viernes, 6 de septiembre de 2013

Manipulación del lenguaje y neoliberalismo.



Actualmente y más concretamente en España, la manipulación del significado de las palabras ha adquirido un tinte político orientado a beneficiar a unos y perjudicar a otros. El procedimiento es sencillo, alguien, con un interés muy determinado, adapta el significado de una palabra, ya sea sesgándolo o inventándolo totalmente, y genera un discurso para alimentar esa adaptación al nuevo significado. A continuación ese nuevo término debe ser aprobado por sus allegados políticos y, a continuación, la prensa afín lo lanza machaconamente hasta que las masas no entienden otro significado.
Esto, en los últimos años, se ha llevado a cabo de forma tan machacona que, algunas palabras, hay personas que no son capaces de recordar que hace muy pocos años tenían un significado totalmente diferente.
Quien dice palabras también dice familias de palabras. Porque en ocasiones, de una misma raíz han evolucionado palabras con significados contundentemente diferentes, sin embargo, cuando a estos manipuladores del lenguaje les parece interesante, se reagrupan todas las variantes que a ellos les interesan y las asocian al significado de la palabra que a ellos les parece más útil a sus propósitos.
Llegados a este punto seguro que todos conocemos unos cuantos ejemplos, no en vano la derecha española, que en este ámbito posee más poder que nadie, ha estado muy prolífica durante la última década y media. Eso no quiere decir que las demás fuerzas hayan escatimado esfuerzos en este campo, pero tenemos que rendirnos ante la contundencia de los medios de comunicación de la nada conservadora (lingüísticamente hablando) derecha española.
Como no, la palabra elegida para ilustrar este artículo va a ser “nacionalismo”.
Esta palabra, hasta hace un par de décadas, estaba enraizada en los valores del ejército franquista por extensión de una serie de términos que partían del llamado “Bando Nacional” o a sus miembro conocidos como “nacionales” en que se encuadraban a franquistas, católicos, aristócratas, monárquicos, fascistas, carlistas y algún que otro antirepublicano de carácter indefinido. La supuesta característica principal de esta coalición bélica (o más bien el supuesto pegamento de este grupo heterogéneo) era su nacionalismo español, aunque todos sabemos que detrás solo había un interés económico y una desmesurada ansia por recuperar el poder perdido con la abdicación de Alfonso XIII. Sin embargo se vendió la gloria de esta denominación hasta que, con la llegada de la llamada Transición, el término se desgastó rápidamente entre las voces de bar y los gritos de las manifestaciones. Si el franquismo había introducido un halo de terror a las palabras “rojo” y “comunista”, los primeros años de libertad para hablar habían asociado a los nacionales con Falange, el fascismo y una imagen de Franco muy alejada (y más real) de la que durante 40 años habían pretendido inculcar las autoridades. La recuperación de las imágenes del dictador saludando a Hitler en Hendaya que se habían escondido durante los últimos años del franquismo, terminaron por dar forma a todo esta nueva visión del término.
Sin embargo, mientras el bando nacional recuperaba su verdadera imagen, la palabra “nacionalismo” y sus hermanas “nación” y “nacionalista”, a penas se veían afectadas porque el franquismo había desarrollado en sus últimos años otro término más cercano y castrense: “patria”, con sus derivaciones “patriotismo” y “patriota”. Tanto es así que la gente al ver a esos individuos que se desvivían por la bandera bicolor franquista, ahora la monárquica, pero que miraban por encima del hombro a un pueblo “soberano” al que en privado llamaban chusma, ese mismo pueblo les llamaba a ellos “patrioteros”. Así se acuña el término “patrioterismo”, enraizado en la misma “patria” que sirvió de inspiración a los otros.
Pero si de entrada las derivaciones de “nación” se salvaron en un principio, qué la hizo de nuevo objetivo de los cambios más tarde.
Bueno, como hemos visto, en los inicios de la actual etapa postfranquista, era el pueblo el que adaptaba el significado de las palabras. La gente estaba cansada de hablar en voz baja y, en cuanto pudo, dio rienda suelta a la palabra libre y desatada, con lo que el lenguaje adquirió, por un tiempo, una viva faceta de adaptación a la filosofía de la calle. Por desgracia, los medios de comunicación, auténticos profesionales de la palabra, descubrieron la fuerza de aquellas transformaciones, de ahí a pulsar esa tecla para modificar las opiniones, solo había un paso; pero como, además, los medios de comunicación necesitan grandes inversiones de dinero y este solo puede estar en manos  de los ricos que, por lo general, comulgan más con las posturas de derechas que con las de izquierdas… Bueno, con todas estas claves pueden terminar la frase ustedes mismos.
