sábado, 10 de enero de 2009

Tres tipos con clase (IV)



Capítulo 4.


“La vida en Tiro era agradable, pero no placida. En aquella época era una ciudad de paso en todos los sentidos y, además, el viejo espíritu comercial fenicio seguía vivo en toda ella. Desde los muelles hasta las puertas, se cambiaban historias desde la ignota Asia hasta las puertas de Hércules y desde los reinos de las nieves a las selvas de Salomón. Historias y noticias que viajaban con las mercancías más variopintas. Mercancías, que las más de las veces, tenían un destino final tan lejano como su origen.”


“Cuando la Nova, que por aquel entonces llamamos estrella de Usul Thuraa (no sé muy bien por qué), desapareció del cielo sin traer nada nuevo. Llegó a nuestra casa un viajero muy peculiar. Se llamaba Artabán y venía de Alejandría. Baltasar nos dijo que era una eminencia en el tratamiento de papiros, fabricación, conservación y documentación, que había sido uno de los grandes sabios de la gran biblioteca de Alejandría, pero que a él no le caía muy simpático. Aún así, se quedó con nosotros después de decirnos que llevaba varios meses buscándonos.”


--Algo grande está a punto de ocurrir en los cielos –nos dijo bastante emocionado--.


--Te refieres a la conjunción de Marte y Júpiter 1, según la denominación romana–dijo Baltasar recelando--.


--¡Claro que no!


“A partir de aquel día, nuestro prototelescopio, trabajaba durante toda la noche buscando algo. Al principio con emoción, al cabo de unas semanas con cansancio y, casi un año después, cuando observé una luz, no observada antes, en Acuario, con sorpresa.”


--Esa estrella tiene que ser un cometa –dijo Baltasar intentando disimular su emoción--.


--Los cometas siempre traen un mensaje –aclaré cuando era del todo innecesario--.


--¿Un cometa? No, tiene que haber algo más. Un simple cometa no me ha traído hasta vosotros –no era la voz de un aguafiestas y había emoción en sus palabras, pero en aquel momento fue un jarro de agua fría--.


--Acaso esperamos el final de los tiempos –se incorporó Melchor--.


--¡No! Esperamos el comienzo –nos sorprendió Artabán--.


“Ante nuestros deslumbrados ojos desenrolló un papiro lleno de colores y extraños símbolos. Al principio parecía un galimatías, pero pronto empezamos a diferenciar jeroglíficos egipcios, palabras escritas en griego, en latín y en varias lenguas más de aquel presente y su pasado”.


--Durante veinte años he estado recopilando informaciones relativas a lo que tiene que llegar. Todos hablan de un niño que ha de nacer para cambiar el mundo. Para todas las culturas, de ayer y de hoy, existe una imagen propia de ese. Será alguien grande y el momento está cerca.


“Hubiera objetado sobre lo que teníamos que ver en todo aquello, pero entre las notas del papiro había varios dibujos sobre posiciones estelares y, en especial, la aparición de una nueva estrella en el cielo de Acuario y otra en el centro de Cetus. Por desgracia, hasta dentro de tres semanas no estaría visible la constelación de la Ballena.”


“Tres semanas no cambiaron en mucho el tamaño del cometa, pero en los últimos días empezó a desplazarse hacia el Este, por otro lado, aún tendríamos que esperar hasta Agosto para ver toda la constelación, pero, antes de lo esperado, la extraordinaria vista de Melchor discernió un elemento nuevo en el centro de la cabeza de la ballena. Era minúsculo, pero empezó a crecer muy deprisa. En dos semanas se había convertido en uno de los objetos más brillantes del cielo. También salió del área de Cetus, empezó a desplazarse por el cielo y en pocas semanas le apareció su cola”.


--Cetus siempre ha sido una fuente de desgracias. ¿Cómo sabemos que ese objeto es el nuestro? –Argumentó Baltasar desconfiado--.


--Tienes razón –apuntó Artabán--. Este cometa representa a los males del mundo, surgido de las puertas de Cetus. Nuestro guía escapó a las fauces de Acuario. Cuando le salga cola tendremos que iniciar nuestro viaje hacia el sur. Según los sumerios se detendrá, durante un mes, sobre el lugar en que nazca el gran hombre.


--¿Cómo puede detenerse un cometa en el cielo? –No sé quien lo preguntó, pero estaba en la mente de todos--.


--No lo sé. Eso es lo que lo hará diferente –reconoció Artabán--.

sábado, 3 de enero de 2009

Tres tipos con clase (III)


Imagen tomada de http://verdadesrelativas-chechu.blogspot.com

Capítulo 3.

La capilla de los velatorios, casi vacía, no era el mejor lugar para una conversación profunda. Gaspar estaba muy agradecido con el esfuerzo de aquel hombre por prestarle apoyo, así que decidió no hacérselo más pesado: la conversación prosiguió en el bar y frente a una copa de buen brandy. Así, con un ambiente menos agobiante, el Mago siguió contando su historia.

“Melchor había conocido a Baltasar en Alejandría. Era su profesor de astronomía y matemáticas. Pero la relación no paso de la típica maestro alumno. Fue con la aparición de una Nova en Ursus Minor que llegó a Tiro, junto a otros astrónomos egipcios y abisinios, seguían una ruta hacia el Norte para estudiar el fenómeno.”

“La caravana estaba cargando vituallas en el puerto cuando Melchor lo reconoció:

--Disculpe, señor Damascón, ¿se acuerda de mí?

--Tu cara me es familiar… pero…

--Soy Appellicón de Partia. Estudiaba en Alejandría…

--¡No es posible! –Cortó con una sonrisa--. Pero no ha pasado tanto tiempo… ¿Qué ha pasado?”

