viernes, 24 de agosto de 2007

¿Se olvidó Dios de nosotros?


¿Se olvidó Dios de nosotros?
Jóvenes y viejos que vagáis por la vida sin desentrañar los sueños de vuestros ancestros. Felices sois y sin maldad, no os preocupa regalar vuestra sonrisa al mundo, aunque al amor que os entrega y, vosotros, devolváis con creces, le duela el alma en vuestros ojos.
Y si las huestes de Cronos se muestran benévolas y sois capaces de llenar la botella de las esperanzas, una joya de orgullo lucirá en la mirada de cuantos os quieren.


Elvira duerme. Sueña que es mayor y su imagen, en el espejo, es la de su hermano. Elvira sueña siempre que tiene un perro y un gato que le enseñan a leer y también le enseñan el camino para volver a casa. Sus padres le sonríen con las últimas sonrisas que recuerda y Nico, su hermano, vuelve a ser el niño que le da la mano para cruzar la calle.
“¡Despierta Elvira!”, es la voz dulce, pero contundente, de su cuñada Natalia que se va a vestir a su sobrina para llevarla a la guardería.
Tras el desayuno vuelve a ir de la mano de Nico camino del “centro de día”. Elvira le sonríe, le da un millón de besos y, aunque tiene la mirada triste, no puede evitar dirigirle una sonrisa y darle un cariñoso beso antes de dejarla.
--¡Hasta luego, hermanita!
Elvira tiene treinta y siete años y síndrome de Down en un grado bastante acusado. Dios se olvidó de ella, pero no se olvidó el amor y, aunque Dios no crea en ella, ella si cree en Dios y cada noche le reza para que le devuelva a su madre. Su hermano, al oírla, llora, porque Dios tampoco creyó en su madre a la que se llevó en un solo mes desde que le detectaron el tumor cerebral.
Su padre también murió, pero Elvira no le reclama a Dios, a él se lo llevaron los hombres y la seguridad social fue la que no creyó en él.
Cuando su madre enfermó, papá fue supermán, lo hizo todo, estuvo en todas partes y el amor que mamá no tenía fuerzas para repartir, él lo sacaba del fondo de su corazón. Pero, cuando mamá murió, se lo comió la depresión. Después de seis meses de baja, y contra la opinión de su psiquiatra, la mutua patronal de su empresa solicitó el alta laboral a inspección de la seguridad social y esta, desoyendo al profesional que verdaderamente le trataba, lo devolvió al trabajo. Fue salir de allí y caer en un estado catatónico. Cruzó toda la ciudad sin conectar su cerebro, sin saber quién era ni dónde se hallaba, hasta que un taxista apresurado no pudo evitar atropellarle.
Elvira no olvida el día que desconectaron la máquina que lo mantenía con vida, ni aquel abrazo desconsolado de Natalia al que, por encima de ambas, se unió Nico.
Dicen los que no saben, que los retrasados no sienten, que son ignorantes de su tragedia, pero Elvira daría lo que fuera por ser tan infeliz como su hermano, porque sabe que eso le haría, a él, un poco más feliz. Daría lo que fuera por que Dios creyera en ella, aunque sólo fuera un poco, pero, sobre todo, daría lo que fuera para que creyera en su hermano y en Natalia ahora que son padres de un nuevo trocito de cielo.


Las olas del mar me miran y me lloran. María, del centro de día, no me ha visto marchar y Nico no me echará en falta tan pronto... ¡Adios Elvira!
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