisoras radiofónicas. Aquella primera ley impedía que una cadena tuviera más de una emisora en una misma zona con una misma calificación de contenidos. De este modo, en cada lugar de la geografía española una cadena sólo podía poseer un solo canal de noticia, un solo canal musical, un solo canal generalista… Aunque parezca mentira ya eran muchos canales para una sola cadena. Aún así esta ley no se cumplió ni se hizo cumplir y ello degeneró en una corrupta acaparación de poder de opinión y, por tanto, de influencia. Si en la radio, donde la ley tenía un texto claro, se había podido superar la legalidad con ciertas triquiñuelas asociadas de la compra-venta, en TV y prensa, donde la ley andaba peor definida, la cuestión fue aún más escandalosa.
Alguno ya se estará preguntando qué tiene esto que ver con el cambio de la opinión pública respecto al derecho de huelga. Y la respuesta es muy obvia… ¿Quién tiene poder para modificar la opinión de las masas o el de embotar sus cabezas para que no piensen en obviedades que no convienen a los poderosos?
Un familiar me preguntaba que qué ganaban los medios de prensa con esto. Y yo le contestaba con otra pregunta: ¿Has visto algún medio de prensa de izquierdas? Él, inocente, me decía que el grupo Prisa, salvo en contadas ocasiones, había apoyado a los socialistas. Nuevamente le pregunté si estaba seguro de que el PSOE era un partido de izquierdas. Como no contestaba le empecé a relatar hechos.
Al principio del socialismo hubo un ministro de economía que tuvo las narices de nacionalizar una empresa como Rumasa. Desgraciadamente se hizo tan mal y con tanta cobardía, que nos costó miles de millones y luego, una vez saneadas las cuentas de todas aquellas empresas, se volvieron a privatizar a bajo precio para jolgorio de los más poderosos que, en poco tiempo hicieron trizas la mayoría de ellas y mandaron al paro a cientos de trabajadores. O si más no hicieron trizas sus derechos laborales. Aquel marxista de pro se llamaba Miguel Boyer, y después de dejar el cago dirigió varias grandes empresas y se casó con la reina de corazones; hoy milita en FAES y vive en una casa que tiene tantos lavabos que es conocida popularmente como “Villa Meona”.
Luis Corcuera, que llegaba desde el sindicalismo, intentó colar una ley por la que la policía podía tirar abajo la puerta de tu casa impunemente saltándose los más elementales derechos democráticos. Su predecesor, José Barrionuevo, anda hoy defendiendo, en medios de comunicación, posturas similares para acabar con ETA, todo y que ya le costó estar en la cárcel.
Francisco Vázquez Vázquez, ex alcalde de A Coruña, ex embajador en el Vaticano, es otro de esos personajes “peculiares”. Recientemente ha sido propuesto para defensor del pueblo y se ha soliviantado toda la comunidad gay que nos ha recordado algunas de sus diatribas homófobas y también machistas, propias de los católicos de más rancio abolengo. En una línea similar estaría el errático señor Bono, actual presidente del congreso. Bueno, algunos abandonaron sus tapujos y el partido para seguir de democracia tan particular, como Rosa Díez. Y otros se fueron a ocupar espacios donde ejercer esos “principios democráticos sin tener que renunciar a nada, como el señor Mújica.
Sin embargo, puestos a preocuparnos, lo haríamos más por aquellos que abandonaron la política para ocupar cargos ejecutivos en empresas punteras que, después, no dudarán en deshacerse de trabajadores mientras siguen entregando sus beneficios a estos expolíticos (Narcís Serra, Carlos Solchaga…).