“La conversación siguió como ahora la nuestra: frente a un vaso. Sólo que aquel licor estaba hecho con leche de cabra fermentada con unas bayas negras similares a la ginebra. La cuestión es que aquella conversación, en que Melchor nos presentó, fue decisiva para que Baltasar, o Damascón, como se llamaba entonces, o Serakin, como se llamaría en los siguientes días, no prosiguiera el camino con sus sesenta compañeros de viaje.”

--Así que, después de todo, Melchor si era importante para Baltasar –interrumpió Noel--.

Gaspar no pudo evitar una sonrisa. Había omitido lo que él y Melchor estaban haciendo en Tiro y sabía que esa era la razón que atrapó a Baltasar, pero eso Noel aún no lo sabía. Como se sentía juguetón, y ya lo era mucho por naturaleza, saboreó un poco de su brandy antes de proseguir, pero con mucha lentitud… con deleite.

“No. Lo que hizo cambiar de opinión al gigante fue el juego de lupas de Babilonia, que habíamos juntado Melchor y yo, y que constituían, posiblemente, el mejor prototelescopio de la antigüedad. Tal vez no estuviéramos todo lo al norte que fuera de desear, pero, aún así, nuestro observatorio era el mejor posible para aquel fenómeno astronómico y los que estaban por venir.”

--¿Así aquella Nova no era la estrella de la Navidad?

--No, Santa. La estrella de la Navidad llevaba a Belén y aquella Nova nos hubiese dirigido hacia tu casa, en caso de que ya hubieses vivido por aquel entonces.

--¡Ya!

Ambos se tomaron un respiro y unos sorbos de sus respectivas copas.

miércoles, 31 de diciembre de 2008

Cinco horas con Gustavo (¡Feliz Año Nuevo!)


