martes, 18 de octubre de 2016

Donald Trump ha caído en su propia trampa

Imagen extraída de la web del diario ·El Mundo". 

Donald Trump ha caído en su propia trampa.
Ni es el gran empresario que muchos pretendieron vender, ni alguien que se preocupe por otra persona que no sea él mismo y, sobre todo, no es alguien que desee pasar desapercibido.
Es cierto que el dinero le sale por las orejas, pero eso no le hace un gran empresario. En su historial alterna grandes triunfos y grandes fracasos, pero siempre destaca una cosa: a la hora de perder siempre pierden más otros. De todas las empresas que ha llevado a la bancarrota, ni una sola le ha costado un duro, sin embargo, no le ha temblado el pulso para dejar en la miseria a sus trabajadores. Desde ese punto de vista nada tiene que envidiar a los grandes ejecutivos españoles. Con esas premisas difícilmente se le puede considerar como el más indicado para ordenar a la economía más trascendente del Mundo.
El “buenismo” de todo candidato es algo que cuesta de ser creído en una persona que carga airadamente contra mujeres, inmigrantes y todo aquel que en un momento dado no le lama el culo de la forma apropiada. De hecho su verborrea está cargada de negativismo, populismo e insultos por igual. Desgraciadamente el populismo, especialmente de las derechas más facinerosas, es un “valor” en alza.
Pero el gran problema con Donald Trump es la combinación de su visión distorsionada de la realidad y su afán por imponer sus opiniones como verdades de fe. En este ámbito nadie debe olvidar sus acciones de los años 80 en Nueva York, cuando fueron detenidos unos jóvenes afroamericanos acusados de la violación de una muchacha en Central Park. A pesar de no estar claro que los detenidos fuesen los autores de los hechos, Donald Trump pagó una brutal campaña en la prensa con el fin de que la opinión pública no dudara de su condena. Fue aquel un linchamiento mediático similar al que llevó a EE.UU a la Guerra de Cuba, casi un siglo antes. Trump gastó millones para lograr la condena de aquellos muchachos obviando los hechos que debieron ser lo único que contara. Si el problema de la discriminación racial no era suficiente, Trump convirtió aquel proceso en un infierno para los acusados que llegaron a ser considerados culpables por un jurado totalmente influenciado por la vorágine mediática pagada por el hoy candidato a la presidencia de los EE.UU.
Finalmente, pasado aquel suplicio del que Trump fue el mayor responsable, se verificó que, no solo eran inocentes, sino que los culpables casi escapan a la justicia por culpa da la obstinación y falta de juicio de un millonario enloquecido: Donald Trump.
Treinta años después, ni la moral, ni la cordura del hoy candidato, han tenido medio, ni remedio, para mejorar. Así que su elección solo puede ser la fuente de grandes desastres.
Curioso que alguien cuyos padres emigraron en su día hacia el sueño americano, pretenda ser tan restrictivo con los nuevos emigrantes y, sobre todo, sea incapaz de reconocer que hubo otros americanos, los indígenas, que, bajo las líneas de razonamientos, deberían tener más derechos que él mismo.
Pero la trampa que ahora atenaza el candidato, es su cosización del sexo femenino. Durante años le hemos escuchado hablar en términos obscenos y denigrantes del sexo femenino. Algo que en una sociedad machista no se criminaliza debidamente. Y precisamente su rival es hoy una mujer. Así que no es de extrañar que sus abusos frente al sexo femenino y su incomprensión deliberada hacia este, hoy le pasen factura  ¿Realmente no esperaba que todas las mujeres que en su día se sintieron agredidas por sus formas abusivas, hoy no hablaran? Puede que no todos los casos de agresiones y abusos sexuales de los que hoy se le acusa, sean ciertos, pero basta con que uno lo sea, para que deba dimitir de su candidatura y hasta de su presidencia si esta le fuera otorgada por las urnas.
Sin lugar a dudas Trump fija su mirada en el marido de su rival para justificar sus excesos, pero olvida hasta qué punto aquel único proceso destrozó la vida política del que podía haber pasado como uno de los mejores presidentes de la era moderna. Donald Trump ni siquiera tiene una sola bondad con la que compensar todas esas maldades de las que se le acusa. Ni siquiera esa oportunista comparación, pues, le es favorable.

Conscientes y avergonzados de todas estas realidades, son muchos los líderes republicanos que abjuran de la figura del candidato que en teoría les representa en la carrera presidencial.

1 comentario:

Vicente Salinas dijo...

Bueno... y ahora que Trump, contra pronostico, ha llegado a la presidencia de los EE.UU, aún a pesar de la enorme oposición existente en su propio partido, solo podemos añadir que Dios salve a America, porque con Trump lo lleva crudo.