
viernes, 9 de diciembre de 2011
El cuarto Rey Mago

sábado, 3 de enero de 2009
Tres tipos con clase (III)
Imagen tomada de http://verdadesrelativas-chechu.blogspot.com
Capítulo 3.
La capilla de los velatorios, casi vacía, no era el mejor lugar para una conversación profunda. Gaspar estaba muy agradecido con el esfuerzo de aquel hombre por prestarle apoyo, así que decidió no hacérselo más pesado: la conversación prosiguió en el bar y frente a una copa de buen brandy. Así, con un ambiente menos agobiante, el Mago siguió contando su historia.
“Melchor había conocido a Baltasar en Alejandría. Era su profesor de astronomía y matemáticas. Pero la relación no paso de la típica maestro alumno. Fue con la aparición de una Nova en Ursus Minor que llegó a Tiro, junto a otros astrónomos egipcios y abisinios, seguían una ruta hacia el Norte para estudiar el fenómeno.”
“La caravana estaba cargando vituallas en el puerto cuando Melchor lo reconoció:
--Disculpe, señor Damascón, ¿se acuerda de mí?
--Tu cara me es familiar… pero…
--Soy Appellicón de Partia. Estudiaba en Alejandría…
--¡No es posible! –Cortó con una sonrisa--. Pero no ha pasado tanto tiempo… ¿Qué ha pasado?”
“La conversación siguió como ahora la nuestra: frente a un vaso. Sólo que aquel licor estaba hecho con leche de cabra fermentada con unas bayas negras similares a la ginebra. La cuestión es que aquella conversación, en que Melchor nos presentó, fue decisiva para que Baltasar, o Damascón, como se llamaba entonces, o Serakin, como se llamaría en los siguientes días, no prosiguiera el camino con sus sesenta compañeros de viaje.”
--Así que, después de todo, Melchor si era importante para Baltasar –interrumpió Noel--.
Gaspar no pudo evitar una sonrisa. Había omitido lo que él y Melchor estaban haciendo en Tiro y sabía que esa era la razón que atrapó a Baltasar, pero eso Noel aún no lo sabía. Como se sentía juguetón, y ya lo era mucho por naturaleza, saboreó un poco de su brandy antes de proseguir, pero con mucha lentitud… con deleite.
“No. Lo que hizo cambiar de opinión al gigante fue el juego de lupas de Babilonia, que habíamos juntado Melchor y yo, y que constituían, posiblemente, el mejor prototelescopio de la antigüedad. Tal vez no estuviéramos todo lo al norte que fuera de desear, pero, aún así, nuestro observatorio era el mejor posible para aquel fenómeno astronómico y los que estaban por venir.”
--¿Así aquella Nova no era la estrella de la Navidad?
--No, Santa. La estrella de la Navidad llevaba a Belén y aquella Nova nos hubiese dirigido hacia tu casa, en caso de que ya hubieses vivido por aquel entonces.
--¡Ya!
Ambos se tomaron un respiro y unos sorbos de sus respectivas copas.
jueves, 25 de diciembre de 2008
Tres tipos con clase (I)

Me da miedo que las cosas cambien. Los cambios se producen irremediablemente y continuamente, pero, aún así, con cada cambio nos dejamos algo en el camino. Sí, el cambio es avanzar. Aún así, siempre me pregunto si realmente vale la pena.
A todos aquellos que tienen muy claro aquello de que “toda crisis es una oportunidad” esta historia que hoy empiezo, tal vez, también debería hacerles dudar.
Tres tipos con clase.
CAPÍTULO 1
Aquel viejo barbudo y barrigón, se veía realmente compungido cuando se asomó al ataúd. Desde el otro lado del cristal protector, le hubiese podido mirar una imagen muy similar a él mismo, salvo que era más delgado, más triste, más joven y con más clase. Bueno, le hubiese podido mirar si no tuviera los ojos cerrados y… no estuviese muerto.
