miércoles, 11 de junio de 2008

Mucho más en juego de lo que nos cuentan.


Imagen tomada de la web de la CGT.

En España todo el mundo sabe que los camioneros están de huelga, es algo que se nota. También es sabido por muchos que los pescadores están en lucha. Los medios de comunicación, en ambos casos se han hecho eco de ambas circunstancias, también los estantes vacios de muchas tiendas han sido bastante gráficos a la hora de recordárnoslo. Pero quien ha oído hablar de las huelgas en Telefónica. ¿A nadie le parece extraño que una empresa cuyos empleados superan en número a todos los camioneros y pescadores juntos no tenga una sola y minúscula reseña en la prensa después de tres semanas de lucha?


La prensa no sólo se hace eco de la opinión pública, también la genera. Es fácil simpatizar con los pescadores cuyo trabajo tiene tantos riesgos y tan pocos beneficios, sus obreros están en la base de la pirámide alimenticia del capitalismo, así, aunque sus acciones nos afecten sólo de forma relativa, conviene hacerse eco ya que esa información puede vender periódicos. En el caso de los camioneros es evidente que nos afecta muy directamente y, por tanto, se puede hacer un uso político de su causa. Para la prensa ligada a la oposición los camioneros, o bien luchan justamente contra la infame política actual o bien el gobierno no ha tenido bastante mano dura ni ha sabido asegurar los derechos de quienes no quieren hacer huelga que serán, sin duda, la mayoría. Para la prensa gubernamentalista los camioneros están afectados por un problema internacional y, aunque su causa es justa, deben aceptar las propuestas que se les ofrecen o de lo contrario serán los “malos”.


Y después de los transportes y la pesca ya no hay más trabajadores afectados por los abusos de poder y la actual crisis del petróleo, etcétera.


Pues, señoras y señores, Telefónica está en lucha.


--¿Por qué quieren que se les suban los salarios?


--¡No!


--¿Por qué quieren trabajar menos horas?


--¡No!


--¿Por qué quieren jubilarse antes?


--¡No!


--¿Pues qué coño quieren ahora estos mimados de la vida?


Sí señores, la gente piensa que los empleados de la multinacional española se alimentan de caviar y champagne. De hecho, hace unos pocos meses, la misma prensa que ahora niega el derecho a divulgar la verdad sobre esa empresa, publicó una serie de encuestas donde los jóvenes españoles manifestaban sus preferencias a trabajar allí antes que en cualquier otro lugar, como si fuera el no va más. Sin duda prevalece la imagen de aquel empleado casi funcionarial de hace veinte años, cuando Telefónica era el símbolo de los logros sindicales que servían después como imagen para las demandas del resto de trabajadores del país. Pero la realidad es que, desde 1990 las cosas han cambiado hasta niveles indescriptibles. En aquella época los beneficios laborales se aproximaban a los de los funcionarios, con la ventaja de trabajar en una empresa ligada a las venideras revoluciones tecnológicas que empezaban a despuntar por el horizonte.


Algunos sindicatos, a comienzos de los noventa, también se dieron cuenta de que las telecomunicaciones estaba punto de dar un cambio radical e intentaron sacar hacia adelante un convenio de sector para prevenir futuras fisuras en otras empresas del ramo. Muchos creían que serían los empleados de la multinacional quienes se opondrían por su cómoda posición, pero se equivocaron. Los juegos olímpicos de Barcelona 92 y la Expo de Sevilla habían generado gran cantidad de trabajo al que todas las empresas de telecomunicaciones, en aquellos momentos encabezadas por Síntel, Amper y Abengoa, se prestaron a asumir como contratas de Telefónica. Hubo gran cantidad de trabajos extras que supusieron salarios mensuales, para muchos de sus empleados, superiores al millón de las antiguas pesetas (para hacer un fácil cálculo, el salario de Cándido Velázquez, presidente de Telefónica entonces, era de 750.000 pesetas mensuales, más unos gastos de representación anuales de 8 millones). Ahora ya pueden hacerse una idea de quién se negó a luchar por el convenio de sector que unido al poco interés de CC.OO. y UGT que eran y aún hoy son, los sindicatos con más poder, hicieron fracasar una oportunidad única para salvar el desaguisado que años después llegaría. Hoy, ninguna de esas tres empresas punteras del sector entonces, significa nada en el nuevo paisaje de las telecomunicaciones, de hecho... quién no recuerda lo que pasó con Síntel años después. Dado el esfuerzo que unos hicieron y otros no, sólo puedo decir que la avaricia rompe el saco, pero, por desgracia, no sólo lo hace con el del avaro.


