viernes, 2 de febrero de 2007

Derechos de autor, patentes, propiedad intelectual y derechos de pernada (una vuelta de tuerca más al estado farenggi)


Imagen tomada de www.startrek.com

El recientemente desaparecido doctor Watson (no el de Sherlock Holmes sino el compañero de Creeck) dirigió el proyecto “GENOMA” durante sus más gloriosos años, escribió que se indignaba porque determinadas empresas, por lo general de la rama farmacéutica, patentaban cada una de las secuencias que terminaban de descifrar y todo ello sin dar nada a cambio a los cientos de investigadores que antes habían abierto el camino a ese descubrimiento. La patente le daba a esa empresa derechos económicos sobre las aplicaciones que se obtuvieran en un futuro sobre esa secuencia. Una perfecta empresa farengi.

En aquellos momentos se desencadenó un gran debate e incluso se llegó a pedir que cambiaran las leyes para certificar patentes y los más progresistas condenaron la apropiación comercial con exclusividad de lo que sólo a la naturaleza pertenecía.

Desgraciadamente aquel momento pasó como hoja que lleva el viento y las grandes corporaciones mantuvieron sus privilegios. Pero llegó un escándalo que aún hoy colea. Las empresas farmacéuticas durante muchos años han “robado” muestras de plantas y animales y fórmulas tradicionales de países tercermundistas, sin declarar ni pagar nada a cambio. De esos productos obtenidos irregularmente extraían sus principios activos que patentaban. Después, algunos de esos principios terminaban convertidos en medicamentos a los que extraían un beneficio comercial brutal, dándose la circunstancia de obtener una homologación sanitaria en el país de origen que no se otorgaba a la cura tradicional. Lo peor del caso es que en ocasiones la medicina llegaba a diferir poco de la medicina tradicional.

Las empresas farmacéuticas trabajan con productos que, a menudo, son la diferencia entre la vida y la muerte, sin embargo, bajo ningún concepto permiten reducir su beneficio comercial. En África una enorme cantidad de gente pobre muere de SIDA, sus países, totalmente arruinados por las multinacionales y sus colateralidades, como consecuencia los enfermos mueren sin ninguna clase de tratamiento y la enfermedad se extiende como un incendio forestal. Se pidió a las empresas farmacéuticas condiciones especiales y fueron cicateros, no ayudaron a solucionar el problema, así que finalmente, algunos de esos países decidieron hacer genéricos para el tratamiento del SIDA. Hoy las empresas farmacéuticas están poniendo todos los palos a las ruedas de esos proyectos como pueden, incluidas amenazas políticas de algunos países dominados por las multinacionales como Estados Unidos. Lo paradójico es que esas mismas empresas deben millones de euros de sus beneficios a los productos que previamente extrajeron ilegalmente de esos países.

Cuando era pequeño me gustaban mucho las historias de piratas, en especial las del cine. Ver a Burt Lancaster saltando de tejado en tejado y manejando la espada era un deleite. En toda historia de piratas había piratas buenos y piratas malos. Los que, según el guión, robaban ricos galeones que venían de expoliar América y los que asesinaban por una pieza de oro y se vendían al mejor postor. Seguro que la realidad de la época original era antes la segunda que la primera y el bien siempre estaba rodeado de mal. Sin embargo, que niño no anhelaba ser un romántico pirata de los primeros.

Hoy el término pirata ha resurgido en los campos comerciales y en el mar de Internet. Hoy, como entonces, hay piratas románticos y piratas malvados, en cualquier caso su final es el mismo y aunque ahora no existe la horca, el pirata que transgrede las leyes que han impuesto los poderosos, es aniquilado. Hoy, como antaño, colgara virtualmente del palo mayor de la nave insignia o pactará con el gobernador de turno una multinacional, un nuevo Port Royal que le dará patente de corso y, tal vez, le hará jefe de su seguridad, si traiciona a suficientes excolegas.

Ayer los piratas usaban ágiles veleros fuertemente armados, hoy sus armas son un crackeador para los piratas de la copia y un troyano para el hacker que busca nuevos puertos donde fondear y si hay suerte arrastrar megas de información confidencial. De estos últimos, de los hackers, se han formado los sueños de los niños de hoy.

-¿Qué vas a ser de mayor?

-Yo quiero ser HACKER.

¿Qué hace tan atractivo a este pirata? ¿El anonimato? ¿La osadía y el riesgo? ¿El beneficio?... ¡No! Lo que le hace tan atractivo es su enemigo. Un enemigo al que todos toleramos porque no nos queda más remedio (o eso creemos). El hacker que soñamos es un luchador romántico que se introduce en las redes de las grandes corporaciones buscando datos sucios que las comprometan, es el que copia programas sobrevalorados y los crackea en las narices de SGAE y BSS, mientras estos lanzan sus piratas malos con patente de corso a romper conexiones y averiar PC’s que contienen copias ilegales.

Pero el cerco se estrecha y las sociedades de autores cobran un canon, una especie de impuesto revolucionario terrorista, por adquisición de cintas vírgenes, CD’s gravables y dicen que pronto por el papel en blanco y tal vez por las hojas de lechuga.

