miércoles, 5 de octubre de 2016

Independencia para no nacionalistas

Imagen extraída de http://www.sflbarcelona.org/


Independencia para no nacionalistas

Creo que hacía falta un texto lleno de obviedades como este porque entre la publicidad de unos y los mensajes de terror de los otros, perdemos de vista la realidad del día a día, lo que a los ciudadanos de verdad les importa. Porque, para todo aquel que no sea un nacionalista catalán o un nacionalista españolista, lo que realmente importa es cómo cambiarán las cosas que nos rodean y en qué diferirá nuestra vida de hoy y la de mañana.
Lo primero de todo es recordar que los grandes cambios nunca afectan a nuestras vidas de inmediato. Ni siquiera los cambios más traumáticos son repentinos, porque nosotros mismos establecemos un periodo de adaptación a la nueva situación. Personalmente me cuesta concebir un cambio más radical que la muerte de un familiar y, incluso en esos casos, establecemos un periodo de tiempo, al que llamamos duelo, para acostumbrarnos a ese cambio.
No digo con eso que la Independencia pueda mostrarse como un cambio traumático. Es más, desde mi punto de vista, y salvo un improbable conflicto bélico, el cambio será totalmente gradual y, me atrevería a decir, que con más cosas positivas que negativas. Sin embargo, donde si habrá unos cambios enormes, será en las macropolíticas, pero que a nivel nuestro, de ciudadanos de la calle, tardarán bastante tiempo en afectarnos y, sin duda, lo harán de forma muy gradual. Sin embargo, vamos a intentar ver todos los aspectos.
Las primeras preguntas que se hace un ciudadano de a pie, es que va a ser de su familia, su casa, su trabajo, su vecindario, los precios, el salario, la jubilación, sus estudios… De todo eso, lo que primero se verá afectado es lo que va relacionado con la economía y, digan lo que digan, los unos y los otros, es una incógnita. La auténtica realidad es que ahora estamos muy mal y el margen para empeorar parece menor que el de mejorar, por lo que convierte a este momento en el mejor para intentar un cambio de esta índole. Sin embargo, también en este ámbito podemos aseverar que los cambios, a pie de calle tardarán en verse y, es posible, que para el momento en que podamos notar sus efectos, estos ya estarán compensados con medidas o con nuevos cambios en los niveles superiores.


