Me he tomado mi tiempo para comentarlo porque, aunque había demasiadas cosas que me chirriaban en esta vista del Papa, quería ser objetivo, pero también quería insistir en cuestiones que, aun siendo obvias, no hubiesen sido la base argumental de otras críticas con las que, por desgracia, estoy de acuerdo en su mayor parte.
La cuestión que me preocupa se refiere al discurso
que Su Santidad brindó al Congreso. Un discurso que, por otra parte, dado que
se trata de la cámara de representación política del pueblo español más
importante, no debería permitir que el Papa se asomara a ella como jefe supremo
de la Iglesia católica, dado que, supuestamente, somos un Estado aconfesional.
Así pues, su presencia en el púlpito de esa cámara lo hacía en calidad de Jefe
de Estado del Vaticano, como líder político, como figura de referencia en las
relaciones internacionales y no, como tristemente se personó, como “referente”
moral de nada. Menos aún, León XIV no podía cuestionar aquellas leyes
sancionadas por aquella cámara, con respeto a la Constitución, y que a él y su
particular moral religiosa les parecieran mal.
Se
puede entender que el Papa criticase personalmente a los políticos por sus
hipocresías, sus debilidades humanas y por su bajísima calidad humana, pero de
eso a meterse con cuestiones que hacen referencia a los valores políticos de un
país extranjero (como jefe de Estado del Vaticano, en este caso, seguiría
siendo extranjero aunque hubiese tenido pasaporte español durante toda su vida).
Así
pues, que la mayoría de los políticos presentes aplaudieran durante 7 minutos
al Sumo Pontífice, solo nos habla del bajísimo nivel político de nuestros
políticos, mientras el propio discurso
nos cuenta que León XIV no entiende aún cuándo es el líder religioso y cuándo el
líder político. En su disculpa diremos que los medios de comunicación de
nuestro país van igual de despistados, ya que, siendo este un estado
supuestamente aconfesional, el seguimiento exagerado de sus actos religiosos a
la par que el de sus actos políticos indica una preferencia religiosa
imperdonable.
¡Que el
gran dios espagueti los perdone a todos!
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