Una lágrima estaba a punto de resbalar mejilla abajo, cuando noto como una mano se posaba en su hombro con amistosa ternura.
--Te agradecemos que hayas venido, Noel. Es muy amable por tu parte, pero no crees que, dadas las circunstancias, resulta poco apropiado.
Cuando se giró, frente a él se hallaba un hombre de pelo casi rojo, ojos hinchados y aspecto regio.
--Tampoco podía dejar de venir. Realmente he sentido mucho su pérdida… Si yo pudiera hacer alguna cosa…
Su interlocutor necesitó algo de tiempo para procesar en su mente lo que había dicho, dado su marcado acento nórdico, pero, cuando lo asimiló, no pudo remediar fundirse con él en un abrazo fraternal y ambos lloraron la pérdida. Una vez descargado el golpe de amargura se separaron y Noel preguntó:
--¿Dónde está Baltasar?
--Está metido en la segunda habitación. Lo está llevando muy mal.
--Es lógico, Gaspar. Son muchos años…
En aquel momento, se abrió la puerta que, momentos antes había indicado Gaspar, y salió un varón de color con apariencia de unos cuarenta y tantos años y una estatura digna de un exjugador de la NBA. Miró hacia el ataúd, hasta que los vio a ellos. Hasta que lo vio a él.
--¿¡Tú!? – Gritó Baltasar fuera de sí--.
Antes de que se abalanzara sobre Papá Noel, Gaspar ya se había interpuesto en su trayectoria y lo sujetaba tratando de tranquilizarlo.
--¿Cómo puede estar aquí? – Repetía una y otra vez--.
--Él no tiene la culpa. Las cosas son así.
Y las cosas eran realmente así. Un desconocido, que seguramente debía ser médico, le puso una inyección en el brazo a través de la camisa y la americana. Pocos segundos después se le veía más calmado y, el mismo desconocido, le acompañó, de nuevo, al interior de la habitación de dónde había salido.
--¿Cómo sucedió?, Gaspar.
--Pues de la única manera en que pueden suceder estas cosas: con olvido.
--¿Y vosotros?
--Es el comienzo del fin.
--¿Y por qué Melchor?
--¿De verdad no lo sabes?
miércoles, 24 de diciembre de 2008
¡Feliz Navidad!

En su día prometí transcribir este cuento de Navidad. Una historia que demuestra que, incluso en las condiciones más miserables, se puede disfrutar de la Navidad y ser momentáneamente feliz con aquellos a los que quieres. Solo es cuestión de saber dónde y con quién. No en vano se dice que es mejor estar solo que mal acompañado, pero si se puede estar en buena compañía… mejor que mejor. Nuestros protagonistas lo saben muy bien.
¡Feliz Navidad!
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¡Feliz Navidad!
He tenido mucha suerte en la vida. Fui un auténtico zorro para los negocios. Mi vida era genial y con sólo veintitrés años ya había ganado mi primer millón de dólares y eso que entonces no era fácil. Encadenando éxitos me planté a comienzos de los noventa y me apunté al segundo gran pelotazo inmobiliario, fue una suerte porque en el noventa y tres llegó una pequeña recesión que arruinó a los que no habían sabido dar el salto. Pocos años después llegaron las “punto com”, entré con garra y salté a tiempo, como también lo hice con los “tigres asiáticos”. Mi fortuna en el noventa y ocho rondaba los diez mil millones de pesetas. Pero entre tanto me había casado dos veces y tenía dos hijos de mi primer matrimonio y otro del segundo. Si los negocios parecían sonreírme, el estado de abandono a que sometía a mi pareja estaba a punto de acabar con mi vida personal. Fue entonces cuando la descubrí.
Mi jornada profesional me arrebataba dieciséis horas al día y no me quedaba tiempo para mí, pero gracias a aquel bendito polvo blanco pude salvar mi matrimonio y vivir algunos polvos extra fuera de él que fueron fascinantes.
