jueves, 24 de junio de 2010

Verbena trágica

La verbena... coca... cava... petardos... música... ruido... alegría... ¿alegría?

La fiesta es más alegre en la juventud, cuando el gregarismo nos lleva a disfrutar de esos días que el calendario marca con el más desmadrado jolgorio. Durante la verbena de Sant Joan nuestros jóvenes se desplazan, mayoritariamente, a terminar la fiesta en las playas. Castelldefells es una de las más concurridas. Ayer centenares de personas bajaron del cercanías que les llevó hasta el apeadero que les dejaba más cerca de la playa de aquella población. El andén quedó abarrotado demostró que las recientes remodelaciones no habían pensado en ese día en concreto. El peligro de caer en las vías era importante y el único vomitorio aceptable para todos esos ciudadanos ávidos de fiesta, era un paso subterráneo de tres metros de ancho. Para los que estaban al lado opuesto del andén era invisible e incluso inexistente, pero entre las luces nocturnas era visible la silueta de un paso elevado en la dirección opuesta. ¡Error!, durante la remodelación se bloqueó con una valla.

¿Por dónde vamos ahora? Algunos logran ver un cartel indicativo de un paso subterráneo al otro lado, pero la masa humana que nos empuja por todas partes no avanza. Otros, confundidos por el ruido, el gentío y la fiesta, no se percatan y toman la decisión de siempre: cruzar las vías cuando el cercanías parte.

La noche nos confunde, la fiesta y el ruido también porque no son unos pocos los que cruzan la vías, sino decenas.

Más ruido, más agudo... ¿un pitido?... confusión... pánico... una enorme y veloz masa chirriante cubre las siluetas que atravesaban por dónde no se debía. Gritos desenfocados. Todo sucede en un instante pero los testigos lo verán repetido, en su cara más terrible, miles de veces... toda su vida. Shock.

Unos recordarán miembros volando y alcanzando a algunos testigos, otros gritos y llantos... algunos la amnesia, el desmayo... la fiesta ha muerto y, tal vez, para siempre.

Esta madrugada más de una decena de jóvenes han perdido la vida arrollados por un tren de largo recorrido, de esos que atraviesan las estaciones a velocidades de vértigo. Algo que siempre me ha generado pavor.

Doce muertos y más heridos, de ellos tres muy graves.

No han sido uno, dos, ni tres. No ha sido una familia. No ha sido una imprudencia ocasional, sino una imprudencia en masa.

Sí, sin duda ha sido una imprudencia, pero ¿por qué?

No se trata de culpar a un segundo de lo que ha hecho mal el primero. Tampoco se trata de ensañarse con el primero pues ha tenido un castigo muy superior al merecido, pero hay que pensar que las acciones buenas o malas no se realizan porque sí. Estas personas tuvieron alguna razón para emprender la errónea acción que emprendieron y el hecho de que fueran tantos los equivocados debería alarmarnos porque si no hacemos algo esto puede volver a repetirse.

No es cuestión de atacar el tema en caliente, pero, sin duda, tampoco hay que dejarlo caer en saco roto. Deben buscarse formulas para minimizar estas situaciones. El estudio de este drama puede salvar vidas.

Antes de acabar un recuerdo para el conductor del convoy implicado, una persona de la que pocos parecen acordarse y que en los próximos meses, como producto de este accidente, va a vivir en un psicodrama del que sólo con una gran fortaleza mental podrá salir.

Mi recuerdo y solidaridad con todas las víctimas, tanto las físicas como las emocionales, y con sus familias.

Catalunya está de luto en la que debió ser la noche más divertida del año.

Publicar un comentario