miércoles, 26 de diciembre de 2007

El milagro de la Navidad (1962)


No es fácil creer en los milagros cuando Dios es propiedad de tu enemigo y este ya es el dueño de tu casa. Sin embargo, los barceloneses debieron pedir el milagro con mucha fuerza en 1962, porque Dios decidió que era el momento de que la luz de la navidad brillara en los corazones de esa ciudad durante unos días.
Aquellas eran unas frías navidades, como lo venían siendo siempre desde 1936, donde algunos cristales de las ventanas se substituían con cartones porque no había dinero para más. El día de navidad agotaba sus últimos momentos de oscuridad invernal cuando los primeros copos, como descuidadas plumas de antiguas almohadas, se empezaron a dejar caer, como con vergüenza, por aquí y por allí. Primero parecía que aquello pararía, después que no, después… los niños pegaban sus naricillas al helor de las ventanas y, en silencio, animaban a las nubes para que dejara ir toda su carga de blanca navidad. Muchos deseos se agolpaban en aquellos copos que ya no tuvieron freno, para alegría de los pequeños, para sueños de los adultos y para malos presagios de algunos viejos que ya habían vivido historias de todos los colores.
Unas veces más fuerte y otras más suave, la nevada prosiguió toda la tarde y toda la noche para amanecer un día de Sant Esteve radiante y blanco con 65 centímetros de níveo espesor en las calles. Fue el día más feliz en muchos años para los niños de la ciudad Condal, pero un día muy laborioso para sus padres que debieron subirse a los terrados para quitar las enormes cargas del helado peso que hacía peligrar sus frágiles viviendas.
Una sonrisa cubrió Barcelona, pero que, en los días siguientes ya se entendió, salvo para los más pequeños, como una peligrosa amenaza a la vida de la ciudad. Una ciudad que, por la falta de costumbre, estaba indefensa ante la amenaza de la nieve. No había máquinas capaces de mover aquella ya insidiosa amenaza blanca y se tuvo que pedir ayuda a Andorra.
Andreu Claret i Casadesús era un republicano de pro, exiliado primero en Francia y luego en Andorra donde se había convertido en el responsable de mantener, entre otros, el puerto de Envalira libre de los impedimentos que le asestaban las continuas nevadas haciendo que el lado francés y el español, del pequeño país pirenaico, estuviesen siempre bien comunicados. Aquellas máquinas y aquel hombre son los que debían venir al rescate de Barcelona. Un hombre que era “persona non grata” para las autoridades franquistas dados sus artículos tachando de asesino al dictador Francisco Franco y reconocido republicano que desde el país vecino se asomaba a las conciencias de quienes habían apoyado al régimen de terror que ahora gobernaba las horas de España. Uno de esos, el alcalde Porcioles, aún mantenía la amistad con aquel exiliado y no dudó en pedirle ayuda, a pesar del significado, por el bien de Barcelona. Y entre tanto, los enviados del gobierno central, los falangistas, los franquistas más duros, tuvieron que comerse sus rabietas porque ni el ejército había sido capaz de solucionar el problemático momento que vivía la ciudad.
Unos días después de que el milagro blanco de la navidad bañara las vidas y las calles de los barceloneses, se dio otro pequeño milagro que muchos recordarían muchos años. Una fila de vehículos adaptados para retirar las nieves llegó a Barcelona, al frente de la comitiva, de pie saludando a los muchos ciudadanos que le recibían entre aplausos, Andreu Claret “el hombre de las nieves”, un republicano que llegaba para liberarles de la tiranía… de la nieve.
Andreu volvería a Andorra después de plantar la semilla de la esperanza en el corazón de mi ciudad y ya no volvería hasta la muerte del dictador. Pero entre los duros días de aquella España tercermundista, había colado un mensaje que algunos tradujeron por “Dios existe y no vive en El Pardo”.



Andreu Claret Casadesús murió el 4 de Enero 2005 a la edad de 96 años. Fue fundador de ERC aunque no participó en ninguno de los gobiernos de la Generalitat de su partido. Era un personaje muy conocido por sus conocimientos sobre la nieve que le valieron el sobrenombre de “hombre de las nieves”, sin embargo, los sucesos de 1962 y su entrada triunfal en Barcelona, bien merecen este recuerdo.
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