Pero yo era un idiota y, aunque todos los idiotas tienen suerte, los idiotas siempre quieren más. Ni que decir tiene que la palabra “más”, para este idiota, sólo tenía un significado: “más dinero”. De dieciséis horas pasé a trabajar dieciocho o diecinueve y pronto esnifaba más cocaína que gasolina despilfarraba mi Porsche.
Lo que pudo ser una gran suerte resultó ser una desgracia. En pocos meses mi presupuesto para estupefacientes se disparó, pero ya no causaban aquel brillante efecto del principio, sin embargo, cuando dejaba de tomarlos ni siquiera podía levantarme de la cama. Empecé a fallar en mis compromisos y en mi vida personal que se fue por un absurdo agujero. Aquel divorcio supo a OPA hostil, traicionado por mi abogado perdí todo mi patrimonio. Aquello sólo pude frenarlo con una cura de desintoxicación.
Después de un período razonable en el limbo, regresé a la vida pública. Un nuevo abogado y una nueva vida, me permitieron retomar algunos atributos de mi pasado, pero, un buen día, descubrí que todo aquello me importaba un rábano.
En el año dos mil regresé a mi pueblo para acudir al entierro de mi madre. Allí mis hermanos, fracasados triunfadores, vivían una vida profesional aburrida y trabajosa que combinaban con una gran actividad familiar, yo, en cambio, fui recibido como un verdadero triunfador y, sin embargo, envidié, como nunca, sus “tristes vidas”.
En la tumba de mi madre dejé enterrado el último trozo de mi ayer y me ahogué en una botella de depresión.
Durante tres años, mis entradas y salidas de diferentes clínicas y sanatorios fueron continuas, hasta que fui incapaz de pagar más facturas. Así llegue a este hospital de la vida donde uno reconoce a la perfección la buena suerte que ha tenido.
Sí, yo soy un tipo con suerte, porque cuando todo parecía haber perdido el sentido, conocí a mi colega Gustavo y aquí nos tienes, disfrutando juntos de las migajas que nos deja la vida.
Hoy es Nochebuena y siento algo de añoranza por no poder pasarla con mi familia, con mis hijos, pero tampoco tanto. Después de todo son unos perfectos desconocidos a los que he entregado todos mis sacrificios económicos, pero que ahora que soy un fracasado y ya no les doy ni un céntimo, ni siquiera se acercan a mí. Soy su leproso favorito, ese al que culpan de todos sus fracasos por no haber estado ahí y por haber recortado los flujos económicos que les permitían estar en la cima del mundo.
Hoy es Nochebuena y cenaremos solos Gustavo y yo.
Abrimos la puerta del cajero y cerramos por dentro. Tiramos unos cartones en el suelo y dejamos a un lado nuestros enseres. Yo saco de mi carrito una botella de cava que sustraje a la cesta que sorteaban en un bar. Bebemos a morro, pero con alegría. La noche se presenta larga y fría, pero, a nuestro modo, somos felices porque ambos hemos tenido suerte en la vida.
¡Feliz Navidad!
lunes, 22 de diciembre de 2008
Soy rojo, ¿y qué?

Ya estamos metidos en esas fechas que unos aman y otros deploran, pero que a ningunos dejan indiferentes. Amor, consumismo, pesadez, amistad, jolgorio, tristeza… todo eso y mucho más se mezclan en un caldo… “navideño”.
Para hacer honor al caldo, a los galets, las pelotas, los rellenos… y todo lo que en cada lugar contenga ese caldo, voy a dejar a un lado la programación habitual para retomar los temidos cuentos navideños. Ya me siento un poco como el Crepy con un gorro de Papá Noel, así que ahí va el primero espero que no se os atraganten las navidades…
(Disculpen las molestias. Aquí debían aparecer unas terroríficas carcajadas de Vincent Price sacadas del “Thriller”, pero, por diversas causas, no ha sido posible).
