Durante el discurso de uno de los diputados que apoyaban la consulta
soberanista, el presidente Mariano Rajoy tuvo la desconsideración de dejar su móvil
encendido y recibió una llamada. Este tipo de desconsideraciones son una
muestra de que el Gobierno no tiene realmente una voluntad dialogante, de hecho
es una muestra que pertenecería a la fase del duelo caracterizada por la ira. El
PP se toma como algo personal el Procés, precisamente cuando este hace ya mucho
tiempo que ha superado esa fase. Los problemas con los tiempos, sin embargo,
han sido una constante en Mariano Rajoy.
El “Procés” soberanista
es el fin de una relación, de un matrimonio que obviamente no ha funcionado. Todo
está acabado y no hay arreglo. Pero, como también suceden en las relaciones de
pareja, llega un tiempo de duelo que va desacompasado entre quien ha tomado
conocimiento de que ya no puede soportar más esa situación, y quien, hasta el
momento le iba muy bien y, probablemente no desee partir peras porque es incapaz
de tener la suficiente empatía hacia quien hasta ahora fue su pareja.
Obviamente no todas las
rupturas entre parejas son así, pero, por desgracia, sí lo son la mayoría; y el
matrimonio Catalunya-España no es menos.
Para los soberanistas
(los de ahora, que en su mayoría no coinciden con los de siempre, por mucho que
“algunos” medios de prensa se empeñen en decir los contrario), a pesar de todo
lo que había sucedido durante los gobiernos de Aznar, la conciencia de que algo
no iba bien explotó cuando, a pesar de que Zapatero había afirmado que aprobaría
aquel Estatut que le presentara el Parlament de Catalunya, la comisión del
Parlamento de Madrid empezó a meter la tijera. Para muchos aquel Estatut
amputado ya no era digno, pero aún negaban que la relación con España estuviera
rota. La negación prosiguió mientras el PP llevaba al TC (Tribunal
Constitucional) varios de los puntos del Estatut. Pero esta fase acabó de golpe
cuando el TC se pronunció (erróneamente según el punto de vista mayoritario).
Para muchos el Procés da
comienzo aquí, pero lo cierto es que aquí lo que empezó fue la segunda fase de
ese duelo: la ira.
Entre tanto, mientras
Catalunya iba quemando las fases de su divorcio, España seguía ignorando
deliberadamente cubrir esas necesidades
que, de hacerlo, hubiesen podido evitar el fatal desenlace.
Durante el 2010 y 2011, a la par que se
empezaban a crear en toda España los movimientos que desembocarían en el 15M,
se ponía nombre al Procés Soberanista y saltaba a los medios de comunicación la
ANC. Podemos decir que las bases de la sociedad catalana creaban estructuras
propias que les representaran en una eventual negociación de la que no creían
capaces, aún, a sus políticos. Para quien no quiso verla, la fase de negociación,
pasó desapercibida, pero lo cierto es que pocas veces en la historia, los
deseos de un pueblo, tradicionalmente mal representado por sus políticos, fue
capaz de moldearlos detrás de un ideal. Lo cierto es que al principio todos
buscaron su lugar, su punto de negociación y, la mayoría, aceptaron lo que el
pueblo les pedía.
En el verano de 2012, el
pueblo catalán ya había decidido su camino y la inigualable manifestación de
aquel 11 de Septiembre así lo manifestaba. Sin embargo, sus políticos seguían
envueltos en la fase de negociación. De hecho, el mismo president Mas se
encontraba intentando negociar un pacto fiscal con Madrid que le permitiera
diluir algo aquel ímpetu. Pero el desfase de CiU con Catalunya y, sobre todo,
las negativas de Rajoy, hicieron imposible cualquier otra alternativa.
Por primera vez, no
obstante, España entraba en el duelo ante el inminente divorcio. Una de sus
posturas negacionistas más rídiculas, hizo que la Delegación del gobierno
dijera que solo 50.000 personas habían acudido a la manifestación, frente a los
1,5 millones de la organización, en una apreciación sorprendentemente modesta,
ya que una imagen de satélite divulgada días después, acercaba la cifra a los 3
millones de manifestantes.
En un país de entre 7 y 9
millones, era una cifra astronómica. De hecho ya lo era sin relacionar con el número
de habitantes.
Mientras la fase de
negociación ha ido dando paso gradual a la de depresión entre los catalanes,
España se ha mantenido en la negociación, y solo algunos energúmenos afásicos
se han mostrado en la ira.
El 8 de Abril de 2014, en
el Parlamento español ha tenido lugar una muestra del desfase que lleva el tema
en uno y otro bando. Llegaron allí los catalanes, no con una negociación
abierta hasta el absurdo frente al prometido no, sino en plana fase de aceptación
y mostrando una mano extendida al resto de España. Pero ni PP, ni PSOE y mucho
menos UPyD que vive de poses, entendieron la, posiblemente, última oportunidad
que allí se les brindaba.
España sigue a caballo
entre la negación y la ira... con un PSOE que llega muy tarde y se empeña en
negociar lo que ya no está en su mano.
Puede que Rajoy, a pesar
de su patente ineptitud e ignorancia, empiece a vislumbrar la realidad que se
avecina, pues llego a hablar de modificar la Constitución, aun no estando
dispuesto a hacerlo. Posiblemente un atisbo de que pronto caerán en la fase de
negociación. Una negociación que, hasta ahora han dicho de boquilla, pero sin
ofrecer nada como es preceptivo (Mas sí lo hizo en 2012, aunque ya era tarde para
los catalanes).
El día 9 de Abril de
2014, los últimos catalanes han llegado a la fase de aceptación del duelo. La
depresión ha quedado atrás. Una depresión de la que no se ha salido con buenas
palabras por parte de España. Pero una cosa está clara: la decisión está
tomada, aunque España aún tenga fases por quemar en este divorcio.
Puede que sea verdad eso
de que Catalunya sea excluida del planeta Tierra, pero eso a los catalanes ya
no les importa porque el Procés ha sido muy duro y se ha convertido en un sueño
de esperanza eso de vivir entre las estrellas.
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