Imagen tomada de www.thewayfarer.info

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Gustavo se estaba volviendo avaricioso. Desde que descubrió que los gigantescos contenedores de basura del mercado, no venían a buscarlos hasta las nueve de la noche, se pasaba horas enteras revolviendo en aquel maremágnum orgánico. Pero terminábamos cenando de rechupete, sobre todo las vísperas de festivo cuando las paradas del mercado se desprendían de todo aquello que difícilmente llegaría, en buenas condiciones, al siguiente día laborable.
Aquel treinta y uno de diciembre, Gustavo iba a cometer un peligroso error… su último gran error.
Hacia las seis de la tarde, tan pronto se oscureció el cielo, Gustavo me dejó a cargo de su carrito y se marchó hacia el mercado. Recuerdo sus últimas palabras mientras me pasaba la botella de coñac:
--“Gsfj ahg me fjas djl”.
No hay duda de que el pedal no le dejaba ver la bicicleta. Pero lo que quería realmente decir es que esa noche tendríamos las doce uvas, o eso creo. Él ya sabía que del cava ya me encargaría yo, que siempre he tenido un don especial para el alcohol.
Me fui con los carritos de ambos bajo el puente del tren para coger sitio. Esa noche estaría muy concurrido, así que debía hacer mi hoguera lo antes posible. Tuve suerte de encontrar a Paco lenguas, un magrebí muy servicial al que ya había salvado varias veces de la poli. Paco me ayudó a ponerlo todo y, por un bocadillo de mortadela que guardaba en mi carrito, también aceptó vigilarlo. Paco ya no celebraba nada más allá de estar vivo, también había descubierto que la religión sólo sirve el que ya tiene el estómago lleno.
Así marché en busca de mi parte de la “compra” que, gracias a mi gorrito de Papá Noel, terminé pronto. Así que, a eso de las ocho, decidí pasar por el mercado.
Cuando llegué, estaba todo lleno de gente, policía, guardia urbana, bomberos, dos ambulancias y un camión de recogida de basura especial, los del mercado. En una de las ambulancias estaban atendiendo a uno de los basureros con una crisis de ansiedad.
--Ya estaba la prensa en marcha cuando lo oí gritar—repetía una y otra vez mientras balanceaba atrás y adelante su cuerpo sentado.
Un guardia urbano, unos metros más allá, le preguntaba a otro de los basureros por qué no habían mirado en el container antes de descargarlo en el camión.
--Hoy es Nochevieja, agente. Normalmente nos lo tomamos con calma y seguimos todos los procedimientos al pie de la letra. Pero somos personas y queremos comer las uvas con nuestra familia. Por eso entramos a trabajar una hora antes y aprovechando que los mercados también adelantan su hora de cierre, aceleramos todo lo posible.
Fue entonces cuando escuché la voz de Gustavo muy amortiguada y algo metálica. Oírla me tranquilizó hasta que interioricé lo que decía.
--¡Llamen a mi compadre Narciso!
Era alarmante porque se le había pasado la borrachera en menos de dos horas, él era el centro de atención y me había llamado por mi nombre cuando solía llamarme “Nachito” que, como saben, no quiere decir Narciso.
--Gustavo estoy aquí.
Un policía y un bombero me cogieron aparte y me llevaron al otro lado del camión para explicarme la situación. Al parecer, Gustavo, con la borrachera, se había quedado dormido dentro del contenedor y los basureros, a las siete menos cuarto, habían empezado a descargarlo en su camión. Justo después de la puesta en marcha de la prensa, Gustavo empezó a gritar, pero ya se había quedado atrapado por esta. Afortunadamente, el camión no estaba demasiado lleno y tenía espacio para respirar. Ahora los bomberos estaban a punto de hacer una puerta en la pared del camión con una lanza térmica, pero deben calcular bien cómo hacerlo para no dañar a Gustavo.
--¿Puedo hablar con él?
--Sí. Venga a la parte trasera del camión e intente tranquilizarlo.
Me extrañaba que, con lo que se había bebido, no estuviera suficiente calmado. De hecho su exceso de calma era lo que le había puesto en esa situación.
--¡Gustavo, soy yo!— Le grité.
--¡Nachete! –Gritó él con notable alborozo en la voz.
--¿Estás tranquilo?
--Estaría más tranquilo si no te hubieras quedado tú la botella de coñac.
--Me han dicho los bomberos que te van a sacar enseguida.
--Más les vale, porque esto está lleno de marisco y no va a aguantar mucho antes de que se estropee.
--Pues ve hincándole el diente ahora que puedes porque lo mismo no nos lo dejan llevar.
--“Ajshfgs”
--¿Qué dices?
--¡Que me cago en diez!
Hubo una carcajada general en todo el gentío que nos estaba escuchando. Cuando miré hacia el público me di cuenta de que varios focos y cámaras de diferentes emisoras de televisión, nos enfocaban, bueno al camión y a mí, porque Gustavo seguía dentro.
--Ya sabemos por dónde atacar.
Mientras decía esto el jefe de bomberos, un policía me alejaba unos metros del camión. Otro bombero hablaba con Gustavo y ya estaban perforando la chapa con la espectacular lanza térmica. Las cámaras se centraron en la acción.
Aunque la acción empezó con gran velocidad, tardaron más de media hora en hacer la puerta en la chapa. En ese tiempo vi a los desolados basureros lamentándose de cómo se había hecho trizas su Nochevieja.
Sobre las nueve y media, ya enfriada con agua la chapa, pudieron acceder los médicos al interior. Por el momento no me dejaron acceder a mí y durante veinte minutos sólo ellos entraban y salían. Finalmente uno de los sanitarios se dirigió a mí acompañado de un agente.
--Su amigo no está bien.
--¿Y qué esperan para llevárselo al hospital?
--Su amigo se muere…
--No veo la camilla ¿Qué esperan? –Me estaba desesperando.
--No podemos sacarlo. La prensa lo ha partido, interiormente, por la mitad. Si retiramos la prensa su presión arterial caerá de golpe y morirá.
--Tienen que intentarlo. Se muere.
--Sí. En esta situación le queda poco más de una hora de vida, pero solo podemos darle morfina para que no le duela.
El mundo se estaba desmoronando a mí alrededor. Gustavo era mi único nexo con la cordura y me estaban diciendo que se moría.
--No nos deja ponerle la morfina. Dice que quiere estar consciente lo que le queda de vida y quiere hablar con usted.
Me llevaron con Gustavo. Se notaba que habían adecentado aquel entorno y habían puesto focos. Bien mirado parecía un pesebre, pero en lugar de las figuras habituales había polis, bomberos, enfermeros y los dos chalados que éramos Gustavo y yo… y fuera los tres basureros.
--¡Me muero! – Me dijo Gustavo con una voz demasiado entera para su situación.
--Quieren ponerte morfina para mitigar tu dolor.
--¿Y pasar inconsciente mis últimas horas? ¡No, gracias!
--No creen que vivas tanto.
--¿Qué hora es?
Ante esta pregunta miré a uno de los agentes que, con una sonrisa tierna, nos dijo que eran las once menos cuarto.
--Bueno, con hora y media tengo suficiente.
--¿Suficiente?
--Es Nochevieja… ¿Tienes el cava?
--¿Quieres celebrar la Nochevieja?
--No tengo nada mejor que hacer.
Alguien debía haber pasado nuestra conversación al exterior, porque dentro de aquella caja empezaron a entrar bolsas con uvas, copas de plástico y botellas de cava.
--¡Narciso!
Me había separado unos metros de Gustavo, pero al llamarme por mi nombre acudí a su lado rápidamente.
--Narciso, me estoy mareando, pero tengo que aguantar hasta el fin del año, puedes pedirle a los médicos que me ayuden.
No hubo falta decir nada. Antes de que me diera cuenta le estaban inyectando algo y poniéndole un tubo de oxígeno en la nariz.
--No se preocupen, no es morfina –dijo el sanitario.
--¡Gracias! –Le agradecimos Gustavo y yo al unísono.
En aquellos minutos me conto su vida como tantas veces había hecho. Nada relevante. La miseria de siempre de una persona que realmente no ha conocido otra vida. Pero conforme se acercaban las doce de la noche, un rumor que iba aumentando poco a poco nos llegaba del exterior. Alguien, no recuerdo quién, nos pasó unas copas llenas de burbujeante cava y una papelina con las doce uvas. Por una megafonía exterior sonaron los cuartos y pronto empezaron las campanadas. Gustavo me miraba con ojos llorosos y una sonrisa en la cara mientras yo trataba de seguir las campanadas con los granos de uva.
--¡Feliz Año Nuevo!
Gustavo, que no había probado el fruto de la vid, pudo decirlo mucho antes que yo que peleaba con el relleno de mi boca.
--¡Feliz Año Nuevo! – Dije yo a la par que se oía por doquier.
Bebimos y ahora, aunque un solo sorbo, Gustavo si tomó del fruto de la vid.
--¡Gracias, Narciso!
--¿Qué dices?
--El pasado fue el mejor año de mi vida. Nunca nadie había sido capaz de aguantarme hasta que llegaste tú. Has sido el mejor amigo… el único amigo que he tenido jamás. Ni mis padres, que me expulsaron de casa cuando tenía dieciséis años, hicieron por mí lo que tú has hecho. Por eso no quería morir hasta escuchar las doce campanadas. No podía morir el mejor año de mi vida. No podía dejar que la muerte me robara mi único año de felicidad. Ahora puedo morir porque ya he vencido a la muerte.
Hasta aquel momento había podido aguantar mis sentimientos, pero en aquel momento me desmoroné y, con la garganta bloqueada por la emoción, me puse a llorar.
Gustavo llamó a dos de los policías para que fueran testigos de su último testamento. Me legó todas sus posesiones que, sólo dos días después, descubrí que valían más de un millón de euros.
--Nachito, tú vales mucho. No te dejes morir en esta mierda. Sal a luchar como un hombre. Pelea y, sobre todo, haz feliz a alguien, sólo así serás feliz.
Su estado se deterioró rápidamente, pero antes de morir me miró y me dijo, otra vez:
--¡Feliz Año Nuevo!

domingo, 28 de diciembre de 2008

NOTICIA BOMBA


Sin que sirva de precedente, vamos a utilizar el blog para transmitir una noticia… una magnífica noticia para escritores y compositores.