Del dinero y del trabajo

Para entender mejor todo esto, debemos trasladarnos al año 2006, en la cima de las políticas económicas del ladrillo. Cuando los bancos llevaban mucho tiempo con sus reservas agotadas en créditos inmobiliarios, pero que habían logrado suscribir líneas de crédito con bancos franceses y alemanes, para seguir haciendo préstamos hipotecarios. En aquellos momentos algunos economistas ya vislumbraban el problema que se nos venía encima, pero a nivel de la calle estábamos en la cresta de una extraña ola en que, seguíamos sin poder comprar un piso porque los precios eran prohibitivos, pero nuestros salarios eran los más altos que habíamos tenido.
¿Era aquel nuestro mejor momento?
Pues seguramente no, porque a pesar de esos salarios, no éramos capaces de pagar con ellos lo que queríamos, pero con el tiempo vimos que lo que siguió a aquello aún era peor. Primero el cierre de los grifos bancarios, después la pérdida de empleos y, por último, la destrucción del estado del bienestar, los derechos y los rescates sociales. Pasamos de una orgía de bancos, constructores, financieras y políticos, a la miseria y el pago de los platos rotos por parte de quien menos culpa tenía. Lo que algunos llamaron el milagro económico de Aznar, había resultado ser el fraude más grande de la historia al pueblo español y, lo que es peor, ni la alternancia política había sido capaz de desactivarlo.
Sin embargo, lo que nos interesa de esa catástrofe económica que, de una forma u otra, todos hemos sufrido en nuestras carnes, es que un error en las políticas económicas del año 2000, tuvo que esperar siete años antes de explotarnos en los morros al enlazarse con una recesión Mundial en auge y que salió a los medios en 2008 con la quiebra de Lehman Brothers, pero que, seguramente, a nivel de calle, salvo alguna excepción, no se notó realmente hasta 2009.
Los grandes movimientos económicos llegan a nuestras vidas poco a poco, aunque algunas decisiones, que afectan más abajo, si puedan aparecer de forma más repentina. Por ejemplo, un corralito sería algo que nos afectaría de inmediato, ¿pero cuánto tiempo antes estaría la prensa diciéndonos que todo va mal? Hay que reconocer que, posiblemente, nosotros no hubiéramos notado esos problemas en nuestras carnes hasta que un viernes nos encontráramos que no podíamos sacar dinero del cajero para hacer la compra semanal. Pero el problema económico ya estaba allí mucho antes.
Nuestra mala economía doméstica de hoy, no viene de hoy, ni del día que quebró Lehman Brothers, ni siquiera desde que el BOE publicó la ley del suelo del gobierno Aznar. Lo que hoy vivimos es consecuencia de cientos de años de políticas económicas y, también, del modo en que cada uno de nosotros encajamos, o dejamos de hacerlo, en los planes que otros han establecido. Pero de todo eso lo único que realmente nos importa (y es así como debe de ser) es cómo nos afecta aquí y ahora.
Si con la Independencia se van muchos de los inversores actuales y vienen otros nuevos, no lo notaremos inmediatamente. Si los bancos modifican sus políticas crediticias, tendrá que cubrirse toda la cadena de afectaciones macroeconómicas hasta llegar a nosotros sus resultados. Lo que más rápidamente nos afectará es la subida de precios de productos a los que les cueste más llegar, la bajada de precios de productos a los que le cueste más salir, la aparición de nuevos empleos relacionados con nuevas facetas que es mejor cubrir desde aquí y la perdida de aquellos que es mejor cubrir desde fuera. Que la diferencia nos sea favorable o no, es algo que no se podrá saber inmediatamente, porque todo cambio necesita alcanzar un punto de equilibrio entre lo que entra y sale, y este tarda muchos años en que pasa por periodos en que los cambios parecen, unas veces ir en una dirección y otras en el contrario.
Claro que, la pregunta que todos nos hacemos ahora es si habrá más trabajo con la Independencia. Y la respuesta es, de entrada, que sí. Pero también es cierto que habrá personas que verán cómo se extinguen sus trabajos. No obstante, globalmente habrá más empleo porque, sin ir más lejos, harán falta muchos más funcionarios. Nunca se cubrirá la parte proporcional de funcionarios que actualmente hay en Madrid, pero aun así aparecerán cerca de 10.000 nuevos empleos. Otra fuente de empleos estará relacionada con las nuevas sedes centrales de empresas que ahora ya no podrán representarse desde Madrid y, finalmente, muchos consulados pasarán a ser embajadas, incorporando personal adicional. Eso moverá un dinero adicional en la ciudad de Barcelona que, a su vez, implicará más gastos, más ventas… con todo lo positivo, y también lo negativo, que eso supone.
Pero todo eso, como ya hemos dicho, no se notará inmediatamente.
Está claro que el sector servicios, el administrativo y el financiero, vivirán una edad dorada, pero respecto al sector industrial ya no lo tenemos tan claro, porque dependerá de muchas cosas y, en especial, de los acuerdos comerciales e internacionales de los siguientes gobiernos del nuevo país.
Por otra parte, el sector agrario, en general, mejorará su situación, pero es posible el eso no se extienda al sector vitivinícola que deberá bajar algo su producción.
Catalunya, como muchas otras veces en su historia, deberá sacar provecho de sus posibilidades para el comercio internacional. Él desarrollo de esta faceta económica deberá ser una prioridad para nuestros gobiernos y será el deber del pueblo recordárselo en las urnas porque de ello dependerá nuestro día a día en el futuro.
Junto al trabajo va lo que de verdad nos importa: el salario ¿Qué pasará con nuestros sueldos?
Nuevamente no podemos hablar por todos, pero más empleo significa menos paro, y menos paro implica más capacidad de elección para el trabajador, por lo que los salarios subirán. La mala noticia es que esto también elevará los precios y, en especial, si Catalunya no consigue mantenerse en la UE o ingresar rápidamente. Por otro lado, la obligación de mantener el euro como moneda y sin poder ejercer ningún control sobre ella, implicará precios aún mayores. Por eso los primeros cuatro o cinco años, sin políticas monetarias propias, el nuevo Estado catalán tendrá que tomar algunas duras medidas correctivas. Esos primeros años no serán fáciles, pero viendo como en estos momentos asumimos problemas ajenos y como nos vemos perjudicados gravemente, puede que esas medidas pasen muy desapercibidas en comparación a la situación actual.
Por otro lado, igual que Barcelona y su primera corona verán subir los precios muy por encima de los actuales, más allá, y conforme nos separemos geográficamente, el impacto de esas subidas será menor. Lejos de Barcelona no tendrán que asumir el precio de la capitalidad.



