jueves, 23 de agosto de 2007

Último Adios


¡Cómo pasa el tiempo!
Por aquel entonces yo era lo que se llama un “chuloplaya”, que para quien no lo sepa, era el que se llevaba a todas las chicas a la cama. Fue tiempo después, cuando aparecieron los imitadores de pacotilla, que el término degeneró para definir a un hortera aprendiz de ligón, “pecholobo” lleno de cadenas y “buga” con radiocasete a toda mecha. Pero yo todavía fui un “chuloplaya” cuando estos eran los “reyes del mambo”.
Para hacer una idea de mi valor comercial diré que tenía un buen empleo en una entidad bancaria: seguridad, buen sueldo y tiempo libre, sobre todo los fines de semana a partir del sábado al mediodía. También hacía deporte, me cuidaba, era guapo, vestía bien y sobre todo, tenía una gran seguridad en mí mismo. Y, casi se me olvida, tenía pelo.
La cuestión es que todos los fines de semana oteaba cuanto se ponía a tiro y siempre me llevaba al huerto alguna de las más bonitas flores del jardín del Eden. Y, salvo excepciones muy puntuales, la flor de mi solapa era nueva cada vez que me ponía el traje.
Qué años aquellos en que la alopecia no me había venido a visitar para ampliar el brillo de mi cabeza.
Me marcharon estupendamente las cosas durante varios años, era casi aburrido. Hasta que ella, mi mujer, Susanna, me pescó. Y no es broma que lo hiciera, me pescó literalmente.
Fue durante unas vacaciones en Ibiza. Estaba haciendo esquí acuático, pasando una y otra vez por delante de un grupo de chicas “tontitas”, mis favoritas para usar y tirar.
Que curioso, hoy pensaría que era un degenerado, pero lo cierto es que yo nunca engañé a nadie. Ellas aceptaban de antemano mis malas condiciones para ir con el guaperas una vez y sabían que allí acababa todo, por mucho que algunas, a posteriori, fueran capaces de negarlo.
Pues a lo que íbamos.
Resulta que, para captar la atención de aquellas damiselas, decidí hacer algunas piruetas, con tan mala suerte que en un giro con cambio de mano, me crucé con la ola de la lancha y salí volando por los aires para caer de jeta en el agua. Quedé aturdido y boca abajo. Casi me ahogo. Pero por fortuna apareció aquel ángel y me pescó con un bichero desde su barca.
Como de bien nacidos es ser agradecido, la invité a cenar, pero una cena de verdad en un buen restaurante. No la típica cena turística que por aquel entonces confundía con los preliminares.
Ella aceptó con una sonrisa.
En un principio me lo planteé como una cena formal, pero resultó ser muy entretenida, ambos teníamos muchos temas de los que hablar y descubrí cuán agradable era conversar con una persona inteligente.
Después de la cena fuimos a pasear por el puerto, no quería que aquella estupenda velada acabara tan pronto. Conforme transcurría el tiempo me sentía más a gusto.
Susanna no tenía el aspecto físico de las chicas con que solía enrollarme. Era atlética, casi musculosa, su cara brillaba con cada sonrisa, pero sus facciones denotaban una enorme personalidad. No era la chica que te hacia girar la cabeza al pasar por la calle, pero era la que, una vez la conocías, conseguía que no fueras capaz de girar la cabeza cuando pasaba otra chica. Dicho vulgar y gastronómicamente, hasta que no conocías a Sussana no sabías cual era la diferencia entre York y Jabugo.
Aquel verano murió el último gran “chuloplaya” y hoy, treinta años después, con el mayor dolor que mi alma pueda jamás llegar a soportar, le digo adiós a la razón que me hizo amar aquel final.
Encierro en mí un millón de recuerdos buenos y malos, pero ni los unos ni los otros cambiaría por nada… Bueno sí, los cambiaría por una sola cosa: por no tener que abandonarte en un húmedo agujero bajo la tierra.
¡Adiós Susanna!
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