La lista siguió hasta que mi interlocutor tuvo que aceptar que el PSOE no era un partido de izquierdas, como mucho de centro o centro-derecha, lo que sucede es que, comparado con un PP que se vende como partido de centro siendo, obviamente, de extrema derecha, a veces resultaba refrescante. Sólo hay que ver como es con el PSOE que se han aprobado todas las leyes que amputan derechos laborales (alguna también con el PP, pero menos). Entre tanto, un partido de derechas cuando accede al poder debería imponer políticas que generaran riqueza a largo plazo, sin embargo el PP, al ser un partido populista y de extrema derecha, han buscado el cambio rápido y políticas demasiado territoriales para beneficiar las trayectorias económicas. Los ejemplos claros y evidentes son, por un lado los esfuerzos en volver a gastar el dinero de infraestructuras de telecomunicaciones impulsando el kilómetro cero en lugar de potenciar las estructuras económicas del país. Después de más de 100 años esperando los corredores del Mediterráneo y el Cantábrico que posibiliten comparar la economía española a las del resto de Europa y el señor Asunción (primer ministro de fomento del PP) nos sale otra vez con las políticas del París borbónico y le da a las infraestructuras otro par de vueltas al revés al reloj de nuestro atraso. Desde entonces (1997), cada ministro nuevo le ha dado un cuarto de vuelta más para atrás. Y así no lleva ahora la crisis. El otro ejemplo fueron las llamadas leyes del ladrillo. Es decir, todas aquellas que potenciaron el enriquecimiento de los más vivos, hicieron subir artificialmente nuestra cotización económica, destruyeron nuestras reservas de suelo sin una orientación lógica y beneficiosa e instituyeron el estado de la corrupción. A los socialistas que llegaron después hay que culparles de no atreverse a frenar a tiempo la orgía de especulación generada por el ladrillo y de, no solo no modificar el plan de infraestructuras del PP, sino potenciarlo en el mimo erróneo sentido del gasto público. Así que cuando llegó la crisis el barco de nuestra economía no estaba preparado para la tormenta y sólo el tamaño de la misma, y la costumbre de haber pasado por ello demasiadas veces, impide que se extienda el pánico y todo se hunda.
Sí, porque mientras la ciudadanía rema y nada para mantener la cabeza por encima del agua, nuestros políticos de siempre aún pelean, como niños, por el juguete que entre todos han roto. Aunque claro, también como niños, se culpan el uno al otro.
Niños o no tienen muchos medios para salirse con la suya y si en su día dieron a las multinacionales y al capital extranjero la llave, si no de nuestra economía, si de nuestro fondo de empleo.
Los medios de comunicación son un poderoso aliado de estos políticos y cuando toca manipular algo para salirse con la suya, ellos se encargan de llevar una imagen falsa ante la opinión pública. Así, si a comienzos de los 90 el derecho de huelga fue amputado y los grandes sindicatos maniatados y asimilados por la maquinaria del Estado, ahora cuando un colectivo logra las formas o la fuerza para plantar cara, son los medios de comunicación los que se encargan de separarlos de la ciudadanía. Así vemos hoy como la prensa da voz y voto a Telefónica en su caótica destrucción de empleo y jamás escuchamos a los trabajadores. Como mucho, los medios de prensa más comprometidos con su deber informativo, cede el micrófono a algún sindicalista sin conocer verdaderamente la razón y representatividad de sus opiniones. Y esto es extensible a otras muchas empresas y sectores. Quien no recuerda, por ejemplo,  los sucesos del metro de Madrid, pero, de todos los sucesos de manipulación de la opinión pública destaca, sobre todo, el de los controladores aéreos.
Precisamente a aquella famosa “huelga encubierta” de controladores aéreos en el puente de la Constitución, al que nos referíamos al principio.
Son muchas las cosas que se han olvidado. El sustrato que ha quedado en el recuerdo popular es que esos señores, que terminarán pagando en los tribunales, dejaron en tierra a miles de trabajadores que se iban de vacaciones… ¿De vacaciones a comienzos de diciembre, en avión y en la mayor crisis que se recuerda? Cuando preguntas esto los hay que no salen de su línea, pero los hay que pretenden tapar la figura hablando de las divisas por turismo que se perdieron esos días. Pero es que resulta que el 6 y el 8 de diciembre son solo fiesta en España, así que de divisas nada de nada. La absolutista mayoría de los que intentaron viajar en esas fechas (incluido Rajoy que le pilló en Canarias) eran juerguistas nacionales y, con una crisis tan galopante como la nuestra, que aún eleven sus gritos al cielo resulta obsceno en comparación con la lucha por sus derechos de un grupo de trabajadores. Nadie se percató de que este colectivo no tenía prevista ninguna huelga, pero horas antes de iniciarse ese puente el gobierno les lanzó una hondonada que destruía de un plumazo y unilateralmente, todos los acuerdos previos. Hay que recordar que la beneficiada de todo aquello era AENA y no el gobierno. Además, hasta entonces, habían sido las prácticas de esa empresa estatal y sus inútiles y millonarios ejecutivos, la que había propiciado todas las posibles irregularidades.