La educación mejor cuanto más próxima

Si en el tema económico las cosas parece que no están muy claras, en el educativo no habrá lugar a dudas en que iremos a mejor.
Supongo que muchos tendrán miedo a que la inmersión lingüística les deje totalmente al margen, pero la realidad es que aquellos que están preocupados realmente por ello es que hace mucho que se perdieron.
Es verdad que un Estado catalán tenderá a catalanizar más su educación, sus medios de comunicación, sus administraciones y su vida en general. Pero seamos realistas, eso no es algo que se pueda hacer de la noche a la mañana y si hay algún político que pueda creérselo, ya lo bajarán las urnas de su nube.
De lo que si podemos estar seguros es de que nadie mangoneará la educación de Catalunya desde un lugar en que no se tenga “ni puta idea” de qué es Catalunya.
Es posible que, con los años, el castellano pueda llegar a ser una lengua extranjera y se estudie como tal, pero, para entonces, los niños de hoy contarán con edades de 40, 50 o más años. Y, posiblemente, por aquel entonces, el inglés haya sido substituido por el chino como lengua del comercio. Porque el mundo da muchas vueltas y nuestra españolidad de más de 300 años no es algo que se pueda erradicar nunca, ni reducir en una década.
Veinte años después seguiremos siendo de los más cultos en lengua castellana, pero entonces, posiblemente, ya la llamaremos, sin complejos, español.
Nuestras escuelas no dependerán de los errores que se tracen más allá de nuestro territorio y solo tendrá que aguantar los achaques de nuestros propios legisladores. Legisladores que, por su proximidad y dependencia más directa de nuestros votos, obrarán evitando determinados errores inadmisibles que los legisladores de hoy nos imponen.
No tengo dudas de que, si ya hoy la enseñanza en Catalunya es de las mejores del Estado español, con la independencia, aún con similar financiación, podrá mejorar mucho más.
Es de las pocas cosas que no tengo duda alguna, porque los continuos palos a las ruedas que ha puesto el Estado español a la enseñanza y a la cultura catalana, han dañado mucho al sistema educativo y, en especial, han forzado a unos gastos inútiles que nunca debieron ser asumidos.



Junto a mi casa la de mi vecino

Dice un dicho castellano: “¿Quién es tu hermano? Tu vecino más cercano”. Y es que, una vez salimos de nuestra casa, incluso dentro de ella, nos tenemos que valer de quienes nos rodean y, a un tiempo, tenemos que estar dispuestos a ayudarles y socorrerles cuando haga falta. Ese es el valor de vivir en comunidades humanas. Eso es lo que se llama el vecindario.
De nosotros y de nuestros vecinos depende esencialmente la calidad de vida que nos ofrezca el entorno. Sin duda nuestros ayuntamientos colaboran con unos servicios de mayor o menor calidad, pero nuestra actitud y la de quienes acuden a nuestro vecindario, es esencial para que este resulte más agradable.
No podemos culpar al ayuntamiento de los excrementos de animales domésticos, las basuras fuera de los contenedores, las alfombras de chicles y colillas frente a las paradas de autobuses y centros de enseñanza, los papeles en el suelo, las pintadas en persianas y paredes, los vehículos aparcados en las aceras o en pasos peatonales, las bicicletas o incluso vehículos a motor, circulando a gran velocidad por las aceras… De hecho hay una cosa que se llama urbanidad que impide excusarse en los impuestos pagados para justificar una patente de corso que nos permita realizar cualquiera de estas u otras acciones que perjudiquen a nuestro entorno y hagan perder valor a nuestro vecindario. Los ayuntamientos pueden gravar económicamente, regular, incluso gastar mucho más en limpieza y recogida de basuras, pero en último término es el ciudadano el que da valor a su entorno… y este también califica a este.
No creo que la independencia pueda cambiar este punto, ni para bien, ni para mal, porque solo depende de los ciudadanos.
Respecto a la delincuencia, todo y que la colaboración ciudadana puede ayudar, hoy por hoy, solo las fuerzas de orden público pueden actuar, según la ley o bajo la petición de una orden judicial. Y, al final, siempre será el sistema judicial el que determinara los castigos o sanciones a que haya lugar. Poco o nada podemos hacer para cambiar esto y solo nos queda la posibilidad de denunciar y socorrer a las víctimas de los delitos.
Y esto tampoco cambiará con la independencia. Podrá mejorar o empeorar el sistema judicial, igualmente para las fuerzas de orden público, pero todo eso dependerá de quién establezca las leyes, de los jueces y de las capacidades, presupuestos y nivel de las fuerzas del orden. Y todo eso, como siempre, se vinculará a nosotros mediante el ejercicio del sufragio universal que nos permite cambiar de legisladores cada cuatro años.