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Soy rojo, ¿y qué?
No entiendo la razón de que se me relacione con la Coca-cola. Sí que es cierto que hace cien años mi traje era verde, no el verde fosforito de esos de Enema o anatema o como quiera que se llamen los de esa compañía de teléfonos, sino de verde Navidad… mi marca favorita. Al parecer los del refresco de cola me pintaron de rojo y ahora salgo a la calle de tan chillón color, pero eso a nadie le importó durante mucho tiempo. Recuerdan, los que a finales de los setenta ya estaban aquí, que entonces se hablara del origen de mi color. Bueno, entonces el tema era que me habían traído las películas americanas para jubilar a los Reyes Magos. Pero la lógica se impone tarde o temprano y como nadie puede aguantar a los niños tan alterados hasta el final de las fiestas, yo he sido la salvación, soltarles unos pocos regalos en Navidad alivia la tensión y tiene a esos mocosos distraídos el resto de las fiestas.
Sí, soy rojo ¿y qué? Qué importa el color cuando hablamos de ilusiones.
¿Un ser fantástico o imaginario? Díganselo a ese niño de cuatro años que me mira con los ojos como platos y se queda mudo al sentarlo en mi regazo. Y, después de todo, tan imaginarios como yo, son los reyes magos y miren las caras de esos angelitos en la cabalgata de cada año… ¿De verdad, los Reyes Magos, son seres de ficción?
Cuando los padres buscan con mimo y dedicación los juguetes por las tiendas, cuando en mitad de la noche envuelven los regalos y los colocan en el lugar convenido por cada familia, ya sea la noche de Reyes o la de Navidad, cuando la ilusión se desborda a la mañana siguiente abriendo los paquetes… ¿es una ficción? ¿Cómo puede llamar nadie ficción a la ilusión y al cariño?
“La Navidad es consumismo” gritan amargados aquellos que no pudieron o no supieron guardar esa ilusión. Consuma lo que usted quiera que yo me quedo con mi viejo caballo de cartón, le he puesto unas tiritas y envuelto con un lazo rojo y ahora es un antojo para quien aún disfrute de la Navidad. Ni más buenos, ni más malos, tan solo unas horas felices, si lo gasto porque lo gasto y si no lo gasto porque no. Lo que importa es ser felices y romper la monotonía aunque sea porque toca, cada cual a su manera, pero la ilusión es la fuerza suprema.
Durante ochenta años nadie se preguntó por mi color, sólo sabían que les hacía ilusión. ¿Quién gana con desenterrar el origen de mi traje?¿Tienen miedo de que digan que fue Ferrari o, tal vez… “Vodafon”… la “Xiveca”, “Moet-Chandon” o el rojo libro de Mao? Ochenta años ilusionados con el significado de Papa Noel y a nadie le importó mi color ¿Racismo contra la imaginación? A la vejez viruelas. Ni yo, ni los Reyes Magos, tenemos nada que ver con nada que no esté en las mentes y que por una noche… también está en los corazones.
Y ahora, dejad paso a mi trineo si no queréis estar en la lista de los malos.
miércoles, 10 de diciembre de 2008
El milagro de la Navidad (1962).

Fotografía extraida de la web de el diario "El Mundo"
Hoy, aprovechando las fechas que se avecinan y el repaso que le estamos dando a “Libertad Analógica", os voy a contar un cuento de Navidad. Pero este cuento navideño no es cualquier cosa, porque sucedió de verdad allá por el 1962.
El milagro de la Navidad (1962).
No es fácil creer en los milagros cuando Dios es propiedad de tu enemigo y este ya es el dueño y señor de tu propia casa. Sin embargo, los barceloneses debieron pedir el milagro con mucha fuerza en 1962, porque Dios decidió que era el momento de que la estrella de la Navidad brillara en los corazones de esa ciudad durante unos días.