Sin embargo, aún debieron pasar muchos años para que la palabra “nacionalismo” fuese usada en tono despectivo.
Para entender esto debemos volver a la lista de las corrientes ideológicas que apoyaron a Franco en su cruzada por “liberar España” y veremos que faltan dos grupos esenciales para entender al grueso de la derecha española actual: Los conservadores y los neoliberales.
Los conservadores sí existían en aquellos tiempos, pero no todos estuvieron con los rebeldes, es más, algunos de los que si lo estuvieron, tras los primeros “años triunfales” de brutales persecuciones a los vencidos, decidieron exiliarse, como sucedió con el líder de la CEDA, Gil Robles. Y es que entre el conservador tradicional puede guardar un cierto grado de espíritu democrático, aunque, como también pudimos ver, puede ser superado por sus posturas inmovilistas.
Los conservadores de hoy no se diferencian en nada de los de ayer y, supongo, tampoco lo harán con los de mañana, por eso se les llama conservadores. Dos ejemplos claros, aunque de diferente orientación dentro del conservadurismo, son Herrero de Miñón y Álvarez Cascos. Como diría cierto entrenador de fútbol, no hace falta decir más.
El otro grupo son los neoliberales, y estos si que no existían en tiempos de la Guerra Civil. Por aquel entonces existía otro grupo que podía marcar su origen, pero que no tienen que ver nada con su actual forma. Hablamos de los “liberales”, que mayoritariamente se alinearon con la República (de hecho también fueron el origen del republicanismo y gran parte de los nacionalismos vasco, gallego, catalán y andaluz). No en vano liberalismo y conservadurismo habían sido las tendencias políticas que se apoltronaron y alternaron en el poder antes de la dictadura de Primo de Rivera.
Sin embargo, aún partiendo de esas cañas, es a partir de los años 70 que, gran parte del liberalismo adquiere tintes económicos alimentado con las teorías de la escuela austriaca, aunque, eso sí, introducido y manipulado por la tristemente famosa escuela de Chicago.
Como ya he explicado alguna vez, el liberalismo nos habla de un mundo en color rosa a través de la libertad total de los mercados, pero no nos advierte de que la proliferación del gigantismo empresarial distorsiona y corrompe los mercados e incluso se introduce en los gobiernos para imponerles sus reglas. Nace así el neoliberalismo como producto de la visión distorsionada de una utopía: el liberalismo económico.
Una vez creados los tentáculos de poder, el neoliberalismo se convierte en un sistema político antes que económico. Las bases del neoliberalismo son el beneficio personal, el control del poder por encima de todas las cosas y una camaleónica hipocresía necesaria para manipular todos los artilugios para alcanzar y mantener el poder, y especialmente las democracias.
La llegada del neoliberalismo vuelve a servir de pegamento para unir a todas las facciones de la derecha (y no solo en España), no negándose ninguna herramienta para alcanzar sus objetivos, tanto políticos como personales. También podemos entender esta corriente filosófica como el final de capitalismo, al que también han destruido.
Toda una vida viendo películas donde las fuerzas de la oscuridad pretendían adueñarse del mundo, para que un héroe nos salvara en el último instante, y ahora que han llegado las verdaderas huestes del mal, no vemos a ese héroe por ninguna parte.
Pero no adelantemos acontecimientos y volvamos a Mayo de 1983. Cuando la izquierda, a través del PSOE ha ganado las elecciones en España. Muy pocos nos imaginábamos entonces que aquel suponía el cambio entre el dominio de la derecha tradicional franquista y la del neoliberalismo que se iba a colar, poco a poco, por todas partes.
Porque sí, el PSOE era entonces un partido de izquierdas, aunque hacía poco que había renunciado a su marxismo, pero la llegada al poder les enfrentó con el mundo entero. Felipe González, en seguida, voló a Washington para reunirse con miembros del gabinete de Ronald Reagan y apaciguar los ánimos ante la llegada del peligro rojo al poder en España. No sé si esas reuniones pusieron las bases para que España entrara en la OTAN, pero el caso es que después de varios años diciendo “no a la OTAN” el PSOE marcó su primera deriva hacia la derecha en la firma de ese tratado.