Curasana, curasana, culito de rana…
¿Qué sanidad queremos?
En los años 80 el Estado español empezó a traspasar a la Generalitat de Catalunya la atención sanitaria de la Seguridad Social, que no su tesorería. En aquellos momentos traspasó una cifra aproximada de lo que el Estado español gastaba en esa Comunidad Autónoma. Tras un par de años de adaptación, el experimento resulto un éxito, salvo que la cifra no aumentó adecuadamente con los años y la Generalitat tuvo que empezar a transferir dinero de otras áreas para mantener esta.
Viendo la situación de Catalunya y las demandas de una mejor financiación de la Generalitat, J.M. Aznar decidió trasferir este servicio a todas las CC.AA. Muchas de ellas ya no pudieron hacerse cargo desde el primer momento y eso que la idea de Aznar era que esto sucediese a largo plazo, liberando al Estado de unos gastos extra excepcionales, pero endeudando miserablemente a la mayoría de CC.AA. de hecho esa misma filosofía la hemos visto en el PP de Mariano Rajoy para desplazar la deuda del Estado a las CC.AA. permitiendo mantener los gastos policiales, de defensa, de administración, de salarios de políticos, las transferencias a la Iglesia o el presupuesto de la Casa Real, a costa de los servicios sociales, sanitarios, etcétera que dependían de las CC.AA. Es más, incluso se permitió recortar las cantidades que por convenio debía suministrar el Estado. El caso más hiriente es el de la Ley de Dependencia, en que el Estado adquirió el compromiso de pagar el 50% y en la actualidad ni siquiera abona el 30%. En Catalunya la Generalitat se está haciendo cargo de ese 20% adicional, aun realizado insufribles recortes en tan sensibles, y hasta dramáticos, presupuestos.
Con esta premisa no hace falta ser muy inteligente para darse cuenta de que la Independencia no le puede ir demasiado mal a la sanidad.
Es más, si tenemos en cuenta que habrá más trabajadores cotizando a la S.S., el presupuesto de esta aumentará mucho más que simplemente lo que ahora el Estado español no paga. Podemos decir que la Sanidad, junto a la Educación, serán las grandes beneficiadas de la Independencia. De hecho, los servicios sociales se verán beneficiados globalmente.
Claro que, los detractores del Procés Independentista, platean el argumento de que Catalunya no podrá tener presupuesto para todo eso. Sin embargo, cuando se les pregunta por las cuentas recurren a los presupuestos de Montoro. Unos presupuestos que incluyen “equitativamente” todo lo que gasta el estado central, pero que es incapaz de explicar en qué lugar de Catalunya se ha gastado un solo euro de forma justificada.
Al final la única cuenta que vale es la de las gallinas que entran por las que salen, y sabemos las que entran, sabemos las que se pierden, pero de las que salen en Catalunya las únicas que nos explican hasta la saciedad son las de esos préstamos que llamados FLA, que nos endosan cada vez que nos portamos bien y por los que aún tenemos que pagar intereses.
¿Alguien se ha preguntado de dónde sale el dinero del FLA?
Pues ahora imagínense el dinero del FLA, sin intereses y sin depender de que nos portemos bien a los ojos de un extraño que no está velando por nuestros intereses.
Y ahora imagínense que no hay Casa Real, ni Conferencia Episcopal, ni un ejército derrochador, ni un AVE a San Cogurcios del Cascajo, ni un Florentino Pérez, ni un Felipe González y que nos importa una mierda Amancio Ortega porque paga menos impuestos que Messi… y encima no se considera un defraudador y no se le puede pedir más.
¿Aún siguen creyendo que si Catalunya se independiza no va a tener el dinero correspondiente para esos servicios?
¡Vamos, anda!