Aquellas eran unas navidades muy frías, de hecho lo venían siendo desde 1936, sobre todo para muchos barceloneses que substituían con cartones y maderas los cristales de las ventanas porque no había dinero para más. El día de Navidad agotaba sus últimos momentos de oscuridad invernal cuando los primeros copos, como descuidadas plumas de antiguas almohadas, se empezaron a dejar caer, como con vergüenza, por aquí y por allí. Primero parecía que aquello pararía, después que no, después… los niños pegaban sus naricillas al helor de las ventanas que aún conservaban el transparente vidrio y, en silencio, animaban a las nubes para que dejara ir toda su carga de blanca Navidad. Muchos deseos se agolpaban en aquellos copos que ya no tuvieron freno, para alegría de los pequeños, para sueños de los adultos y para malos presagios de algunos viejos que ya habían vivido historias de todos los colores.
Unas veces más fuerte y en otras de forma más suave, la nevada prosiguió toda la tarde y toda la noche para amanecer un día de Sant Esteve radiante y blanco, con 65 centímetros de níveo espesor en las calles. Fue el día más feliz en muchos años para los niños de la ciudad Condal, pero un día muy laborioso para sus padres que debieron subirse a los terrados para quitar las enormes cargas del helado peso que hacía peligrar sus frágiles viviendas.
Una sonrisa cubrió Barcelona, pero que, en los días siguientes ya se entendió, salvo para los más pequeños, como una peligrosa amenaza a la vida de la ciudad. Una ciudad que, por la falta de costumbre, estaba indefensa ante la amenaza de la nieve. No había máquinas capaces de mover aquella ya insidiosa carga blanca y se tuvo que pedir ayuda a Andorra.
Andreu Claret i Casadesús era un republicano de pro, exiliado primero en Francia y luego en Andorra, donde se había convertido en el responsable de mantener, entre otros, el puerto de Envalira libre de los impedimentos que le asestaban las continuas nevadas y haciendo que el lado francés y el español, del pequeño país pirenaico, estuviesen siempre bien comunicados. Aquellas máquinas y aquel hombre, son los que debían venir al rescate de Barcelona. Un hombre que era “persona non grata” para las autoridades franquistas dados sus artículos tachando de asesino al dictador Francisco Franco y reconocido republicano que desde el país vecino se asomaba a las conciencias de quienes habían apoyado al régimen de terror que ahora gobernaba las horas de España. Uno de esos, el alcalde Porcioles, aún mantenía la amistad con aquel exiliado y no dudó en pedirle ayuda, a pesar del significado, por el bien de Barcelona. Y entre tanto, los enviados del gobierno central, los falangistas, los franquistas más duros, tuvieron que comerse sus rabietas porque, ni ellos, ni el renovado ejército, habían sido capaces de solucionar el problemático momento que vivía la ciudad.
Unos días después de que el milagro blanco de la Navidad bañara las vidas y las calles de los barceloneses, se dio otro pequeño milagro que muchos recordarían de por vida. Una fila de vehículos adaptados para retirar las nieves llegó a Barcelona, al frente de la comitiva, de pie saludando a los muchos ciudadanos que le recibían entre aplausos, Andreu Claret “el hombre de las nieves”, un republicano que llegaba para liberarles de la tiranía… de la nieve.
Andreu volvería a Andorra después de plantar la semilla de la esperanza en el corazón de mi ciudad y ya no volvería hasta la muerte del dictador. Pero entre los duros días de aquella España tercermundista, había colado un mensaje que algunos tradujeron por “Dios existe y no vive en El Pardo”.
Andreu Claret Casadessús murió el 4 de Enero 2005 a la edad de 96 años. Fue fundador de ERC aunque no participó en ninguno de los gobiernos de la Generalitat de su partido. Era un personaje muy conocido por sus conocimientos sobre la nieve y que le valieron el sobrenombre de “hombre de las nieves”, sin embargo, los sucesos de 1962 y su entrada triunfal en Barcelona, bien merecen este recuerdo.