La cuestión es que algunos directivos de SGAE, hartos de las críticas vertidas sobre esta organización y las acusaciones de corrupción y de matar a los nuevos creadores, han decidido poner hilo a la aguja y demostrar que eso no es así. La solución tomada es que, con el cuantioso cajón de la SGAE, van a crear una editorial y un sello discográfico dedicado en exclusiva a la promoción de nuevos valores. Ellos mismos correrán con los gastos de la promoción.

¡Si es que en el fondo son unos santos!

Y pensar que yo creía que eran unos vulgares ladrones ¿Cómo pude equivocarme tanto?

¡Hasta los blogs de tanto plagista indiscriminado!


Imagen que no pega ni con cola con el tema del blog, pero que la cuelgo porque es mía y me da la gana.

¡Disculpe, señor! ¿Viaja usted mucho por los Internetes?

Sí, se lo he preguntado a usted. Al que toma de aquí y de allí, lo planta en su blog y ya está.

¡Ah! ¿Qué se cree usted que eso es correcto? ¿Así, por las buenas?

Esta semana me he pasado el tiempo leyendo blogs de desconocidos e intentando encontrar cosas interesantes y, la verdad, es que sí he encontrado cosas interesantes y algunas, incluso, realmente muy buenas. Pero también me he encontrado con los mismos irresponsables de siempre: los que convierten este fenómeno de los blogs en una vergüenza.

Un mismo chiste, o chisme, o lo que sea, en un montón de blogs y en ninguno de ellos manifiesta de donde lo ha tomado o quién pudo ser su autor.

Sigue sin existir una conciencia para proteger la creatividad y así es como los déspotas de las SGAE y similares nos terminan por comer el terreno. La mayoría de creativos de la web no pedimos dinero por nuestras obras, pero sí pedimos el reconocimiento y es justo que se nos dé. Sin embargo, en un número demasiado grande de blogs y foros, aún se transcriben nuestras obras sin reconocerse la autoría y, lo que es peor, dando a entender que ellos son los autores. Puedo creer que algunos desconozcan el daño que hacen, pero no todos. Por su culpa hoy tenemos el insidioso CANON que, dígase de paso, a los creativos de la web también nos perjudica, porque lo tenemos que pagar (como todo quisqui) y encima no vemos ni un euro.

Así que cuando algo les guste de una web, blog… o cualquier otro sitio, citen al autor o, si no es posible, la dirección URL de donde lo tomaron. Esa es la forma responsable de mantener los contenidos vivos.

Para terminar les voy a dar una dirección de un blog de alguien que lo intenta, pero no lo ha comprendido:

http://rvadillo-montxu.blogspot.com/

Al final del espacio pone el siguiente mensaje:

AVISO

Algunas citas de titulo y fotos los he recogido de distintas paginas en internet, si alguno de los autores de los temas decidiera que no desea verlo en este blog, agradeceria me lo comentara y lo suprimiria de inmediato.

Gracias a todos aquellos que no le importe el uso de sus fotos y citas. En este blog.

Permitidme que dedique a todos los que me leen, al menos que yo conozca, un post individual en agradecimiento al tiempo que habeis compartido conmigo desde que comencé esta pequeña travesia.

Un beso seas chico ó chica, con abrazo incluido.

Sin embargo, en las citadas citas (valga la… “rebuznancia”) y fotografías, no viene ni el nombre del autor, ni la URL de dónde lo tomo… Seguramente cree (no sin alguna razón, dado el elevado número de comentarios que recibe) que su blog es el centro del Universo y todo creativo está obligado a conocerlo y visitarlo periódicamente. Supongo que en su caso debe ser mera ignorancia (por lo del aviso), pero aún así se me revuelven las tripas.

Como siempre digo, si no eres capaz de reconocer la autoría de otros, tu mierda propia es mejor que el oro ajeno. Y el que no entienda esto, mejor que se haga mirar el tercer ojo que se le debe haber quedado pegado de laca.

¡Qué os aproveche!

Experiment

sábado, 27 de diciembre de 2008

Tres tipos con clase (II)


CAPÍTULO 2.

¿Quién tiene derecho a vivir para siempre? ¿Cuál es el precio de la inmortalidad? ¿Cuántas veces se puede morir? Todas esas preguntas estaban en las mentes de Papa Noel y los Reyes Magos, en todo momento, pero jamás se las hubieran llegado a plantear abiertamente antes de este suceso.

“Son muchos años” había dicho Noel cuando Baltasar perdió los estribos, pero que significaba realmente aquello. El hombre de rojo se había solidarizado con ellos y había venido a prestarles apoyo cuando lo necesitaban. Podían ser, en cierto modo, competidores, pero no encontrarían a nadie más que pudiera comprenderles. El hombro de “Santa Claus”, como le denominan los sajones, se había ofrecido a Gaspar y este no lo desaprovechó.

--Dos mil años.

--¿Cómo?

Y Gaspar empezó a relatar su historia.

“Hace unos dos mil años que nos conocimos en Antioquía del Tigris… Nisbis, creo que le llamaban también a la ciudad. Poco importa ahora.”

