viernes, 3 de agosto de 2007

Matar es un arte


Matar es un arte.
No creo que ninguno de ustedes pudiera hacer lo que yo hago. Tal vez, alguno, con entrenamiento y práctica, podría llegar a ser un buen asesino, pero para ser un artista se ha de llevar en los genes.
Miren que cara tan simpática le ha quedado a la señora Schulz. Es una obra de arte, pero su marido me ayudó mucho. Si hubiera un premio por la belleza de un crimen el señor Schulz tendría que compartirlo conmigo.
Hans Schulz contactó conmigo hace seis meses. Entonces no tenía claras sus intenciones, así que, tras una charla chat por Internet, le envié unos folletos de hoteles en Cancún y otros sobre peligros reales en la península del Yucatán. Hans escogió hotel y una bonita serpiente para sorprender, en su aniversario de bodas, a su esposa: Cleopatra Schulz.
Matar es un arte y hasta aquí el único artista había sido la parte contratante de la primera parte, así que como parte contratada había llegado la hora de trabajar.
El hotel elegido estaba rodeado de agua por todas partes salvo un puente vigilado, día y noche, para que ninguna serpiente lo atravesara. El orgulloso director me dijo que hacía más de siete años que ninguna serpiente venenosa había entrado en el hotel, mientras hablábamos, el mismo retiraba una enorme serpiente de casi dos metros. Dejó la enorme bicha, con mucho cuidado, entre las ramas de un árbol en el exterior del hotel mientras me decía que era muy importante cuidar de la fauna local.
Aquel gran conocimiento de la fauna local por parte del personal del hotel podía ser un problema. Eso me obligaría a acercarme más de lo necesario a la víctima.
Por lo general, un asesino a sueldo no tiene remordimientos porque no conoce a sus víctimas, pero determinados acercamientos pueden obligarte a conocerlas y eso es muy peligroso. Se imaginan a un pintor criando a las cochinillas que a la postre serán su gama de naranjas…
Los Schulz ya estaban en el hotel y yo aún no había completado el plan. Sólo estarías seis días así que el tiempo apremiaba.
Esa noche me fui a dormir con un buen libro sobre enigmas de la historia y, entre sus páginas, hallé a Cleopatra. Según el autor, los áspides eran sagrados y no podían encerrarse en vasos, además su ataque empezaba escupiendo a la víctima y muchas veces no llegaba a morder. Por eso el autor sostenía que a Cleopatra no la mató una serpiente, sino que se rasgó con la punta de su cetro, con cabeza de ese animal, impregnada con algo de veneno del mismo.
Obtener veneno de una serpiente era bastante más fácil y no tendría que vérmelas con el animal. Ahora debía conocer como eran las marcas que dejaban su mordedura, el resto coser y cantar. Pero la cosa aún fue más sencilla cuando en una tienda me vendieron una de aquellas serpientes disecadas con dientes y todo.
El segundo día el señor Schulz dejó pista libre y pude poner la trampa en el baño. Al abrir el grifo de la ducha, la trampa mordió a Cleopatra que profirió un fuerte grito. Sin embargo, a pesar del dolor, no se percato de lo ocurrido y prosiguió con su aseo.
Me habían dicho que el veneno tardaba casi una hora en hacer efecto, pero a los quince minutos tenía un efecto alucinógeno y entonces, durante treinta minutos, era posible usar un suero para salvar a la víctima. De este modo, tenía que evitar que, durante media hora, llamara a recepción para pedir ayuda.
Cuando salió del baño, cubierta con dos toallas, una en el cuerpo y otra en la cabeza, yo estaba sentado en su cama, esperándola, en bañador. El efecto alucinógeno la echó en mis brazos y creo que con muy malas intenciones… bueno malísimas. Por un momento creí haberme equivocado mientras intentaba violarme. Pero, por lo menos, pasaba el tiempo y no llamaba para pedir ayuda.
No había pasado ni quince minutos cuando Cleopatra Schulz quedó inmóvil y con una sonrisa lasciva en la boca, tumbada sobre mí y fuertemente sujeta, con su mano derecha, a mis genitales. Al parecer, la excitación había hecho que el veneno actuara más deprisa de lo esperado. Fue complicado sacarla de encima y doloroso desenganchármela, pero el efecto que ahora tiene en el sillón es fantástico.
Matar es un arte. Es arriesgado, pero ver cadáveres tan llenos de alegría es algo por lo que vale la pena hacer este trabajo.
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