domingo, 8 de julio de 2007

Días de lluvia


No me gustan los días de lluvia y no es precisamente por el barrizal que se forma delante de casa y termina por mancharlo todo, tampoco es por esa gotera del comedor con la cual ya me he acostumbrado a vivir, ni tan siquiera porque el perro del vecino ladra a las gotas de agua hasta desquiciarme de los nervios. La verdadera razón de mi aversión es que sólo llueve cuando me he dejado el paraguas en casa.

Seguro que durante la mañana la ventana de la oficina ha mostrado un día dudoso, pero que se resuelve en diluvio justo a la hora de salir.

Regresar a casa protegiéndose bajo los balcones y arrimándose a las fachadas de los edificios es desagradable, pero no es lo peor. Encontrarse a alguien en dirección contraria tan desprotegido como tú es solo relativamente molesto; pero lo realmente lamentable es el más que habitual desaprensivo que, a pesar de ocupar la acera del lado de la calle que no le corresponde y llevar un enorme paraguas, empuja la punta de este hacia adelante y se pega a la pared para ensartarte a lo bárbaro con la sana intención de preparar un pincho moruno con aromas de lluvia.
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