No me voy a jubilar jamás

Más dinero para financiación, más trabajadores cotizando a la Seguridad Social y por más dinero… ¿Y nos preocupa cobrar jubilación en una Catalunya independiente y no en España?
Hace algunos años los políticos españoles se percataron de que el aumento de la esperanza de vida era una cosa muy bonita, pero también suponía que el Estado debía pagar más dinero y, tarde o temprano, la Tesorería de la Seguridad Social no recaudaría suficiente. Por si esto no era malo, llegaba otro problema que era asumir las jubilaciones del colectivo del Baby Boom que se dio entre 1958 y 1972 (especialmente en entre 1962 y 1966).
Las contramedida más importante debió haberse empezado a tomar en los años 80 fomentando la natalidad, pero entonces primaban los conceptos malthusianos de natalidad, para mejorar la situación de la población. Entonces hubiera tenido de ponerse en marcha un plan al estilo escandinavo que facilitara la conciliación de la vida laboral y familiar de los ciudadanos para fomentar la natalidad. Sin embargo, todo esto se hizo tarde y mal. No fue hasta la decadencia de la era Zapatero que se intentó fomentar la natalidad con el absurdo, gravoso para el Estado e insuficiente Cheque Bebé.
Afortunadamente, con antelación, se había tomado otra pequeña medida que podía retrasar el problema. Dado que la generación del Baby Boom aún estaba en activo y había superávit en las recaudaciones de la Tesorería de la Seguridad Social, se decidió hacer una reserva que creció rápidamente. Desgraciadamente, la mayoría absoluta y dictatorial del PP, ha decidido ir metiendo mano en la caja y gastarse ese dinero de todos en sus chucherías, igual que hiciera su antecesor en el partido, el señor Aznar, con la privatización de las empresas estatales.
Así nos encontramos que tras toda una vida de trabajo, la solución de mariano Rajoy y sus secuaces, es alargarnos dos años más la vida laboral. Y según sus técnicos alemanes, esto no será suficiente. En cuanto Mariano tenga el apoyo de su amigo Felipe, puede que hasta acaben con eso de la jubilación, al menos para los trabajadores españoles.
Con esas premisas tan oscuras y la alegría de los políticos españoles para tratar esos temas a la brava y sin un ápice de rubor en la cara, ¿de verdad creen que la Independencia puede ser una mala cosa para las perspectivas de cobrar una pensión?
No sé si las pensiones en una Catalunya independiente podrán ser buenas o malas, pero me temo que, hoy por hoy, son la última esperanza que tenemos para cobrar una pensión que nos permita sobrevivir.



¿Qué pasará con mi familia que está lejos?