“Recuerdo que mi padre me mandó a la escuela de astronomía zoroastrista porque era la única que ofrecía conocimientos sobre otros tipos de saber que debía conocer un buen gobernante. Pero mis intereses se centraron en dos campos: la medicina y las mujeres. El último no era una buena elección porque los partos (habitantes principales de aquella parte de Persia) eran muy celosos con sus damas y, a la más mínima, te retaban a un duelo singular. La diferencia entre aquellos duelos y los que hoy conocemos, es que con un parto no había posibilidad de sobrevivir. Te montaban en un caballo a pelo, con un carcaj de cinco flechas y un arco de sabina. Ambos duelistas partían a un medio kilómetro de distancia desde ambos lados del campo de disputas y galopaban hasta tener un buen blanco uno del otro. Un buen parto, entrenado desde su infancia en aquellas lides, tenía bastante con la primera flecha para matar a su oponente. Los partos eran capaces de guiar y mantenerse, en su caballo a galope, sólo con sus piernas y, entre tanto, sus manos quedaban libres para manejar el arco y las flechas con una precisión espeluznante.”

“Yo sobreviví a uno de aquellos duelos imposibles atrapando las cinco flechas de mi rival con el brazo. Tres de ellas me lo atravesaron de lado a lado. Cuando lo tuve lo bastante cerca, use el arco como una porra. De un soberbio golpe lo desmonté y lo deje inconsciente. Tres días después, cuando se recuperó, me trajo a la dama fuente de la disputa y que resultó ser su criada. Costó hacerle entender a aquel jovenzuelo que cuando uno mira a una mujer bella no necesariamente quiere apoderarse de ella. Sin embargo, a pesar de su tozudez propia de aquellas tierras, hablamos y llegamos a entendernos.”

--Mi nombre es Appellicon y soy el hijo pequeño del Rha Minhart.

“Rha era el título del decano del centro de estudios zoroastrista”.

--Mi nombre es Amerín y soy el heredero de una corona sin nombre allá por las tierras de Armenía –le dije--.

--¿Armenia es esa tierra entre el Caspio y el Negro de donde nos llegan todos los metales?

--Sí. Y el reino de mi padre es el único que no posee ningún metal. Esa es su triste garantía de supervivencia, y por eso sus gobernantes tienen que aprender a ser sabios para seguir subsistiendo.

“Appellicon también estudiaba en el centro zoroastrista y, a pesar de su edad, era un alumno muy aventajado. En aquellos años apenas si se dejaba crecer una barba rala y juvenil que vi desarrollarse durante los cuatro años siguientes. Finalmente llegó el momento de volver a mi patria. Appellicon y su padre Minhart, a quien llegue a conocer bien y a valorar como hombre sabio, me dieron una formidable cena de despedida. Cena que también sirvió para despedir a mi amigo que marcharía, una semana después, para terminar sus estudios en Alejandría.”

“De tarde en tarde, durante los siguientes años, recibíamos una carta el uno del otro. Aún recuerdo cuando me hablo de las revueltas en su ciudad contra los romanos. Al principio no parecían cosa seria, pero cuando llegó la noticia de una guerra abierta entre los partos y Roma, comprendí que mi amigo y su familia podían estar en peligro, así que me puse en camino hacia Nisbis. Cuando llegué Roma ya había impartido la flor y nata de su Pax. No quedaba ningún edificio importante en pie, los de la escuela tampoco. Seguí la pista a la familia del Rha hasta Tiro, a orillas del Mare Nostrum. Encontrar a Melchor fue difícil porque había cambiado mucho su aspecto. Había vivido episodios terribles que ningún ser humano debía jamás llegar a conocer. Su pelo, incluida su, ahora magnífica, barba, se habían vuelto completamente blancos debido al sufrimiento. Además, su nombre ahora era Magalath. Era mucho más joven que yo, aún no había cumplido los treinta y ya parecía un anciano.”

En aquellos instantes, totalmente inmerso en la historia, Noel quiso saber algo que le intrigaba.

--¿Y cuando conocisteis a Baltasar?

jueves, 25 de diciembre de 2008

Tres tipos con clase (I)


Me da miedo que las cosas cambien. Los cambios se producen irremediablemente y continuamente, pero, aún así, con cada cambio nos dejamos algo en el camino. Sí, el cambio es avanzar. Aún así, siempre me pregunto si realmente vale la pena.

A todos aquellos que tienen muy claro aquello de que “toda crisis es una oportunidad” esta historia que hoy empiezo, tal vez, también debería hacerles dudar.

Tres tipos con clase.

CAPÍTULO 1

Aquel viejo barbudo y barrigón, se veía realmente compungido cuando se asomó al ataúd. Desde el otro lado del cristal protector, le hubiese podido mirar una imagen muy similar a él mismo, salvo que era más delgado, más triste, más joven y con más clase. Bueno, le hubiese podido mirar si no tuviera los ojos cerrados y… no estuviese muerto.

Una lágrima estaba a punto de resbalar mejilla abajo, cuando noto como una mano se posaba en su hombro con amistosa ternura.

--Te agradecemos que hayas venido, Noel. Es muy amable por tu parte, pero no crees que, dadas las circunstancias, resulta poco apropiado.

Cuando se giró, frente a él se hallaba un hombre de pelo casi rojo, ojos hinchados y aspecto regio.

--Tampoco podía dejar de venir. Realmente he sentido mucho su pérdida… Si yo pudiera hacer alguna cosa…

Su interlocutor necesitó algo de tiempo para procesar en su mente lo que había dicho, dado su marcado acento nórdico, pero, cuando lo asimiló, no pudo remediar fundirse con él en un abrazo fraternal y ambos lloraron la pérdida. Una vez descargado el golpe de amargura se separaron y Noel preguntó:

--¿Dónde está Baltasar?

--Está metido en la segunda habitación. Lo está llevando muy mal.

