miércoles, 9 de diciembre de 2009

La muerte de la mano invisible


El neoliberalismo nos ha prometido demasiadas veces que la aplicación de sus recetas clásicas impediría las crisis cíclicas predichas por Keynes. Y una y otra vez se han aplicado esas recetas para dar de bruces con una crisis peor a la anterior y generada por la misma ambición que un día constituyó la mano invisible de Adam Smith.

¿Y por qué no funciona ya la mano invisible?

Smith vivía en un mundo muy diferente del nuestro. Las crisis de su época podían deberse a dos circunstancias: carestías de una o varias materias primas, generalmente originadas por alguna catástrofe natural, o un desarreglo entre producción y demanda más largo de lo normal que su inefable mano invisible terminaba por arreglar. Las primeras, entonces como hoy, eran difícilmente subsanables, aunque hoy se rectifican antes, pero las segundas, al contrario, hoy son las peores. En tiempos de Adam Smith los empresarios arriesgaban su fortuna en sus empresas y esta, a menudo, no era importante, por lo que o el empresario que escogía un camino erróneo se arruinaba pronto o rectificaba a tiempo, regulando a su vez el desequilibrio generado en la economía y constituyendo el sustento de esa mano invisible. ¿Pero que sucede si los nuevos empresarios son meros ejecutivos que no arriesgan nada y además disponen de un capital casi infinito para equivocarse y prevalecer en el error lo que haga falta? Que nada ni nadie será capaz de rectificar los grandes errores que se producen en la economía de nuestros días. Es más, los errores de las grandes multinacionales obligan a las pequeñas empresas a seguir caminos tan equivocados como el suyo para sobrevivir. Todo esto genera una enorme bola de nieve que acaba con la anexión de los pequeños corpúsculos de resistencia económica racional, anexionados por la insaciable barriga de las erróneas multinacionales hasta el estallido de crisis cada vez más descomunales.

Ante el poder de estas grandes empresas ni los mayores estados pueden presentar batalla y terminan sucumbiendo a las políticas que estas deciden para salir de las crisis que ellas mismas han provocado. Unas políticas de rescate donde todo el mundo pierde, incluidas las mismas multinacionales... ¿Todos? No, los ejecutivos siguen en sus asientos y, a pesar de las menores ganancias, o incluso pérdidas en sus empresas, acaparan más poder, debilitando más y más, las estructuras de la economía racional.

Hace años una crisis se cebaba tanto en los obreros como en sus amos, después algunos ejecutivos también quedaban fuera del sistema y de su anterior estatus, pero hoy los ejecutivos sólo caen tras la quiebra de su empresa y, aún en ese caso, se van con varios e inmerecidos millones de euros en los bolsillos que no llegarán a los acreedores y mucho menos a los empleados que sustentaron el verdadero valor de esa empresa cuando aún lo tuvo.

El neoliberalismo de las multinacionales le ha amputado la mano invisible a Smith y ahora intenta aplastar los últimos reductos de coherencia a la economía.

Pero, ¿qué se puede hacer para remediarlo en medio del vendaval? Ciertamente muy poco, salvo evitar las estúpidas recetas neoliberales de siempre. Sólo hay que escuchar a esos prohombres y gusanos que reclaman el abaratamiento del despido y la reforma laboral como solución al paro. Es obvio que facilitar el despido no contrata nuevos empleados y menos cuando la recesión aún está viva. De hecho es el elevado coste de los despidos lo que impide el cierre en masa y la deslocalización al culo del mundo de las pocas empresas que aún quedan. No es el abaratamiento del desempleo lo que necesitamos, sino la reducción de costes del mismo. A una empresa el mantenimiento de un puesto de trabajo le representa mucho más dinero de lo que paga al trabajador. Reducir dos terceras partes de lo que paga por él a la seguridad social. Esto abarataría el empleo lo que facilitaría su contratación, sin embargo reduciría los ingresos del Estado para la seguridad social, por lo que tendrá que crearse un nuevo impuesto al consumo que reducirá el nivel adquisitivo de los trabajadores.

El IVA graba por igual a productos nacionales y foráneos, pero el abaratamiento del empleo puede hacer más competitivos los productos nacionales, lo que a su vez hará más atractivo nuestro país para montar factorías o de lo contrario las nuevas PYMES terminarían por apartar del pastel a las grandes multinacionales.

En este panorama los trabajadores seguirían llevando la peor parte, pero el aumento del empleo hará que sus salarios también empiecen a revalorizarse pronto sin reducir en exceso la productividad final.

Imagen tomada de www.uv.es

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