domingo, 29 de abril de 2007

El valle de los sueños.


Confusa está la noche en piruetas con las luces de la carretera y las nieblas del río. La luna juega al escondite con la bruma y el olvidado castillo se divierte en silencio, escuchando, tal vez, como el agua se escurre entre las redondeadas piedras y el tímido rumor de hojas que, como fricción de aves a la huida con sordina, llega desde la alameda.
No hay nada más. Ninguna otra cosa se escucha y sólo, muy de tarde en tarde, el sordo ronquido de un coche, se atreve a despertar la magia que nos envuelve.
No es verano y no es invierno. El tiempo no existe en el valle. La noche es bella y el día es hermoso. El frío no hiela y el calor se envuelve de vida. El aire, sin vicios ocultos, nos brinda una eterna primavera en los corazones y únicamente dos detalles nos recuerda que somos gentes de este mundo que se ha empeñado en apretar el gatillo dentro de su propia boca: el castillo que nos une a la alejada historia y la carretera, nuestro cordón umbilical que nos ata a la placenta de una madre muerta.
No sobemos cuánto tardará en sucumbir nuestro sueño. Ya nos han amenazado varios constructores con la invasión de sus sucios ladrillos. Sólo queremos vivir en paz, pero sólo es cuestión de tiempo, hasta que alguno de los nativos se deje seducir por el color del dinero. Un dinero que no servirá para pagar el sepelio de nuestro futuro ni el de nuestros hijos.
Al este, el filo de las montañas apunta un nuevo brillo. Y las montañas, ansiosas por mirar hacia aquí, una vez más, se prestan a abrir paso a esa nueva luz: amanece. Y hoy aún es hoy. Quiero respirar la humedad del bosque, el frío de las montañas. Quiero sentir el zumbido de los mosquitos, el trino de las golondrinas… y recordar el aullido de unos lobos que ya no están.
No quiero dormir mientras aquí quede una gota de vida. Quiero vivir este sueño despierto porque, tal vez si me duermo, al despertar descubra un paraíso muerto donde los rebecos ya no bajen a beber al río y no exista un águila que alimente a sus crías. Si me duermo ya no podré soñar nunca más.
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