Bueno, el tema OTAN contiene una falacia generada por el tiempo, pero lo cierto es que España solicitó su ingreso en 1981, con la UCD en el poder y con la oposición del PSOE. El PSOE lo que planteó fue un engañoso referéndum sobre la permanencia, ya que después de años diciendo no a ese tratado, de repente orientaba al pueblo que votara “SÍ” en ese referéndum. De todas formas lo que nos interesa no es la OTAN ni el referéndum, sino ese cambio de actitud producto de filtraciones e influencias de ese otro verdadero poder circulante.
Quien no recuerda al ministro de economía Miguel Boyer que nacionalizó Rumasa y que, años después, se convirtió en el presidente de Banesto y otras empresas hasta acabar como uno de los defensores del “liberalismo” y encuadrado en la fundación FAES ligada al entorno más neoliberal del PP.
De igual manera que Miguel Boyer ha atravesado las barreras que le hicieron pasar de ser el economista que llevó a cabo la primera nacionalización empresarial con Rumasa a un neoliberal con carné, todos aquellos esperanzadores políticos de la izquierda fueron quemando fases mientras el neoliberalismo quedaba patente en sus acciones políticas.
En 1996 el PP de Aznar gana finalmente las elecciones y con el apoyo de CiU y PNV instaura un régimen liberal, según ellos, y plenamente neoliberal, según sentimos en nuestras carnes hoy por la deriva que tomaron sus acciones de entonces.
Cuando el PP llega al poder solo hacía unos pocos meses que la economía española había retomado su senda de crecimiento tras la crisis del 1993. Una recesión económica de las que debimos aprender mucho, pero que no aprendimos nada. La llamada burbuja olímpica o de la Expo, nos había lanzado a construir por encima de las necesidades del país y en cuanto quedó atrás la fuente de actividad que generó toda esa acción, la economía se había desmoronado. Afortunadamente muchos sectores habían quedado sin tocar igual que muchos entendieron que gran parte de la actividad, sobre todo los índices de construcción, eran algo eventual y se habían preparado para ello. Con todo, el grueso de la crisis se había alargado hasta 1995 apoyado por algunos escándalos políticos que hoy parecen casi de juguete comparados con los del momento.
¿Bueno, y que tiene todo esto que ver con la manipulación del lenguaje?
Como ya hemos dicho, la actividad política es la fuente generadora de ese fraude con las palabras. Un Gobierno que tiene mucho que esconder es la mayor fuente de esa tergiversación intencionada de los términos, pero, como también hemos sugerido, esa malversación de los significados no cobra fuerza o se homologa, hasta que los medios de comunicación extienden ese significado, generalmente por subjetivación.
La doble crisis, económica y política, con que tuvo que enfrentarse el PSOE, fue una fuente aparentemente inacabable de “reformas lingüísticas” ideadas para protegerse, pero ya dejamos intuir que la mayoría de esos medios de comunicación comulgaban más con las tesis de partidos más a la derecha (todo y que tras la crisis el PSOE ya no era un virginal partido de izquierdas y que sus tesis neoliberalizadas había traspasado, por mucho, las fronteras de la derecha). Por eso, mientras el PSOE creaba un nuevo idioma cosmético que disimulaba las arrugas de su gestión, la poderosa maquinaria de la derecha abría brechas lingüísticas en la concordia del país para hacerse sitio. Así, mientras el PSOE tapaba el escándalo del GAL, el PP se ensañaba con el país vasco haciendo equivaler ese gentilicio al término etarra. Puede que hoy nadie lo reconozca, pero yo he escuchado a personas, sospechosas de votar al PP por aquel entonces, decir sin rubor que los vascos eran unos etarras… a Federico Jiménez Losantos, entonces baluarte de la COPE y martillo de herejes, también se lo he oído.
Sí, fue esa la época en que se manipuló el significado de la palabra “nacionalismo” para meter en el mismo saco al partido que en Euskadi podía hacer sombra al PP  desde la derecha: el partido nacionalista vasco (PNV). Así fue como el nacionalismo empezó a ser malo. De nada sirvió decir que el PNV no era HB porque por aquella época había un señor, que era un terrorista “arrepentido” del grupo terrorista GRAPO, que le dio por empezar a escribir sobre historia. Como este señor tan arrepentido tenía sus musas en los medios de comunicación que le daban de comer, hizo del PNV su fuente de inspiración y buscó la vida y milagros de su fundador, Sabino Arana, y que el mismo se encargó de decorar, sin tener en absoluto en cuenta el tiempo y los lugares donde vivió esa persona, pero convirtiéndole en un monstruo que justificaría, décadas después de su muerte, la rebelión franquista.