De tanto en tanto cae un pirata, si tiene aptitudes el mundo farengi le ofrecerá trabajo a cambio de eliminar condena, sino directamente a galeras; solo de tanto en tanto, con ayuda de algún astuto abogado, logra salvar los escollos y evita acabar entre rejas.

Mientras quede una mula descargando o un hacker navegando, el estado farengi no podrá extenderse impunemente sin temor.

Mientras quede un poema binario quedara esperanza en la red.

Todos lo sentimos en nuestra piel, no hacen falta ejemplos. Las grandes empresas, a expensas de los ciudadanos, se benefician de las leyes relacionadas con las patentes, derechos de autor y propiedad intelectual. Y cuando una de esas leyes, en cualquier país, deja cabos sueltos, no hay duda de que presionarán y presionarán hasta taponar la fuga.

Es curioso que se haya establecido un tribunal internacional para juzgar los crímenes contra la humanidad. Sin embargo, a nadie escapa que cuando hablamos de derecho internacional, siempre tiene razón el que tiene los “misiles más gordos” y tras él, sin lugar a dudas, se escudarán los miembros del estado farengi. Hoy por hoy, parece que EE.UU. tiene los misiles más poderosos, así que las multinacionales más importantes tienen sede en ese país, pero las que no la tienen también están, por lo general, con su política.

No es de extrañar que las leyes y normas internacionales que siempre tienen posibilidad de cumplimiento son las comerciales y no es un estamento jurídico quien encauza el debido cumplimiento sino la OMC. De este modo hablar de derecho internacional es hablar de reglamentación del estado farengi y claro, la estrella son los derechos de autor, de propiedad intelectual y de patentes. Con esto se dominan la cultura, la ciencia y la tecnología, es decir, el pensamiento humano. Así es como el estado farengi ha creado fundaciones de proyección internacional, pero de carácter privado para proteger, sobre todo, la propiedad intelectual. Curiosamente, estas asociaciones tienen atribuciones tales como hacer abordajes en el mar de Internet, es decir, introducirse en una red informática privada cual pirata informático, que lo son, y causar el daño que se les antoje con la excusa del uso de software ilegal.

¿Es qué ser pirata con patente de corso no es delito también?

No entiendo (es un decir) como los estados de derecho no tomen cartas en el asunto, seguro que hay hackers honrados dispuestos a colaborar con la causa de aniquilar a estos peligrosos corsarios. Sin embargo, los estados a un colaboran de buen grado con las BSS’s y las SGAE’s del mundo, y les dan una credibilidad que no merecen aceptando sin rechistar las propuestas y presiones, dándoles atribuciones que no les pertenecen y dejando de sancionar las más que posibles malas acciones de que alardean.

La propiedad intelectual se ha convertido en un caballo de batalla importante y es que si bien es justo que el creador de algo cobre por el uso de su creación, ya no lo es tanto cuando los maestros del marketing convierten ese algo en un standard pues entonces
Pasa a convertirse en un monopolio. Tampoco es justo que el necesario beneficio implique el desahucio para una parte de la humanidad… como ocurre con el elevado precio de algunos medicamentos insustituibles. Cuando los derechos de autor, de propiedad intelectual o de patentes, se convierten en un abuso, el pirateo, a su vez, pasa a ser la única opción razonable, ya que los legales poseedores de derechos pasan a ser el barco negrero que esclaviza a la humanidad.

Y ahora tomemos a Microsoft como ejemplo (ejemplo facilón). No es justo que cobre altos precios por sus programas si quiere que sean standares. La versión de Windows de turno está sobre los 120€ y aún se puede considerar accesible, pero con solo el sistema operativo no se trabaja y esta casa aún ha creado un nuevo Standard de ofimática: la suite Office que en su versión incompleta supera siempre los 300€. Se puede entender que el uso profesional de esos programas implique un fuerte precio, pero el uso personal no debería ser penalizado de esa manera. Ellos (las empresas de informática) han generado una gran necesidad, ya no se puede vivir sin ordenadores, pero a un tiempo han parcelado todo lo relacionado con ese mundo y se han decidido a cobrar altos dividendos por todo. Hoy en cualquier casa que se tenga un PC hay un mínimo de 600€ en diferentes programas adquiridos, otros 1000€ en programas promocionales o regalados, más shareware y freeware, y aún así seguro que habrá el equivalente a otros 3000€ de programas de dudosa legitimidad… ¿tanto software se usa?... la respuesta es no. Esos programas se usan una o dos veces y luego quedan aislados en el disco duro hasta que decidimos borrarlos para poner otros nuevos. Aún crees que un particular debe pagar 300€ por el Office… De todas formas como casi cada año Microsoft sacará este uno nuevo con nuevas facilidades y nuevas codificaciones que serán nuevo Standard y te obligara a actualizarte por otros 300€… ¡Jesús!


El estado farengi jamás hace ascos al dinero, pero jamás acepta su responsabilidad. Por ello, si no es capaz de controlarse, el estado farengi debe abolirse.
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