--Es lógico, Gaspar. Son muchos años…

En aquel momento, se abrió la puerta que, momentos antes había indicado Gaspar, y salió un varón de color con apariencia de unos cuarenta y tantos años y una estatura digna de un exjugador de la NBA. Miró hacia el ataúd, hasta que los vio a ellos. Hasta que lo vio a él.

--¿¡Tú!? – Gritó Baltasar fuera de sí--.

Antes de que se abalanzara sobre Papá Noel, Gaspar ya se había interpuesto en su trayectoria y lo sujetaba tratando de tranquilizarlo.

--¿Cómo puede estar aquí? – Repetía una y otra vez--.

--Él no tiene la culpa. Las cosas son así.

Y las cosas eran realmente así. Un desconocido, que seguramente debía ser médico, le puso una inyección en el brazo a través de la camisa y la americana. Pocos segundos después se le veía más calmado y, el mismo desconocido, le acompañó, de nuevo, al interior de la habitación de dónde había salido.

--¿Cómo sucedió?, Gaspar.

--Pues de la única manera en que pueden suceder estas cosas: con olvido.

--¿Y vosotros?

--Es el comienzo del fin.

--¿Y por qué Melchor?

--¿De verdad no lo sabes?

miércoles, 24 de diciembre de 2008

¡Feliz Navidad!



En su día prometí transcribir este cuento de Navidad. Una historia que demuestra que, incluso en las condiciones más miserables, se puede disfrutar de la Navidad y ser momentáneamente feliz con aquellos a los que quieres. Solo es cuestión de saber dónde y con quién. No en vano se dice que es mejor estar solo que mal acompañado, pero si se puede estar en buena compañía… mejor que mejor. Nuestros protagonistas lo saben muy bien.


¡Feliz Navidad!


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¡Feliz Navidad!


He tenido mucha suerte en la vida. Fui un auténtico zorro para los negocios. Mi vida era genial y con sólo veintitrés años ya había ganado mi primer millón de dólares y eso que entonces no era fácil. Encadenando éxitos me planté a comienzos de los noventa y me apunté al segundo gran pelotazo inmobiliario, fue una suerte porque en el noventa y tres llegó una pequeña recesión que arruinó a los que no habían sabido dar el salto. Pocos años después llegaron las “punto com”, entré con garra y salté a tiempo, como también lo hice con los “tigres asiáticos”. Mi fortuna en el noventa y ocho rondaba los diez mil millones de pesetas. Pero entre tanto me había casado dos veces y tenía dos hijos de mi primer matrimonio y otro del segundo. Si los negocios parecían sonreírme, el estado de abandono a que sometía a mi pareja estaba a punto de acabar con mi vida personal. Fue entonces cuando la descubrí.
Mi jornada profesional me arrebataba dieciséis horas al día y no me quedaba tiempo para mí, pero gracias a aquel bendito polvo blanco pude salvar mi matrimonio y vivir algunos polvos extra fuera de él que fueron fascinantes.
Pero yo era un idiota y, aunque todos los idiotas tienen suerte, los idiotas siempre quieren más. Ni que decir tiene que la palabra “más”, para este idiota, sólo tenía un significado: “más dinero”. De dieciséis horas pasé a trabajar dieciocho o diecinueve y pronto esnifaba más cocaína que gasolina despilfarraba mi Porsche.
Lo que pudo ser una gran suerte resultó ser una desgracia. En pocos meses mi presupuesto para estupefacientes se disparó, pero ya no causaban aquel brillante efecto del principio, sin embargo, cuando dejaba de tomarlos ni siquiera podía levantarme de la cama. Empecé a fallar en mis compromisos y en mi vida personal que se fue por un absurdo agujero. Aquel divorcio supo a OPA hostil, traicionado por mi abogado perdí todo mi patrimonio. Aquello sólo pude frenarlo con una cura de desintoxicación.
Después de un período razonable en el limbo, regresé a la vida pública. Un nuevo abogado y una nueva vida, me permitieron retomar algunos atributos de mi pasado, pero, un buen día, descubrí que todo aquello me importaba un rábano.
En el año dos mil regresé a mi pueblo para acudir al entierro de mi madre. Allí mis hermanos, fracasados triunfadores, vivían una vida profesional aburrida y trabajosa que combinaban con una gran actividad familiar, yo, en cambio, fui recibido como un verdadero triunfador y, sin embargo, envidié, como nunca, sus “tristes vidas”.
En la tumba de mi madre dejé enterrado el último trozo de mi ayer y me ahogué en una botella de depresión.
Durante tres años, mis entradas y salidas de diferentes clínicas y sanatorios fueron continuas, hasta que fui incapaz de pagar más facturas. Así llegue a este hospital de la vida donde uno reconoce a la perfección la buena suerte que ha tenido.
Sí, yo soy un tipo con suerte, porque cuando todo parecía haber perdido el sentido, conocí a mi colega Gustavo y aquí nos tienes, disfrutando juntos de las migajas que nos deja la vida.
Hoy es Nochebuena y siento algo de añoranza por no poder pasarla con mi familia, con mis hijos, pero tampoco tanto. Después de todo son unos perfectos desconocidos a los que he entregado todos mis sacrificios económicos, pero que ahora que soy un fracasado y ya no les doy ni un céntimo, ni siquiera se acercan a mí. Soy su leproso favorito, ese al que culpan de todos sus fracasos por no haber estado ahí y por haber recortado los flujos económicos que les permitían estar en la cima del mundo.
Hoy es Nochebuena y cenaremos solos Gustavo y yo.
Abrimos la puerta del cajero y cerramos por dentro. Tiramos unos cartones en el suelo y dejamos a un lado nuestros enseres. Yo saco de mi carrito una botella de cava que sustraje a la cesta que sorteaban en un bar. Bebemos a morro, pero con alegría. La noche se presenta larga y fría, pero, a nuestro modo, somos felices porque ambos hemos tenido suerte en la vida.
¡Feliz Navidad!


lunes, 22 de diciembre de 2008

Soy rojo, ¿y qué?