Es verdad que no tengo ni idea de qué pasará con España si Catalunya se independiza. Está claro que, con lo dicho, el porvenir de España parece muy oscuro. Pero tenemos que tener claro que ese porvenir no se ha labrado en un solo día. Lleva muchas décadas boicoteando su propio futuro. La falta de visión de sus políticos solo tiene justificación en el afán de protagonismo, el deseo de enriquecimiento personal y el cultivo de un patrioterismo neofranquista que produce arcadas hasta a los cerdos.
Y a todos esos elementos les votaron, les votan y les votaran, un pueblo inculto y repleto de los mismos tics que esos políticos dañinos.
Y sí, Catalunya no está exenta de esa gente y esos políticos. Pero si una cosa tenemos que agradecerle al Estado español, es que, en su afán por dañar a Catalunya, ha interceptado a muchos de eso políticos y ha dado una lección al pueblo catalán que aún no ha recibido el resto de España. Pero hay que tener claro que, si eso ha sido posible en Catalunya, también es posible en el resto de España. Así que aún hay una esperanza.
Esa es la esperanza para esa familia que viva en cualquier otro lugar de la geografía española. Si no forman parte del colectivo que apoya la decadencia de España, vuestras familias ya conocen el hedor de su entorno y seguro que están haciendo algo por cambiarlo. Son la esperanza.
Claro que seguro que os comentan eso de que sin la solidaridad de Catalunya no podrán subsistir. Bueno, también es posible que sean de los que dicen que Catalunya no sería nada sin España y que Catalunya debe dinero a todos los españoles. En ese caso, perdonadme, pero no tenéis familia, tenéis un mono con una pistola a punto de dispararla y mejor que estéis lejos cuando eso ocurra. Por ejemplo en un país independiente.
Los puntos de vista distorsionados, no obstante, no acostumbran a ser culpa del que los tiene, sino de personas con poder divulgativo que desean hacer daño extendiendo la ignorancia. De hecho, algunos sectores “periodísticos” han extendido estas falacias para recolectar votos hacia partidos que, si fuesen vistos con su verdadera imagen, no serían votados más que por la peor escoria y, sin embargo, ahí están, robando el dinero y las vidas de todos.
La iglesia católica que ordena las vidas de los españoles, desde mucho antes de que fuesen españoles, es la gran responsable de inculcar toda una gama de sentimientos autodestructivos que amansan al pueblo en su natural rebeldía contra un poder injusto. Por supuesto, esta iglesia en perfecta simbiosis con esos poderes ora políticos, ora militares, recibe su diezmo religiosamente o, de lo contrario, encuentra el modo de deshacerse de ese poder por legítimo que sea; como ocurrió con la Segunda República. Y poco le importan las vidas de inocentes que caigan en el proceso. Por no importarle no le importan ni siquiera sus “soldados” de base a los que sacrifica por el beneficio económico de la organización. A final de cuentas, para la iglesia es más importante el sometimiento de las masas que sus propios principios de fe.
Y cuando un número importante de españoles cuestiona esa nueva fe inventada y abre los ojos ante las injusticias, siempre aparece una figura dictatorial, como Franco, para ejercer un genocidio sistemático contra el posible gen de la rebelión. Así, el sometimiento que no se logra en los altares, se entierra en las fosas comunes de los cementerios y en cunetas olvidadas.
Así que lo que hoy vivimos como simulacro de democracia y que tanto nos decepciona, no es culpa de nuestros familiares en los pueblos de toda España. No, no es su culpa, porque como diría la señora Rabbit, los han dibujado así.
Pero los españoles son buenos trabajadores… o podrían serlo. De eso pueden dar fe los alemanes que se beneficiaron de esa mano de obra barata allá por los años 60 y que hoy vuelve a la carga con nuestros universitarios.
Esa es otra, porque para los que se hicieron catalanes y dejaron a padres y hermanos en su regiones de origen, hoy les cubre el miedo de que se haga muy complicado volverse a reunir una o dos veces al año como ahora.
Yo no creo que haya problema para ello. Lo que sí les pasará, como le ha ocurrido a generaciones anteriores, es que con el paso de los años se va desconectando con el origen. Porque si al principio uno se fue pensando en volver, lo más habitual es que se forme aquí una familia y se tengan que repartir los tiempos de visita con el origen de la pareja. Después se tienen hijos que crecen y, un buen día, empiezan a demandar ir en otra dirección. Al final, muy pocos logran cumplir su deseo de volver tras la jubilación. Sin darse cuenta, poco a poco, uno ya no encuentra diferencias entre uno mismo y los vecinos que le saludan cada mañana con un “Bon Dia”. De hecho, hacía muchos años que cuando volvía al pueblo, aquellos que fueron sus compañeros de colegio, le decían “ahí viene el catalán”. Incluso el marido de su hermana que, además, sabe que, en el fondo, no lo dice ni con cariño ni con amabilidad. Es igual, aún hay muchas personas que le importan allí, pero aunque la distancia es la misma de ayer, parece que hay muchos más kilómetros entre ellos.
No, eso tampoco cambiará. Pero ahora te has de preocupar de otra familia más importante y que se desvanece con más dolor para tu alma. Ahora tú ves partir a los hijos, por los que te has esforzado mucho en darles estudios, creyendo que era su futuro, pero que solo logran obtener un trabajo en el extranjero. Con suerte se quedarán en Europa, pero también pueden partir a América o, incluso, Asia o Australia. Eso sí son kilómetros y no los que te arrancaron a ti, a tus padres o a tus abuelos, del pueblo. Pero entiendes que el dolor tampoco estuvo ausente en aquella decisión.
Con tu hijo en el extranjero, producto de una situación política y económica responsabilidad de gobiernos muy mal escogidos en las urnas, tu familia del pueblo ya no es la misma prioridad. Ahora duelen más los hijos y estás tentado a partir con ellos. Aunque hay otra opción ¿De verdad vas a aceptar que es mejor malo conocido que bueno por conocer? No, eso ya no vale. En Catalunya has montado tu hogar y lucharas para que tus hijos tengan un sitio en él, y si España no te lo da, deberás probar con una Catalunya independiente.
Es verdad, la Independencia no es una garantía de nada, pero si seguimos en España sabes que tus hijos seguirán lejos para siempre y que, con el tiempo, establecerán sus familias lejos de aquí, como tú, en su día, viniste aquí buscando el aire que en el pueblo te faltaba.
¿Y el pueblo?
En el pueblo quedan los recuerdos, los amigos de la infancia y una familia, cada vez más lejana. Y, como no, la melancolía paseando por unos lugares que se modernizaron hace mucho tiempo.