Así perdieron su oportunidad los empleados de Telefónica ampliando su lucha hacia quienes les dieron la espalda y con una tercera columna formada por “los sindicatos de clase”. Y, pocos meses después, las nuevas leyes de huelga acabaron con la única herramienta de lucha eficaz que esos trabajadores conocían. Después de aquello, unos servicios mínimos abusivos, amparados en aquella fatídica ley que UGT y CC.OO ayudaron a consensuar, imposibilitan una cierta eficacia de ese derecho fundamental de los trabajadores.


Hoy Telefónica ha creado empleados que lo tienen que saber todo sobre todo y estar en todas partes, a todas horas y cubriendo todos los errores que sus imaginativos directivos puedan cometer. Con menos trabajadores, mayores niveles de servicios y tecnologías inabarcables para neófitos. Sí, es cierto que el salario es ligeramente superior al que ganan algunos trabajadores especializados de otros sectores menos complicados tecnológicamente, pero sus conocimientos, seguramente, tienen un mayor valor fuera de su ámbito laboral, lo que les permite saltar de una empresa a otra sin notables perdidas adquisitivas. Así los trabajadores de Telefónica y la compañía tienen una relación de mutua necesidad que de no existir la quinta columna de CC.OO y UGT se podría resolver satisfactoriamente para ambos lados. Desgraciadamente, la ruptura de este equilibrio ha dado la fuerza suficiente a la compañía para ir limitando y destruyendo las prestaciones sociales de que disfrutaban los trabajadores sin obtener nada a cambio y, además, complicando y endureciendo su situación laboral día a día. Si a eso unimos una pérdida de nivel adquisitivo de 24 puntos en los últimos diez años por congelación de complementos y las situaciones de abuso y acoso que en los últimos años han llegado a sufrir departamentos enteros, nos podemos hacer una idea de la realidad actual.


Supongo que una vez conocida la evolución de los últimos años algunos creerán conocer la razón de las huelgas actuales… pues permítanme decirles que se equivocan, pero si de verdad tienen interés en saberlo sigan buscando en Internet porque les aseguro que razones no faltan.


Esta vez, en el trasfondo aparece una vuelta más de tuerca al tema de la jornada de 65 horas semanales y otras barbaridades de igual calibre. Si un día los empleados de telefónica sirvieron para avanzar en la lucha obrera de perder ahora arrastrarían con ellos a todos los asalariados de la piel de toro. Porque la prensa calla esta realidad, pero la España capitalista afila sus uñas para imitar este zarpazo si Telefónica logra imponer su ley.


Y todo esto mientras vemos como Pizarro se lleva 10 millones de euros por no hacer nada durante seis meses y largándose voluntariamente y llevándose los secretos de la empresa a un partido político de la oposición. En la que se ha contratado a Zaplana por 1,5 millones anuales para c que compagine su cargo con otros diez en instituciones y empresas que nada tienen que ver. En la que se ficho a Solchaga por un salario desconocido. En la que el actual presidente se bajó el sueldo, hace cinco años, a dos millones de euros anuales (incentivos, stock options y gastos de representación aparte) y tiene un número de ejecutivos de salario desconocido abultadísimo respecto los trabajadores, pero que, sin duda, producen un gasto varias veces superior al de todos los trabajadores, es decir, los que de verdad generan un valor y un beneficio neto a la empresa.


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