Para unos trabajadores que podían llegar a trabajar más de 100 horas semanales y que, en muchos casos, se sostenían en sus puestos de trabajo por apuntalamiento, coger la baja no era difícil. La actuación gubernamental se convirtió en una ola que llevó a todos los controladores a la consulta médica y, de ellos, tres cuartas partes tenían razones para coger una baja laboral. Bajo las nuevas premisas ya no había razones para seguir apuntalándose, pro aún así, el gobierno primero, y los medios de comunicación después, no dudaron en denominar aquella situación como huelga encubierta.
También es cierto que muchos centros de control importantes quedaron bajo mínimos, pero no todos.  Sin embargo, AENA cerró el espacio aéreo para dejar en tierra incluso aquellos pasajeros que seguían rutas abiertas. De hecho había un remanente de controladores que hubiese podido mover por todo el territorio vuelos a los que se diera prioridad, pero AENA se negó a permitir, incluso las supuestas emergencias. Los medios de comunicación omitieron estos datos, aunque muchos los conocían o eran extrapolables de las mismas informaciones que ellos daban matizados, eso sí, de otra manera para culpabilizar más a este colectivo.
Cuando las caras de personas atrapadas en los aeropuertos (pobrecitos) se acabaron, empezó la carga personal. La cadena SER colgó en su web una nómina (nunca se supo de donde la sacó) de un controlador. En ella se veía claramente un pago neto final de unos 30.000 euros en un solo mes (aunque nosotros hemos localizado en  http://blog.mirayvuela.com otra nómina de un controlador que con 150 horas a sus espaldas solo cobra 5.900 euros). Nadie le dio un vistazo a toda ella y los periodistas de la citada cadena tampoco animaron a ello. Pero yo si lo hice y me di cuenta que el sueldo base bruto no superaba los 3.000 euros mensuales. Sin duda tres mil euros brutos mensuales es buen salario, pero si tenemos en cuenta que estos señores deben dominar muy bien el inglés, tienen un trabajo técnico muy sofisticado y, además, dependen de ellos miles de vidas, lo que les somete a un enorme estrés, ya no parece un salario tan bueno. Entonces… qué hacía subir la nómina tanto. Pues simplemente eran las horas de más que trabajaba esta persona. Pero lo peor no era eso, lo peor es que había casos en que las nóminas podían ser el doble de esta. Se imaginan el estado en que se terminan vigilando nuestros cielos. Obviamente estos trabajadores deben estar pagando unas fuertes comisiones a la asociación de ángeles de la guarda para que no se produzcan accidentes aéreos. El nivel de profesionalidad de este colectivo tiene que ser excepcional. ¿Pero que lleva a hacer tantas horas? Lo mismo de siempre, claro. AENA no quiere un colectivo demasiado grande para poderlo controlar y sacarle, así, al estado más dinero que se puede quedar en manos de sus ejecutivos (sí, esos que no hacen huelgas ni se señala con el dedo en los medios de comunicación).
Por aquellas fechas alguien intentó informar de lo necesario para ser controlador y ahora las cosas han cambiado (aunque menos de lo que se imaginan y, sin duda, hacia peor). Resulta que para poder acceder a unos de los cursos que, hasta entonces organizaba AENA, hacía falta un gran dominio del inglés y pasar unas notables pruebas de estrés. Después el curso de nueve meses costaba más de 60.000 euros… y no había garantías de conseguir el título.
Todo esto me recuerda un taxista de Barcelona que en el año 1991 compró cuatro licencias de taxi por veintidós millones de pesetas. Hoy tiene contratados a ocho conductores paquistaníes que se alternan y le dan un porcentaje que le reporta más de 30.000 euros al mes. Claro que este taxista, diabético y medio ciego, hace años que ya no conduce… supongo que viaja en taxi. Claro que no me imagino a este taxista haciendo huelga, ni a los paquistaníes poniéndose enfermos, aunque auguro que más de un viajero ha contraído la gripe en esos vehículos.
Lo que intento hacer ver es que en nuestro país existen pequeñas revoluciones cada día que son ocultadas por los medios de comunicación hasta que adquieren una cierta evidencia y, a partir de ese momento son desprestigiadas por estos con el conocimiento y la colaboración de PP y PSOE y, como es lógico el gobierno. No es verdad que estemos tan contentos con nuestra situación, ni antes ni ahora, pero mientras para los que ostentan el poder la palabra democracia signifique que el pueblo está al servicio de los políticos y no al revés, poco se puede hacer… ¿o sí?

Nómina extraída de http://blog.mirayvuela.com

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