Aunque tenga poco que ver, Europa y las subvenciones mataron a España

¿Dónde quedó la esperanzadora España que empezaba una democracia en 1978?
La mal llamada Transición fue un proceso que nos llevó de la dictadura franquista a una democracia tutelada, que nació con muchas esperanzas, y que murió entre reiterados incumplimientos. Al menos es así como lo vemos hoy, pero no en 1978 cuando, entre el miedo a volver atrás y los deseos de tirar hacia delante, no disimulábamos una ilusión capaz de obviar lo que estaba pasando realmente.
El ya finado Padre de la Constitución, Jordi Solé i Tura, comentó en una entrevista, poco después de las primeras elecciones democráticas, que la Constitución de 1978 tenía que entenderse como algo provisional nacido con la idea de tomar distancia con el franquismo. Entre líneas se entendían las presiones ejercidas por los militares y que, por boca de Fraga y algún otro, habían tomado forma en la Constitución como palabras y frases que suponían cadenas al texto y por ende a las libertades de la naciente democracia. El propio Solé Tura nos aclaraba que, en siete, o como máximo diez años, debía realizarse un verdadero proceso constituyente que cerrara una verdadera Transición con una Constitución generadora de una auténtica democracia. Pero igual que inspiraba esta idea nos aclaraba sus dudas basadas en una ley electoral pensada para que unos pocos partidos se asentaran en el poder y formaran una oligarquía endogámica alternante. España no había aprendido nada de su pasado y volvía a repetir sus propios errores con la excusa de evitar errores ajenos, como la República de Weimar que llevó a Hitler al poder en Alemania. La herramienta perversa que debía salvarnos del nazismo era la Ley d’Hondt.
Hay que decir que, si alguna vez existió una verdadera intención de abrir un nuevo proceso constituyente, este se desmoronó por el devenir de los acontecimientos. Primero fue la caída de Suarez a través de una conspiración interna de su partido, después el 23F que sirvió para reforzar la institución monárquica, uno de los pilares del bajo nivel democrático de la Constitución del 78. Y, finalmente, la pleitesía de Felipe González a Ronald Raegan y la introducción de España en la OTAN.
Mientras tanto, España apuntaba a otro hito que todos veíamos con ilusión, pero que, con el tiempo, a pesar de permitirnos acceder al anestésico Estado del Bienestar, supuso unos grilletes que deformarían nuestra economía: el Mercado Común.
Llegamos a un Mercado Común en expansión, pero que también estaba modificando sus principios y ampliando sus áreas de influencia técnica. Nos impusieron obligaciones, cuotas máximas de producción, especialmente en el sector agropecuario y nos pagaron, tanto por esas limitaciones, como, en forma de subvenciones, para el desarrollo de otras áreas.
Si las cuotas y la baja productividad obligaron a cerrar muchas empresas, el verdadero problema, que aún no se ha comprendido, fue, es y será, el de las subvenciones.
Europa nos ha dado mucho dinero, pero muy poco de ese dinero ha servido realmente para desarrollar nuestro país, aunque ha sido muy útil para que la corrupción anide mejor en muchos lugares, incluido entre algunos altos funcionarios de Madrid y, como no, políticos. Creo que con esto no descubro nada a nadie, pero siguiendo un razonamiento económico, si estos individuos han sido capaces de llevar subvenciones, por una comisión, hasta empresas corruptas que de otra manera, por su ineptitud económica, no hubiesen sobrevivido, ya empezamos a vislumbrar el problema.
La supervivencia de una mala empresa, a base de subvenciones indebidas, hace que sus competidoras, más capacitadas, se enfrenten en inferioridad de condiciones y, a menudo, perezcan a pesar de su valía. De este modo, a través de la competencia desleal de las subvenciones, prosperan empresas sin valor para el conjunto de nuestra economía y caen las que si lo tienen, por lo que el conjunto de nuestra economía pierde, pero como momentáneamente se conservan los empleos, en el global económico no se ve.
Si a esto unimos las grandes cantidades de dinero que reciben de Europa familias-empresa como los Alba, continuamente en barbecho, vemos el desperdicio de ese dinero y la forma en que se usa para destruir al país.
Otro ejemplo terrible es el cultivo de remolacha en Castilla-León para la producción de biocombustibles. Los dueños de las tierras cultivan el producto hasta el momento en que debe recogerse y después se deja que las remolachas se sequen en los campos. En el proceso se han malgastado millones de litros de agua de unos pozos no preparados para ello y que ahora muestran su agotamiento sacando trazas de arsénico que pasan al agua de consumo humano. Recordemos que esas tierras habían sido históricamente para cultivos de secano como los cereales de trigo, avena o cebada. Desgraciadamente, Europa paga muy bien por metros cuadrados de cultivos finalizados para producción de biocombustibles, sin embargo, las empresas que optan al producto para producirlos, no pagan lo suficiente para rentabilizar su recogida. Así que, al final, solo se cultivan subvenciones y se facilita que las tierras, ahora de regadío forzado, se llenen de topillos que estropean las cosechas vecinas que si están destinadas a productos que deben recogerse.
Las subvenciones no siempre acaban tan mal, pero el dinero que se pierde, como vemos, no es lo peor, sino el daño que hacen al global de la economía y que, por tanto, terminan reduciendo nuestra riqueza en lugar de ampliarla.
Después tenemos el problema de haber tenido a unos políticos insensatos que han malgastado las ayudas para infraestructuras, creando unos trenes de Alta Velocidad, cuyo mantenimiento ha colaborado espectacularmente en el endeudamiento del país. Autopistas por las que no circulan coches e, incluso, ayudas a empresas privadas, como las autopistas de Madrid, que después quiebran y debemos subsanar  sus pérdidas con el dinero de todos. Y no hay que olvidar que toda infraestructura necesita de dinero para su mantenimiento de por vida. Así que una infraestructura inútil es un gasto inútil y para siempre.
No, las subvenciones europeas, se han usado tan mal y se han ligado tanto a la corrupción estructural del país, que han hecho más daño a nuestra economía que beneficio nos han aportado. Así que cuando Felipe González volvía sonriente de Bruselas con un nuevo paquete de subvenciones en la maleta, en realidad estaba jugando pan y votos para hoy, pero miseria para mañana. El drama es que, desde entonces, todos los políticos han jugado al mismo juego.
Si la España estructuralmente corrupta ha hecho eso con las subvenciones europeas, ya podéis imaginaros dónde ha ido la eterna solidaridad de Catalunya. Por eso en los pueblos de España se les hace odiar a Catalunya con tanta facilidad y les cuesta tanto entender lo que le cuesta a Catalunya su mantenimiento: el dinero no llega a donde debe.