Ya estamos metidos en esas fechas que unos aman y otros deploran, pero que a ningunos dejan indiferentes. Amor, consumismo, pesadez, amistad, jolgorio, tristeza… todo eso y mucho más se mezclan en un caldo… “navideño”.

Para hacer honor al caldo, a los galets, las pelotas, los rellenos… y todo lo que en cada lugar contenga ese caldo, voy a dejar a un lado la programación habitual para retomar los temidos cuentos navideños. Ya me siento un poco como el Crepy con un gorro de Papá Noel, así que ahí va el primero espero que no se os atraganten las navidades…

(Disculpen las molestias. Aquí debían aparecer unas terroríficas carcajadas de Vincent Price sacadas del “Thriller”, pero, por diversas causas, no ha sido posible).

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Soy rojo, ¿y qué?

No entiendo la razón de que se me relacione con la Coca-cola. Sí que es cierto que hace cien años mi traje era verde, no el verde fosforito de esos de Enema o anatema o como quiera que se llamen los de esa compañía de teléfonos, sino de verde Navidad… mi marca favorita. Al parecer los del refresco de cola me pintaron de rojo y ahora salgo a la calle de tan chillón color, pero eso a nadie le importó durante mucho tiempo. Recuerdan, los que a finales de los setenta ya estaban aquí, que entonces se hablara del origen de mi color. Bueno, entonces el tema era que me habían traído las películas americanas para jubilar a los Reyes Magos. Pero la lógica se impone tarde o temprano y como nadie puede aguantar a los niños tan alterados hasta el final de las fiestas, yo he sido la salvación, soltarles unos pocos regalos en Navidad alivia la tensión y tiene a esos mocosos distraídos el resto de las fiestas.
Sí, soy rojo ¿y qué? Qué importa el color cuando hablamos de ilusiones.
¿Un ser fantástico o imaginario? Díganselo a ese niño de cuatro años que me mira con los ojos como platos y se queda mudo al sentarlo en mi regazo. Y, después de todo, tan imaginarios como yo, son los reyes magos y miren las caras de esos angelitos en la cabalgata de cada año… ¿De verdad, los Reyes Magos, son seres de ficción?
Cuando los padres buscan con mimo y dedicación los juguetes por las tiendas, cuando en mitad de la noche envuelven los regalos y los colocan en el lugar convenido por cada familia, ya sea la noche de Reyes o la de Navidad, cuando la ilusión se desborda a la mañana siguiente abriendo los paquetes… ¿es una ficción? ¿Cómo puede llamar nadie ficción a la ilusión y al cariño?
“La Navidad es consumismo” gritan amargados aquellos que no pudieron o no supieron guardar esa ilusión. Consuma lo que usted quiera que yo me quedo con mi viejo caballo de cartón, le he puesto unas tiritas y envuelto con un lazo rojo y ahora es un antojo para quien aún disfrute de la Navidad. Ni más buenos, ni más malos, tan solo unas horas felices, si lo gasto porque lo gasto y si no lo gasto porque no. Lo que importa es ser felices y romper la monotonía aunque sea porque toca, cada cual a su manera, pero la ilusión es la fuerza suprema.
Durante ochenta años nadie se preguntó por mi color, sólo sabían que les hacía ilusión. ¿Quién gana con desenterrar el origen de mi traje?¿Tienen miedo de que digan que fue Ferrari o, tal vez… “Vodafon”… la “Xiveca”, “Moet-Chandon” o el rojo libro de Mao? Ochenta años ilusionados con el significado de Papa Noel y a nadie le importó mi color ¿Racismo contra la imaginación? A la vejez viruelas. Ni yo, ni los Reyes Magos, tenemos nada que ver con nada que no esté en las mentes y que por una noche… también está en los corazones.
Y ahora, dejad paso a mi trineo si no queréis estar en la lista de los malos.

domingo, 21 de diciembre de 2008

Rafael Gutiérrez


Hoy no tenía pensado publicar nada, pero he sabido que un amigo sí quería publicar un texto de humor, pero a última hora se ha encontrado con una trágica noticia que le ha impedido cumplir con sus deseos, por eso intentaré aportar la dosis de humor de la que hoy, la red, se iba a quedar privada.

Perdonad la longitud de la historia, no estaba pensada para el blog, además no está terminada, pero creo que en el punto que la dejo es lo bastante “terminativo”.

Dedicado a Bolzano, con cariño. Espero que os agrade y os haga sonreír.

Rafael Gutiérrez.

La fiebre llevaba varios días consumiéndole, pero no se podía dar por vencido. Eran ya cinco las jornadas que habían transcurrido con él encerrado en casa y aún más los que la enfermedad llevaba alimentándose de sus energías. Algo de tos, un poco de fiebre al anochecer y que un antipirético cualquiera calmaba y, lo que en un principio no era nada, a base de ignorarlo, se había tornado en la actual losa invalidante. Todo empezó por no querer rendirse a la enfermedad. No quiso ceder su vida a la sintomatología que quería advertirle de lo que podía llegar y al final llegó. Ahora se consumía entre “febrígenas” tiritonas que ningún remedio casero lograba calmar.

Maldijo el día en que cambió de casa para marchar a aquel lugar donde nadie le conocía. Maldijo el día de su jubilación, el de su divorcio y, de paso, el plato de fabada enlata que se comió el jueves y que, aún subía y bajaba en su interior, cinco días después. Y, cómo no, maldijo a la seguridad social porque le daba lo mismo dónde viviera, la respuesta siempre sería la misma: “venga a la consulta, el doctor no puede desplazarse hoy”. “Mierda de dinero tirado a la basura por una sanidad tercermundista”, se dijo.

