martes, 25 de septiembre de 2007

Un ateo en el cielo



¿Qué pasaría si Dios y el cielo existieran de verdad? ¿Qué sólo irían los creyentes?
¡No fastidies hombre! No me vengas ahora con aquello de que sólo los creyentes son buenos. No volvamos a las cruzadas.
Puestos a imaginar, que no es poco, imaginen la llegada de un ateo hasta la garita de San Pedro.
--¡Buenas!
--¡Buenas! ¿Qué quería?
--No sé… he llegado hasta aquí y…
--¡Vale!... normal.
San Pedro que agarra su libro de entradas (¿tendrá libro de salidas?) y empieza a hacerle preguntas al individuo… edad, número de DNI, afiliación política, etcétera. Vamos , lo normal.
--Muy bien, buen hombre. Y a qué religión pertenece usted.
--Pues verá… yo soy ateo.
--Así que para usted Dios, el cielo y un servidor no existimos ¿No?
--La verdad… es peor… Espero que sepa disculparme.
--¿Peor?
--¡Sí! Me he pasado toda la vida convenciendo a “todo quisqui “de que esto era una trola.
--Ya veo… Pero no entiendo qué hace usted aquí.
--Tal vez me han confundido con ese señor de blanco que han mandado hacia abajo al llegar a la bifurcación.
--¿Se refiere a Juan Pablo II?
--¡Sí! Ese. Es que no me salía el nombre.
--Ahora voy entendiendo algo. Lo cierto es que me ha extrañado que no estuviera su nombre en la lista.
--¿No está mi nombre?
--¡No!... el de Juan Pablo II. Por cierto ¿Cómo se llama usted?
--Adolf Hitler
--¿Cómo?
--Es broma, me llamo Juan Pérez.
--¿Juan Pérez?
--¡Sí!
A San Pedro no parecía hacerle gracia tanto “cachondeíto” por parte del ateo. Pero tampoco le agradaban las sorpresas que el divino le estaba dejando en su libro de entradas.
--Juan Pérez ¿Qué?—la voz de la variante del Cancerbero en las alturas empezaba a parecer un gruñido del primero.
--Lo siento, pero me temo que soy hijo de padre soltero.
--¿Habrá sufrido mucho en la vida?—el deje estaba entre ironía e ira a secas.
--No mucho. Siempre hice lo que me gustaba.
--¿Hijito de papa?—San Pedro siempre fue un santo con muchos prejuicios y muy poca paciencia y en esta ocasión, de haber tenido una espada a mano, no hubiera dudado en cortar la oreja a aquel ateo descreído, pero la pregunta era la única espada que blandía por ahora.
--¡No!... Rescate de montaña.
La cara del santo portero se iluminó.
--¿Usted es el que salvó aquel autocar de niños pero luego se cayó al vacío?
--El mismo que viste y calza… bueno no… porque aquí vamos todos en bolas.
--Ustedes los ateos siempre se quieren traer recuerdos de allí abajo… Ande, pase.
El ateo pasó para adentro donde se llevaría miles de sorpresas, pero creo que, por ahora, no me queda imaginación para tanto, así que esto se acaba aquí.
¡Que lo disfrutéis!
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