No sé si fue la mano de este historietista (palabra inventada por los historiadores profesionales para llamar despectivamente a estos autodenominados “historiadores revisionistas”) o solo el resultado de sus indicaciones, quien asoció los términos nacionalismo y nazismo, pero cuando en 1996 el PP ganó sus primeras elecciones, esa sociedad ya empezaba a derivar en manipulaciones peores. Porque el PP, señores, nunca dudó en usar el odio y el rencor de los españoles de un lugar contra los de otro, como argumento para ganar votos. Y alguno me dirá que eso no es  neoliberalismo y solo es mala leche, pero se equivocará. Tenemos ahora que recordar que el neoliberalismo es una filosofía destinada a lograr el beneficio propio, sin importar a qué o quien se afecta y haciendo ver que la razón es otra. Ya sé que alguno podría decir que entonces Göering fue el padre del neoliberalismo… y tendría razón.
Lo cierto es que a mediados de los 90, la palabra “nacionalismo” empezó a tener unas ciertas connotaciones negativas, pero con el único objetivo de desprestigiar a todo aquel que no estuviese de acuerdo con las premisas centralizadoras de los de siempre. Por supuesto se tuvo mucho cuidado en desarraigar el término de esa idea centralizadora, aún corriendo el riesgo de verse atrapados en el término “patriota” que era un eufemismo aún más desgastado.
Las elecciones del 96 fueron tuvieron una actividad aterradora en cuanto a la manipulación del leguaje. Unos intentando justificar cosas que ya no se podían justificar y otros intentando convertirse en la opción a base de denigrar a quienes pudieran hacerles la competencia. Por primera vez el nacionalismo vasco, catalán, gallego… incluso andaluz, eran los enemigos de la España democrática. Jamás reconocerían que precisamente la tolerancia e instintos democráticos de la mayoría de esos nacionalismos  habían hecho posible que España tuviese la apariencia de democracia en los años anteriores, eso no les importaba. Ni siquiera cuando el PP necesito de CiU y PNV para gobernar, se pidió perdón o se rectificaron los argumentos, solo se negó hipócritamente haberlos usado mientras la prensa afín seguía machacando con el mismo disco.
Tras 17 años de depurado uso algunos ya no recuerdan cómo nació esa manipulación de la lengua. De hecho he llegado a escuchar a algunas personas (más de una) decir que el diccionario de la RAE equivale los términos nacionalista y nazi. Realmente haría risa de no ser que al final supone una barrera entre seres humanos que ya no pueden entenderse porque les han robado las palabras. Ahora mientras uno dice algo que le parece lógico y que cree perfectamente inteligible, el otro recibe un brutal insulto que no se atiene a la realidad. Si la conversación sigue usando y abusando de esas palabras a las que se les ha introducido ese veneno… hablando ya no se entiende la gente.
A los que saben lo que significa realmente la palabra nacionalista y a los que lo reaprenden ahora, solo les diré que no admitan jamás afirmaciones como la que escuché hace unas semanas:
“El nacionalismo tiene connotaciones negativas en todo el mundo, menos en Cataluña”.
Señores, no dudo que existan algunos lugares en el mundo en que el nacionalismo, por cuestiones particulares, tenga unas connotaciones negativas, ahora bien, la creencia en esa “verdad absoluta de la irracionalidad” eso solo ocurre en nuestro país. Pregúntenle a un ruso sobre el nacionalismo y evocará la época en que las artes de su país destacaron, especialmente en música, con mayor brillantez; pregúntenle a un argentino, a un brasileño, a un norteamericano (y eso a pesar de que existen muchos trabajos en lengua inglesa que han denigrado los nacionalismos, pero al final esa es la base en que se sustenta la “nación americana”)…
Solo les pido, cuando busquen esta u otra palabra en el diccionario, que se atengan escrupulosamente a su significado y no se dejen influir por la deriva publicitaria de muchos textos.

Imagen tomada del blog escritoresadventistas.blogspot.com


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