Apreciaciones finales

Pregúnteme cómo le ira a usted con la Independencia y le contestaré que ni tan bien como dicen unos, ni tan mal como dicen otros. Que es obvio que en conjunto todo ira mejor, pero también que a unos les ira bien y a otros mal. También hay que insistir que no será un camino de rosas, pero que los cuentos de miedo que cuentan otros no son más que una excusa para proteger unos beneficios y prebendas que ahora tienen y después no tendrán.
Así que no hace falta que diga que, al final, no es una cuestión de nacionalismos, sino de intereses. Pero yo te puedo asegurar que si vives aquí y no eres un ladrón o un aprovechado, la Independencia es lo que te conviene y lo demás son tonterías. Pero entiende que no me dirijo a ti ni como nacionalista español, ni nacionalista catalán; me dirijo a ti como persona que vive aquí y ahora, y que desea lo mejor para los suyos. Sin banderas y sin puñetas.
Seguramente te habrás dado cuenta de que en ningún momento te estoy hablando de cómo conseguir la independencia. Tampoco he dicho nada de las medidas a tomar por esa España inmovilista para evitar esa independencia… Y, finalmente, tampoco te he hablado del reconocimiento internacional. Eso es porque yo no creo que la Independencia sea cosa de un instante, ni de los seis años que llevamos desde que empezó el Procés. La Independencia, por desgracia, es una carrera de fondo que nos dejará casi exhaustos en muchos momentos y nos permitirá disfrutar del paisaje en otros. Pero creedme cuando digo que es una carrera que empezó mucho antes del llamado Procés, pero que ahora con este llega a sus etapas finales. Eso no quiere decir que en julio o septiembre, como afirma Puigdemont, se logre llegar a la meta. Sin embargo, conforme todos tomemos consciencia de que es lo que nos conviene y se libere esa necesidad de los conceptos superficiales y nacionalistas, la Independencia estará más cerca.
Tenemos que grabar en nuestras mentes este momento, porque es posible que vengan tiempos aparentemente mejores y tengamos la tentación de olvidar la verdadera razón de unos problemas que quedarán aplazados, pero nunca resueltos. Tenemos que seguir en el convencimiento de que este es el buen camino hasta que al gobierno español, o al resto del Mundo, no le suponga ningún esfuerzo reconocerlo, porque cuando llegue ese momento ya lo habremos conseguido. Y ese momento no será mañana, ni pasado y es posible que tampoco dentro de un año, pero está muy cerca si no se desespera.
Para acabar tengo que dar importancia al hecho de no haber hablado ni de Corredores del Mediterráneo, ni de insultos, injurias, judicializaciones de los problemas políticos y, en general, haber tocado solo de refilón muchos de los agravios que nos separan de España. Pero es que, dolidos o no, lo último que debemos hacer es malgastar nuestros esfuerzos en hacer mala sangre contra unos hermanos que son más parecidos a nosotros de lo que muchas veces queremos reconocer. Sin embargo, la independencia nos la tenemos que plantear como una fórmula para intentar mantener buenas relaciones con ellos, ya que viviendo en su casa y con unas normas que nos resultan hostiles, no podemos estar a gusto… y ellos tampoco.
Dice un dicho castellano que “el casado casa quiere”. Así que nuestra nueva familia debe separar su casa de la de nuestra hermana castellana y mantener una relación de buena vecindad y una sonrisa de familiaridad.



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