En esas circunstancias, lo más fácil, era ver la sombra de la Parca a los pies de la cama afilando su guadaña. Pero, a sus sesenta y ocho años, su instinto de supervivencia permanecía intacto y no podía, ni quería, permitirse el lujo de morir. Tenía algo mejor que hacer: vivir. “Vivir de una puñetera vez”, como le gustaba repetir… al espejo. Porque el espejo era el único, que de unos meses a esta parte, estaba dispuesto a escucharle. La decisión de ir hasta el centro de salud estaba tomada. Sin embargo, cinco días totalmente postrado, no sólo le daban muy mal aspecto, eso era normal y admisible por su enfermedad, sino que también le producían un terrible olor… hedor… pestilencia. Y él no estaba dispuesto a que ninguna bruja cotilla y “destripamomias” le señalara con su mirada rapaz, para tacharle como el típico hombre que vive solo y no sabe ni limpiarse detrás de las orejas.

Después de un millón de maldiciones en el proceso de arrastrarse hasta la ducha, por fin llegó una bendición: la del día que decidió ponerse aquella carísima ducha de hidromasaje con asiento. En su estado, hubiera sido poco menos que imposible permanecer de pie durante todo el proceso.

La ducha, ropa limpia y un poco de colonia y, su aspecto de enfermo, quedaba algo más digno. Con respecto a su barba de una semana, poco se podía hacer. En su estado, de proceder a afeitarse, el resultado podía ser digno de una película de terror. Nunca adquirió una maquinilla eléctrica, pero hacía años que no se afeitaba con su navaja barbera, aún así, las maquinillas desechables aún eran una mala opción. Con todo, pensar en ello le hacía gracia, a pesar de la fiebre, o tal vez por ella. Recordaba como los anuncios de esos productos habían ido evolucionando y, daban por cierta la idea de que más hojas cortantes implicaban un mejor apurado. Así su imaginación desbordante le hacía pensar en la “nueva maquinilla Filomena con treinta hojas que le dejan el hueso de la mandíbula más suave”.

Si al principio le había sido difícil sostenerse erguido, con el paso de los minutos había logrado dominar ese arte. También eso le procuro una sonrisa de optimismo. Se imaginaba a sí mismo como un bebé dando sus primeros pasos. “¿Dónde se guardará ese día?”, se preguntó.

Salió al rellano de su escalera y el ascensor, como de costumbre, estaba abierto en el cuarto. Podía escuchar a la bruja de doña Emilia, una solterona de más de setenta años (por mucho que ella los negara) y a la que Dios había dado la lengua más resistente de la historia. Desde hace bastantes años, según le habían contado, siempre le acompañaba un perrito que utilizaba para capturar a sus víctimas bajo su muralla de palabras aburridas. Y, como es de imaginar, una vez uno es atrapado, es terriblemente difícil deshacerse del lazo dialéctico… perdón, “monologuético”; de una solterona aburrida y con la pretensión imposible de ser encantadora… o, tal vez, sea sólo puro sadismo por su parte.

Como en su estado no podía esperar a que doña Emilia rematara a su pieza, ni tampoco darse el lujo de bajar dos pisos, más el principal, andando, optó por golpear la puerta metálica del ascensor. La susodicha gritó “¡ya va!” varias veces y, al poco, el ascensor estaba en su planta, pero con lo que se le antojó una jauría de hienas dispuestas a despedazarlo: doña Emilia y su chucho faldero.

--¿Tiene mucha prisa señor Gutiérrez?

--No señora, es que disfruto incordiando a los vecinos.

Tan pronto lo hubo dicho, Rafael Gutiérrez se arrepintió de haber abierto la boca. Cuando uno no tiene ganas de hablar, ni de escuchar como habla esto, lo último que debe hacer es lanzar una puya a doña Emilia.

--Me alegro de tener vecinos con tan buen humor. Por cierto, ¿se está dejando la barba? ¿Sabe una cosa? Precisamente hace un par de días, la señora Solá, la del cuarto segunda, me decía lo atractivo que era usted y lo elegante que iba siempre ¿No sé qué dirá de su barba? Claro que…

(NOTA DEL TRANSCRIPTOR: Los signos de puntuación en este diálogo son una cortesía mía, porque la señora Emilia no necesita tomar aire y habla a velocidades que superan la capacidad humana habitual).

Bla, bla, bla… la muralla de palabras aburridas se había desplomado sobre el pobre Rafael y estaba a punto de aplastarle. Que su maldito chucho no parara de hurgarle la entrepierna con el hocico, era una menudencia frente al terrorismo neural de su ama. Así que, tan pronto se abrió la puerta automática de la cabina, Rafael hizo uso de todas sus energía para escapar a aquel abrazo ofídico de palabras.

--¿Dónde va señor Gutiérrez? ¿Ha dicho algo? ¿Adiós? ¿Señor Gutiérrez…?

Doña Emilia era uno de los puntos negros de su domicilio, pero, la proximidad del ambulatorio de la seguridad social, era un punto positivo del que ahora se alegraba.

Antes de que le recibiera el médico de guardia, tuvo que esperar cerca de dos horas. En ese tiempo, la fiebre subió de nuevo. Así, cuando le llamó la enfermera, estaba medio transpuesto y apenas pudo hacerse notar. De hecho lo hubiesen dado por ausente de no crear una gran impresión a todos los presentes. Fue al intentar levantarse de forma precipitada que su cuerpo dijo no. Entre varios le ayudaron a levantarse, incluso el doctor salió de su habitáculo para atenderlo. Su estado volvía a ser “sensiblemente lamentable”. Por eso, veinte minutos después, recuperó la totalidad del conocimiento en una ambulancia y camino del hospital. Un lugar donde podrían hacerle una exploración de urgencia con la adecuada profundidad.